Fátima

LA VIGENCIA DEL TERCER SECRETO DE FÁTIMA TRAS LA RENUNCIA DE BENEDICTO XVI

Por Javier Orrego C. / Fragmento del libro homónimo

Benedicto XVI y Francisco en el Vaticano

VATICANO, 23/12/2013.- Imagen del Osservatore Romano que muestra al Papa Francisco saludando a su predecesor, el Papa emérito Benedicto XVI en el monasterio Mater Ecclesiae en la ciudad de Vaticano, EFE/L’Osservatore Romano.

El jueves 13 de mayo del año 2010, durante su visita al santuario de Fátima con ocasión de la conmemoración de los 93 años de la primera aparición de la Virgen a los pastorcitos Lucía, Jacinta y Francisco, el Papa Benedicto XVI hizo una afirmación sorprendente: sostuvo que se equivocaban aquellos que piensan que el mensaje de la Virgen ha perdido actualidad. El Pontífice aseguró, en una masiva ceremonia ante una multitud de fieles congregados en la explanada de la Basílica de Nuestra Señora del Rosario, que el proyecto de Dios para el hombre permanece plenamente vigente.

En palabras del Santo Padre:

Se equivoca quien piensa que la misión profética de Fátima está acabada. Aquí resurge aquel plan de Dios que interpela a la humanidad desde sus inicios: “¿Dónde está Abel, tu hermano? […] La sangre de tu hermano me está gritando desde la tierra” (Gn 4,9). El hombre ha sido capaz de desencadenar una corriente de muerte y de terror que no logra interrumpir. En la Sagrada Escritura se muestra a menudo que Dios se pone a buscar a los justos para salvar la ciudad de los hombres y lo mismo hace aquí, en Fátima, cuando Nuestra Señora pregunta: “¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quiera mandaros, como acto de reparación por los pecados por los cuales Él es ofendido, y como súplica por la conversión de los pecadores?” (Memórias da Irmā Lúcia, I, 162). (más…)

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RECUERDOS DE FÁTIMA (Invierno austral del año 2004)

Por Javier Orrego C. / Fragmento de El puente sobre el caos (capítulo 1)

Explanada de Fatima_bnEs invierno y llueve afuera mientras escribo estas palabras frente a un mar borrascoso. No puedo imaginar un escenario más acertado para emprender la tarea de poner por escrito estas cosas. Me he refugiado lo más lejos posible del mundo, de la gente, del caos urbano, para trazar esta historia que ahora narro como un antídoto contra la amargura. Una mujer triste y dulce como el agua espera tal vez por mí en su propio rincón del mundo. En parte escribo esto para ella, para que ella entienda lo que yo mismo no alcanzo a comprender aún.

Comenzaré por presentarme. Mi nombre es Diego L., alias Fehendor. Este apodo –casi una contraseña, un signo mágico– es el epígrafe con el que rubrico mis obras. Su origen es algo difuso, pues me fue soplado al oído hace muchos, muchos años, mientras soñaba con un extraño, arcaico e inaccesible mundo sumergido en la niebla. Varios años más tarde me enteré por medio de cierta lectura que comentaré más adelante que el término Fenhedor, en la terminología de los trovadores occitanos, significa “el suspirante”, es decir, “el que suspira por su Amada”. La derivación en Fehendor ha de haber sido, pues, una especie de transliteración errónea o de equívoco –que mantuve con el tiempo pese a todo– producida a lo largo de aquel misterioso intervalo que hay entre el sueño y la vigilia.

¿Qué más? Probablemente nada que valga la pena. Todo lo demás está entretejido en lo que sigue. (más…)

RECUERDOS DE FÁTIMA (Invierno austral del año 2004)

Por Javier Orrego C. / Fragmento de El puente sobre el caos (capítulo 1)

Explanada de Fatima_bnEs invierno y llueve afuera mientras escribo estas palabras frente a un mar borrascoso. No puedo imaginar un escenario más acertado para emprender la tarea de poner por escrito estas cosas. Me he refugiado lo más lejos posible del mundo, de la gente, del caos urbano, para trazar esta historia que ahora narro como un antídoto contra la amargura. Una mujer triste y dulce como el agua espera tal vez por mí en su propio rincón del mundo. En parte escribo esto para ella, para que ella entienda lo que yo mismo no alcanzo a comprender aún.

Comenzaré por presentarme. Mi nombre es Diego L., alias Fehendor. Este apodo –casi una contraseña, un signo mágico– es el epígrafe con el que rubrico mis obras. Su origen es algo difuso, pues me fue soplado al oído hace muchos, muchos años, mientras soñaba con un extraño, arcaico e inaccesible mundo sumergido en la niebla. Varios años más tarde me enteré por medio de cierta lectura que comentaré más adelante que el término Fenhedor, en la terminología de los trovadores occitanos, significa “el suspirante”, es decir, “el que suspira por su Amada”. La derivación en Fehendor ha de haber sido, pues, una especie de transliteración errónea o de equívoco –que mantuve con el tiempo pese a todo– producida a lo largo de aquel misterioso intervalo que hay entre el sueño y la vigilia.

¿Qué más? Probablemente nada que valga la pena. Todo lo demás está entretejido en lo que sigue.

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