UNA GUERRA CULTURAL QUE SE LLEVA A CABO DESDE HACE CUARENTA AÑOS… SIN QUE LA DERECHA SE HAYA DADO POR ENTERADA

Por Javier Orrego C.

El marxismo, el fascismo, el nazismo, el islamismo, etc., son sistemas de creencias, visiones de mundo, que buscan establecer una verdad sobre la cual construir la sociedad. Todas ellas fundan su existencia en un relato explicativo de la realidad, un metarrelato, una narración, una interpretación de los hechos históricos abordados desde determinada óptica.   

Protestas de estudiantiles en ChileLa ficción desmonta la realidad y la reconstruye a partir de componentes emocionales. Por ejemplo, narrar un asalto a un banco desde el punto de vista del ladrón hace que el espectador/lector se identifique con él, asumiendo como propio su objetivo: el espectador/lector deseará que el ladrón tenga éxito y que la policía no lo capture. Lo mismo sucede si la narración se centra en las peripecias de un asesino a sueldo contratado para matar a alguien. En rigor, la ficción consigue que individuos que habitualmente no son ladrones de bancos, ni asesinos, den vida interior a sentimientos y emociones que jamás harían propias en la vida real. Estos dos casos extremos ilustran lo que ocurre con las artes escénicas, la literatura, el cine y la televisión en la construcción de la identidad individual y colectiva de los seres humanos y de los pueblos.

La importancia de contar historias era conocida por los pueblos antiguos. A lo largo de los siglos los hombres han recurrido a la ficción y al arte en general para transmitir ideas, creencias, valores. Todo pueblo tiene una mitología detrás, un mito fundacional, una saga, una narración que da sustento a su identidad, una tradición en que se funda su propia existencia y su propio modo de ser, su psicología, su ethos particular.

Una fábula, un cuento, una poesía, una canción, una película, una novela —en suma, una historia narrada— tienen infinitamente más poder sobre la naturaleza humana que cualquier axioma científico o demostración estadística de una verdad objetiva, por evidente que esta sea.

“Matar es malo” es una sentencia universalmente compartida por la inmensa mayoría de los seres humanos. Pero si se cuenta la historia de un asesinato desde el punto de vista del asesino es bastante probable que la gente empatice con él. Y aquí está la clave: en la necesidad de empatizar, que es la capacidad de ponerse en el lugar de otro, de identificarse con el estado de ánimo ajeno, con el dolor, el sufrimiento, los valores, el destino, la causa de otro. Los seres humanos no empatizamos con el teorema de Pitágoras, ni con la ley de gravedad. Empatizar no es un acto que tenga que ver con la razón. Las narraciones, en cambio, apelan al mismo atributo humano que nos lleva a sentir empatía por otros: las emociones, la sensibilidad, los sentimientos. Combinando luego sensibilidad y razón es posible construir una ética, un código moral, una escala de valores. Por eso todas las religiones surgieron a partir de un mito fundacional, de una narración épica de redención, de salvación, que da cuenta de un nuevo nacimiento.

Algunas ideologías han recurrido al mismo método. El marxismo, el fascismo, el nazismo, el islamismo, etc., son sistemas de creencias, visiones de mundo, que buscan establecer una verdad sobre la cual construir la sociedad. Todas ellas fundan su existencia en un relato explicativo de la realidad, un metarrelato, una narración, una interpretación de los hechos históricos abordados desde determinada óptica.

Aquellos que, por ejemplo, no logran explicarse la supervivencia del comunismo a pesar de la evidencia incontrastable de su fracaso, no han considerado este dato: el comunismo, como toda ideología, se funda en un relato de la realidad y posee, al mismo tiempo, un mito —basado en la interpretación marxista de la historia, cuyos componentes básicos son la crítica del capitalismo y la lucha de clases—, así como una utopía que opera en la psiquis como la promesa de un paraíso futuro: la construcción de una sociedad sin clases en la que cada quien contribuya según sus capacidades y reciba según sus necesidades.

El naufragio del arcoíris

Arcoíris ConcertaciónEn relación a la historia reciente de Chile, queda claro por qué algunos sectores que apoyaron al gobierno militar reemplazaron tan fácilmente la expresión “régimen militar” por el de “dictadura” para referirse al período de 1973-1990; o porqué para amplios sectores de la sociedad chilena es legítimo levantar un monumento a Salvador Allende e impensable siquiera realizarle un homenaje al general Pinochet. La explicación es simple: la izquierda se apropió del relato de lo sucedido el año 73 instalando en la psiquis colectiva un metarrelato que asumió las veces de dogma. A partir de entonces negar esa verdad oficial equivalía a incurrir en una herejía que sería ampliamente castigada ante la opinión pública a través de los medios de comunicación, que para tales efectos operan como una especie de policía del pensamiento orwelliana haciéndole el juego a los grandes inquisidores de la izquierda y la centroizquierda chilena.

Por supuesto, se ha derramado mucha tinta desde los sectores que apoyaron el golpe de estado ofreciendo múltiples razones y argumentos por los que fue necesario intervenir en 1973 ante el estado de caos, violencia e ingobernabilidad a que la izquierda estaba arrastrando al país. Los militares salvaron a Chile del desastre, pero la opinión pública chilena —y mundial— se quedó con el relato de los vencidos, pergeñado desde la clandestinidad y el exilio por artistas e intelectuales que simpatizaban con el mito de Allende y su “vía pacífica al socialismo”. El presidente Allende encarnó, para ellos, al héroe caído que murió defendiendo sus ideales. De igual forma, según este mito, sus seguidores, militantes como él del sueño socialista, no eran más que trabajadores, campesinos y estudiantes idealistas cuyo único pecado fue luchar por “construir una sociedad mejor”. En tal escenario, los militares y la derecha encarnaron el mal puro y simple, el mal a secas. Los mil días del gobierno de la Unidad Popular fueron, para ellos, una especie de paraíso perdido, una era dorada de justicia social, esperanza y libertad. Según este relato, la sociedad chilena estaba alcanzando niveles nunca antes vistos de justicia e igualdad. Así las cosas, los descerebrados oligarcas de la derecha política y económica se propusieron destruir, a como diera lugar —con la ayuda, por supuesto, del imperialismo yanqui—, ese paraíso socialista.

Titular La SegundaLos argumentos racionales que refutan esa versión de la historia, las pruebas concretas del descalabro económico, los razonamientos jurídicos, los sesudos análisis y estudios políticos, sociológicos e históricos no bastan para hacer frente al arrebato poético, a la epopeya que exalta una gesta heroica, el sentimentalismo, la emocionalidad desenfrenada. La izquierda se apropió de la “verdad” a fuerza de estrofas entonadas a coro en las peñas universitarias, de performances que rompían los esquemas y convencionalismos sociales, poemas que exaltaban los ideales de la revolución, la resistencia, la lucha contra el poder. La oferta incluía panfletos, audiovisuales, relatos testimoniales, obras de teatro, películas y un cuánto hay de creaciones y productos culturales en todos los ámbitos. La verdad se plantó en clave de parábola, de fábula, a modo de alegoría y emblema del legítimo anhelo de libertad, igualdad y fraternidad humana, apelando a la natural rebeldía de los jóvenes. El caballo de Troya fue la cultura popular, transgresora, rebelde, adolescente por antonomasia. Los perseguidos no fueron tales por haber llamado a la subversión o por haber cometido todo tipo de crímenes, abusos y tropelías, sino simplemente por “pensar distinto”.

Sobraban las pruebas que demostraban que no sólo pensaban distinto, sino que destruyeron la economía y violaron las leyes, llamando a tomarse el poder por las armas, desatando un clima de violencia feroz en las calles, en las aulas universitarias, en los colegios, en los campos, atentado gravemente, precisamente, contra los derechos fundamentales de quienes no pensaban como ellos, violando la propiedad privada y destruyendo la capacidad productiva del país, sin mencionar los niveles de corrupción y descomposición moral que atravesaban todo el aparato del Estado.

Pero el “relato” se hizo cargo de torcerlo todo.

El problema es que del otro lado no hubo respuesta. A la derecha simplemente no le interesa —ni entonces, ni ahora— el arte que surge de las masas, la cultura popular, la crítica social, el grito de auxilio de los que ponen el dedo en la llaga. No se hace cargo, mira para otro lado, se desentiende. Lo suyo es la cultura meramente decorativa: el arte debe circunscribirse a los museos, las ideas a los libros y a los claustros académicos, la sensibilidad debe ser domada.

Y el vacío que deja esa ausencia es llenado desde la vereda del frente. Los jóvenes de los 80, incluso los hijos de “los ricos”, cuando querían consumir arte, literatura, música popular, casi no tenían opción. Hasta la derecha deliraba con Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Mercedes Sosa, Inti Illimani. La oferta era —y es— amplia en todos los rubros. A todos les habían “robado la noche”, y junto con la noche, los sueños, la justicia, la libertad. Y así se fue reescribiendo la historia. Lenta e inexorablemente los herederos del sueño socialista se adueñaron de la verdad. Allende, el Che Guevara, Fidel Castro, entre otros paladines de la izquierda latinoamericana, lucían bien en muros, afiches, camisetas. Bastaba citar unos párrafos de Galeano, el último discurso de Allende, alguna cosa de Neruda, Violeta Parra, Víctor Jara, y algunos entraban en trance, arrobados. Pinochet, por otro lado, pasó a formar parte del panteón de demonios del mundo moderno de la mano de Hitler, Mussolini, Franco, Batista. ¿Cómo se podía simpatizar con Pinochet y ser buena gente al mismo tiempo?

Lo increíble del caso es que esta situación perdura hasta el día de hoy. La derecha, la centroderecha y los sectores independientes que en su fuero interno han permanecido inmunes al discurso hegemónico de la izquierda, tambalean frente al nuevo escenario y carecen de respuestas apropiadas y efectivas de cara a la opinión pública en aquellas materias en que el progresismo los saca, una y otra vez, al pizarrón. Se defienden como gatos acorralados ante las nuevas batallas —el aborto, la ideología de género, la demonización del lucro, el debilitamiento de la familia, entre otras banderas de lucha de la nueva izquierda—, pero no logran convencer a las masas. La gente permanece indignada, ofuscada, cada vez más consciente de sus presuntos derechos, pero menos dispuesta a cumplir con sus deberes. Desde la óptica progresista, el Estado es, lisa y llanamente, responsable de la felicidad de los individuos.

Punto por punto, sobran las razones para rebatir los argumentos del progresismo posmoderno, de corte populista y afín a las ideas de la izquierda renovada, neomarxista, gramsciana. La ciencia, la razón e incluso el sentido común están, por lo general, en las antípodas de las ideas fuerza de esta tendencia política, pero las masas se mantienen cerradas a sus argumentos, inexpugnables. La gente no razona, sólo repite eslóganes aprendidos de memoria, esculpidos en el alma a fuerza de saturación.

Así se construye una “verdad”.

Rudolf Steiner, un influyente filósofo, pensador y místico austríaco fallecido hace casi un siglo, echa luz sobre este punto:

La mayoría de la gente no tiene pensamientos y, por lo común, nadie se da cuenta de este lamentable vacío. ¿Por qué? Porque para percatarse de ello con toda seriedad, ¡se necesita precisamente del pensamiento!

Hemos de empezar por llamar la atención sobre lo siguiente: aquello que en amplísimas esferas de la vida nos impide tener pensamientos, es que la gente cotidianamente no siente el deseo de avanzar hasta el pensamiento, sino que, en su lugar, se da por satisfecha con la palabra. Comúnmente, la simple ilación de palabras se toma como pensar: se piensa en palabras, y esto mucho más de lo que nos imaginamos. Muchas son las personas que, al solicitar explicación de esto o aquello, se dan por satisfechas si se les ofrece alguna palabra que les suene conocida y les recuerde esto o aquello; toman por “explicación” lo que esa palabra les sugiere, y la reciben como si fuera un pensamiento.[1]

Es posible que a quien lea estas líneas se le vengan inmediatamente a la memoria muchas intervenciones de la ex presidenta Michelle Bachelet, o alguna participación televisiva de la ex candidata del Frente Amplio a la presidencia de Chile, la señora Beatriz Sánchez, sólo por mencionar el ejemplo paradigmático de dos destacadas políticas chilenas cuya popularidad no puede en modo alguno ser explicada por sus descollantes cualidades intelectuales. Hablar, no decir nada y ser al mismo tiempo exitoso en las urnas es una condición posible únicamente en sociedades en que la facultad de pensar está en evidente retroceso.

De modo que, por más “centros de pensamiento” que se posean, por más trabajos académicos, libros y estudios que se publiquen de la mano de los más conspicuos expertos en diversas materias, la capacidad de dichos grupos de influir en la vida pública irá decreciendo en la medida que se incremente la cantidad de población atrapada en las redes ideológicas lanzadas incesantemente desde las múltiples plataformas que sirven al progresismo para difundir su discurso corrosivo.

No importa cuántos libros o estudios serios, con base científica, se publiquen refutando y desarmando, punto por punto, la ideología de género; basta con exhibir por televisión la película “Una mujer fantástica”, de Sebastián Lelio, con el consiguiente comentario interesado de algún activista por los derechos de la comunidad LGTBI, para que, de cara a la masa, todas las argumentaciones queden reducidas a la nada absoluta. La derrota de los argumentos, en este punto, está asegurada. El problema es que tras esa derrota de la razón viene, obviamente, la derrota en las calles y el fracaso electoral, lo que, como es de esperar, asegura la penetración de dichas ideas en la institucionalidad del Estado.

En un artículo publicado recientemente en el sitio web español Disidentia, se dice:

Es verdad que los jóvenes manifestantes de los 60, tanto de los Estados Unidos como de Europa, no lograron imponer desde las calles su revolución, pero diez años más tarde esos mismos jóvenes, equipados con las pertinentes acreditaciones universitarias, ocuparon los despachos. Y desde ahí, ya no como outsiders sino como insiders, se dedicaron a remodelar las culturas nacionales, desmantelando el tradicional modelo de evolución occidental, donde cada hallazgo, cada nueva idea se incorporaba de manera progresiva… si se demostraba beneficiosa.[2]

Salvando el hecho de que la revolución de mayo del 68 sí logró sus objetivos, que eran culturales y no políticos, el punto expuesto es en extremo útil para explicar lo que sucedió en Chile tras el retorno de la democracia. Piénsese, por ejemplo, en lo que ocurre en el presente con una buena parte de los profesionales que tienen entre cuarenta y cincuenta años, hoy en puestos clave en prácticamente todas las áreas de actividad estratégica, incluyendo la política, el poder judicial, la economía, la cultura, la industria de la entretención, etc. Entre ellos debemos contar, obviamente, a quienes controlan los principales medios de comunicación del país, así como buena parte de los rostros del periodismo chileno. La mayoría de ellos cursó sus estudios en los años ochenta, en plena época de la “dictadura”, o poco después, bajo el embrujo del arcoíris, cuando la juventud aún soñaba con la clandestinidad y la resistencia callera —¡la calle, ese campo de batalla!—, preñada de nostalgia por el heroísmo romántico de la revolución cubana y la herencia de mayo del 68, y con el recuerdo de las trincheras que se abandonaron el 73, la épica de la lucha en las poblaciones, la adrenalina de vivir en estado de alerta, la motivación de tener un enemigo. Romanticismo puro de quienes comenzaban a sentir que hacía estragos en su alma la añoranza de un propósito superior: la lucha contra el mal, sentirse uno con el pueblo, solidarizarse con el pobre, condolerse con el sufrimiento ajeno, elevar a los cielos ese anhelado canto de fraternidad humana… batirse a duelo con el opresor. Estaban frescos los recuerdos de los recitales, las peñas universitarias, el cine arte, las tertulias poéticas, entre otros panoramas de la cultura alternativa de la época, que glorificaba la rebeldía, la insumisión, la resistencia. La mayoría tenía recuerdos del toque de queda, sabía de la existencia de “sapos” en las universidades y conocía de cerca —o de lejos— las consecuencias de la persecución política, las reuniones clandestinas, los libros y filmes prohibidos, el miedo, justificado o no, a la DINA, a la CNI, etc.

Era difícil no sentirse inflamado hasta los huesos con algunas creaciones del Canto Nuevo. Por ejemplo, escuchar en directo en el mismísimo Café del Cerro el tema “A mi ciudad”, de Santiago del Nuevo Extremo, y tratar de mantenerse ajeno era, por decir lo menos, complicado. Si no se era de izquierda entonces, uno quería serlo para evitar el surgimiento de un cisma ente corazón y cerebro. Muchos de esos jóvenes idealistas se inclinaron hacia la izquierda por ese tipo de cosas, más que por la fuerza del razonamiento, del análisis duro de la realidad y la reflexión. No querían ser “un ladrillo más en la pared”, pero terminaron siendo una cabeza caliente más en medio de la turba que asumió el testigo de la siempre vigente sensibilidad jacobina.

¿Qué sucedió con esos luchadores que querían jugar a sentirse héroes en un país que no les ofrecía ya las condiciones? Porque el monstruo sanguinario, el enemigo de la justicia social, de la libertad de expresión y de la fraternidad había entregado el poder pacíficamente. De la noche a la mañana se quedaron sin enemigo. Habían convertido la lucha por el retorno a la democracia en un fetiche, ¡y en un santiamén les arrebataron el juguete, arrancándoles de golpe el tótem de la opresión y la brutalidad militar que habían instalado en el centro de sus almas para darle sentido a sus vidas!

Había que estar a la altura, levantar la cabeza y proyectar la mirada hacia el futuro, trabajar en serio para que “nunca más” volviéramos a caer en el pantano del odio, la violencia sectaria, el resentimiento. ¿Pero qué hicieron ellos? Justo lo contrario de lo que había que hacer: tomaron las banderas de los ochenta, de los setenta y de los sesenta para darle sentido a sus insípidos noventa y a lo que venía. Pinochet siguió siendo el diablo —¡aún no pueden renunciar a él!— y, en medio de sus plácidas vidas, ya cebados en la comodidad de sus privilegios, asumieron fanáticamente los ideales del progresismo para acallar su conciencia lacerada por las contradicciones y la falta de sentido. Buena parte de estos herederos del arcoíris, ya de vuelta de su naufragio —¡porque la alegría no llegó nunca!—, se instalaron como Pedro por su casa en la testera de las universidades, de las empresas, de la magistratura, de los medios de comunicación, fundando una nueva elite fastidiada por el desplome de las ilusiones, de los viejos ideales. Y así, lenta e inexorablemente, luego de mezclarse con la clase capitalista a la que odiaban, se fueron convirtiendo en los líderes de opinión del nuevo Chile, arrogándose el derecho de ofrecerle al país una visión sesgada de la realidad, apañada al uso de sus delirios, ocultando aquello que les incomodaba. Porque, digámoslo de una vez, el triunfo de los que ultrajaron la razón en los muros de las ciudades, esos que alimentaban su inteligencia en base a panfletos y canturreos, esos que soñaban con ser realistas exigiendo lo imposible, esos que todavía le cantan a la libertad y a la justicia adorando simultáneamente al Che Guevara, lograron que Caperucita se comiera al lobo en medio de la escena. Porque lo que menos les gusta del mundo es lo que les horroriza de ellos mismos, teniendo, como tienen, el techo de cristal y los pies de barro.

Marcha por el aborto, 2014

Fueron los hijos de ese naufragio los que hicieron posible las casi tres décadas de gobiernos de la Concertación y de la Nueva Mayoría, con la sola interrupción del primer y el segundo períodos del presidente Piñera, cuya irrupción no implica, necesariamente, un cambio de switch en un Estado que ha permanecido, pese a todo, en las últimas tres décadas, encorsetado por el ideario progresista.

La actual euforia por los recientes triunfos electorales de la derecha en algunos países se basa en la falsa percepción de un cambio que, en la realidad objetiva, no se ha producido. Se olvida que la historia opera como un péndulo, y que la izquierda extremista y demagoga lo sabe, pues estar en el lado contrario del poder les ha ofrecido siempre la posibilidad de poner en práctica lo que mejor saben hacer: la confrontación, la oposición hostil a toda iniciativa, el saboteo legislativo, la escaramuza callejera, que luego les sirve para victimizarse, para culpar al otro de todos los males, medrando a costa de las ilusiones muertas de los impotentes, de los castrados, de los dejados de lado, de los marginados, de los enojados con la vida y, sobre todo, de los incautos pescadores de ilusiones, que son legión.

La derecha debe entender que, para los que viven del odio, no es una mala noticia perder una elección. De hecho, a veces es todo lo contrario, como lo que acaba de suceder en Chile. Porque tras una pésima gestión —el gobierno de Bachelet debe estar entre los peores de la historia del país—, necesitaban un gobierno alternativo, un gobierno de derecha, para poder culpar al adversario de todos los males que ellos mismos provocaron. Porque lo cierto es que, sin importar quien encabece el gobierno de turno, la agenda valórica sigue siendo dictada desde los sectores afines a las ideas progresistas. Y en esto no hay vuelta…

A menos que se entienda que hay que entrar, finalmente, en la batalla por brindar a la sociedad un relato alternativo.

Javier Orrego C.
Pelarco, mayo de 2018

 

[1]     Rudolf Steiner. El pensamiento humano y el pensamiento cósmico. Cuatro conferencias pronunciadas en Berlín del 20 al 23 de Enero de 1914.

[2]     Javier Benegas.  La Gran Guerra Cultural acaba de empezar. Disidentia, 30 de abril de 2018.

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5 comments

  1. ¡Brillante! Este texto es de lejos el mejor análisis que he leído sobre los motivos y sinrazones detrás del andamiaje ideológico del Chile actual. Muestra una lucidez que sólo puede ser fruto de una enorme madurez de juicio, y porqué no decirlo también, de templada sabiduría. Recibe mis felicitaciones Javier.

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  2. Por respeto, hice el esfuerzo de leerlo todo, pero la verdad es que bastaba con leer el penúltimo párrafo para valorar todo el texto en su justo mérito:

    “La derecha debe entender que, para los que viven del odio, no es una mala noticia perder una elección. De hecho, a veces es todo lo contrario, como lo que acaba de suceder en Chile. Porque tras una pésima gestión —el gobierno de Bachelet debe estar entre los peores de la historia del país—, necesitaban un gobierno alternativo, un gobierno de derecha, para poder culpar al adversario de todos los males que ellos mismos provocaron. Porque lo cierto es que, sin importar quien encabece el gobierno de turno, la agenda valórica sigue siendo dictada desde los sectores afines a las ideas progresistas. Y en esto no hay vuelta…”

    Y vamos por parte:

    “… para los que viven del odio”. Una estigmatización maniquea del pensamiento de izquierda, una generalización afín al pensamiento de la derecha más extrema, la de Chile, porque es sabido que cualquier liberal extranjero se asombra de las extremas posturas de la derecha local.

    – “tras una pésima gestión—el gobierno de Bachelet debe estar entre los peores de la historia del país—” es una opinión por lo menos discutible, dadas las revelaciones pasadas (y las que se van a ir desarrollando en el futuro) sobre la manipulación de cifras, las campañas de post-verdad, el fuego amigo de la DC y toda la campaña de desestabilización que enfrentó Bachellet desde el día uno de su segundo periodo.

    Y la guinda de la torta: ” la agenda valórica sigue siendo dictada desde los sectores afines a las ideas progresistas.”, como si no nos bastara la misma historia para demostrar que la derecha aliada al poder económico ha venido desde siempre cooptando, sobornando, comprando conciencias para hacer leyes a su arbitrio y provecho. Si, mucha de la centro izquierda se vendió al poder económico y traicionó ideales, eso es innegable, pero la culpa no es del chancho, sino de quien le da el afrecho, como se dice. Hoy mismo vemos como esa derecha enquistada desde siempre en los nichos de poder y riquezas, es la que pretende retrotraer todos avance (por pequeño y defectuoso que haya resultado) por parte de esa agenda progresista que el articulista supone mayoritaria.

    En suma, un artículo que aprovecha la vieja estrategia de mezclar algunas verdades entre medio de grandes mentiras, para intentar obtener conclusiones aceptables. Göebbles estaría orgulloso.

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  3. Excelente radiografía política y cultural del Chile de hoy. Nuevamente nuestro amigo Javier Orrego nos presenta en su relato, describiendo situaciones y hechos comprobados, la decadencia de la Clase Política imperante, el desdén de la Derecha Tradicional a impugnar (exponiendo también usando el “corazón”, como lo hace la Izquierda) las macabras ideas que grupos “del decaído Arcoiris” pretenden mantener vigentes; apropiándose estos últimos de la cultura, las artes y la música popular.

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  4. “Hablar, no decir nada y ser al mismo tiempo exitoso en las urnas es una condición posible únicamente en sociedades en que la facultad de pensar está en evidente retroceso”.
    Este extracto me ha quedado grabado sobre el resto, precisamente por mi cercanía al contexto latinoamericano actual. En México, el juego entre derecha e izquierda está pactado desde hace varias décadas, y su fin único es el de seguir saqueando al país. Los países más vulnerables -y a la vez más ricos, como sucede en gran parte de América Latina-, son piezas claves en el tablero mundial.

    Concuerdo con la falta de pensamiento y razón en la sociedad, pero sin generalizar. La censura a la libertad de expresión en los medios, la apatía de los jóvenes y la desgana de los viejos, son factores clave para entender la falta de acción y pensamiento, pero también sirven para trazar nuevas rutas y abrir camino a un cambio ideológico, sea cual sea.

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