FRAGMENTO DEL DISCURSO DE JOHN GALT

(De “La Rebelión de Atlas”, Ayn Rand).

Who is John Galt?

«Tú, adorador del cero, nunca has llegado a descubrir que vivir no equivale a evitar la muerte; que alegría no es ausencia de dolor, inteligencia no es ausencia de estupidez, luz no es ausencia de oscuridad, y una entidad no es ausencia de no entidad.

«No se logra construir absteniéndose de demoler; siglos de espera en tal abstinencia no levantarán ni una sola columna que evitas demoler. No puedes decirme a mí, el constructor: “Produce, y aliméntame a cambio de que no destruyamos tu producción”. Yo te contesto en nombre de todas tus víctimas: perece en tu propio vacío. La existencia no es una negación de negativas. El mal, no el valor, es una ausencia y una negación; el mal es impotente y no tiene más poder que el que permitimos que nos extraiga. Perece, porque hemos aprendido que el cero no puede hipotecar la vida.

«Tú buscas escapar del dolor. Nosotros buscamos lograr la felicidad. Tu finalidad es evitar el castigo. La nuestra, ganar recompensas. Las amenazas no nos hacen funcionar; el miedo no nos incentiva. No deseamos evitar la muerte: deseamos vivir la vida.

«Tú, que has perdido el concepto de la diferencia, que sostienes que miedo y alegría son incentivos de igual poder —y en secreto agregas que el miedo es más “práctico”—, no deseas vivir, y sólo el temor a la muerte te une a la existencia que has maldecido. Te lanzas lleno de pánico a través de la trampa de tus días, buscando la salida que tú mismo has cerrado, huyendo de un perseguidor al que no te animas a nombrar, hacia un terror que temes reconocer, y cuanto mayor es el terror, mayor es tu miedo al único acto que podría salvarte: pensar. El propósito de tu lucha es no saber, no captar, ni nombrar, ni oír lo que ahora te diré: la tuya es la Moral de la Muerte.

«La muerte es la escala de tus valores, la muerte es la meta que has elegido; debes seguir corriendo, ya que no tienes posibilidad de huir del perseguidor que quiere destruirte, ni del reconocimiento de que ese perseguidor eres tú mismo.

«Detente, por una vez; no hay escapatoria; quédate desnudo, como te aterroriza hacerlo, pero como yo te veo, y mira lo que te has atrevido a llamar “código moral”.

«El punto de partida de tu moral es la maldición, y la destrucción es su propósito, medio y fin. Tu código comienza maldiciendo al hombre, y luego le exige que practique un bien que define como imposible de practicar. Exige, como primera prueba de su virtud, que acepte su propia depravación sin pruebas. Exige que comience, no con un parámetro de valor, sino con un parámetro del mal, que es él mismo, y por medio del cual a continuación debe definir el bien: el bien es aquello que él no es.

«No importa entonces quién se aproveche de la gloria a la que ha renunciado y de su alma atormentada: un Dios místico con un designio incomprensible, o cualquier transeúnte cuyas llagas infectas se constituyen en un inexplicable derecho sobre él; no importa, no se supone que el hombre comprenda el bien; su deber es arrastrarse a través de años de castigo, expiando la culpa de su existencia con cualquier cobrador de deudas incomprensibles. Su único concepto de valor es el cero: lo bueno es aquello que es no-humano.

«El nombre de este monstruoso absurdo es Pecado Original.

«Un pecado sin elección es una bofetada a la moral y una insolente contradicción: algo que está fuera de la posibilidad de elección, está fuera del territorio de la moral. Si el hombre es malvado de nacimiento, no tiene voluntad ni poder para cambiar; y, si no tiene voluntad, no puede ser bueno ni malo: los robots son amorales.

«Considerar como pecado del hombre un hecho que no está bajo su control es una burla a la moral. Considerar la naturaleza del hombre como su pecado es una burla a la naturaleza. Castigarlo por un crimen que cometió antes de nacer es una burla a la justicia. Considerarlo culpable en una cuestión en la que no existe la inocencia es una burla a la razón. Destruir la moral, la naturaleza, la justicia y la razón por medio de un único concepto es una hazaña del mal difícil de igualar. Sin embargo, ésa es la raíz de tu código.

«No te escondas detrás de la cobarde evasiva acerca de que el hombre nace con libre albedrío, pero con “tendencia” al mal. El libre albedrío teñido con una tendencia es como un juego con dados cargados: obliga al hombre a esforzarse para jugar; asumir responsabilidades y pagar por el juego; pero la decisión está desbalanceada en favor de una opción que no puede evitar. Si esta “tendencia” es por su elección, no puede poseerla al nacer; si no la ha elegido, su albedrío no es libre.

«¿Cuál es la naturaleza de esa culpa que tus maestros llaman el Pecado Original? ¿Cuáles son los males que el hombre adquirió cuando cayó del estado que ellos consideran de perfección? Su mito declara que él comió el fruto del árbol del conocimiento, adquirió una mente y se convirtió en un ser racional. El conocimiento del bien y del mal lo convirtió en un ser moral. Fue sentenciado a ganarse el pan con el sudor de su frente: se convirtió en un ser productivo. Fue sentenciado a experimentar el deseo: adquirió la capacidad del goce sexual. Los males por los cuales se lo condena son la razón, la moral, la creatividad, la alegría; es decir, todos los valores cardinales de su existencia. No son sus vicios los que el mito de la caída del hombre explica y condena; no son sus errores los que se exhiben como su culpa, sino la esencia de su naturaleza humana. Fuera lo que fuese, ese robot que existía sin mente, sin valores, sin trabajo y sin amor en el Jardín del Edén, no era un hombre.

«La caída del hombre, según tus maestros, consistió en adquirir las virtudes necesarias para vivir. Esas virtudes, según tu criterio, son su pecado. Su mal, afirmas, es ser hombre. Su culpa, acusas, es vivir. A esto lo llamas “doctrina de piedad y de amor por el hombre”.

«Dices: “No predico que el hombre es malvado, el mal es sólo ese objeto extraño: su cuerpo”. Dices: “No pretendo matarlo, sólo privarlo de su cuerpo”. Dices: “Quiero ayudarlo, contra su dolor” y señalas hacia el potro de tormento al que lo has atado, el potro de tormento con dos grandes ruedas que tiran de él en direcciones opuestas, el potro de tormento de la doctrina que separa su alma de su cuerpo.

«Has cortado al hombre en dos, y enfrentado una mitad a la otra. Le has enseñado que su cuerpo y su conciencia son enemigos enzarzados en una lucha mortal, dos antagonistas de naturalezas opuestas, reclamos contradictorios, necesidades incompatibles; que beneficiar a uno es perjudicar al otro; que su alma pertenece a un reino sobrenatural, pero su cuerpo es una prisión del mal que lo mantiene en cautiverio en esta Tierra; y que lo bueno es vencer al cuerpo, minarlo durante años de paciente lucha, cavando un camino hacia esa gloriosa salida que conduce a la libertad de la tumba.

«Le han enseñado al hombre que es un inadaptado sin esperanzas compuesto por dos elementos, ambos símbolos de la muerte. Un cuerpo sin un alma es un cadáver, un alma sin un cuerpo es un fantasma; sin embargo ésa es tu imagen de la naturaleza humana: el campo de batalla de un conflicto entre un cadáver y un fantasma, un cadáver agraciado con una especie de maligna libertad de elección y un fantasma agraciado con el conocimiento de que todo lo conocido por el hombre es inexistente, que sólo existe lo no cognoscible.

«¿Te das cuenta de cuál es la facultad humana que dicha doctrina fue diseñada para negar? Fue la mente la que tuvo que ser negada para hacer pedazos al hombre. Una vez que rindió su razón, fue dejado a merced de dos monstruos que no podía calibrar ni controlar: un cuerpo movido por instintos irresponsables y un alma movida por revelaciones místicas; fue dejado como la pasiva víctima de una batalla entre un robot y un dictáfono.

«Y ahora se arrastra entre las ruinas, tanteando ciegamente en busca de sustento; tus maestros le ofrecen la ayuda de una moral que proclama que no encontrará solución y que no debe buscar logros en la Tierra. La existencia real, le dicen, es la que no puede percibir, la verdadera conciencia es la facultad de percibir lo no existente; y si no es capaz de entenderlo, ésa justamente es la prueba de que su existencia es malvada y su conciencia, impotente.

«Como producto de la división del hombre entre alma y cuerpo, hay dos clases de maestros de la Moral de la Muerte: los místicos del espíritu y los místicos del músculo, a los que llamas espiritualistas y materialistas; los que creen en la conciencia sin existencia y los que creen en la existencia sin conciencia. Ambos exigen la rendición de la mente, uno frente a su revelación, el otro frente a sus reflejos. Por más que vociferen ser irreconciliables antagonistas, sus códigos morales son iguales, así como sus objetivos: en la materia, la esclavización del cuerpo; en el espíritu, la destrucción de su mente.

«El bien, dicen los místicos del espíritu, es Dios, un ser cuya única definición es que está más allá de los poderes de comprensión del hombre; tal definición invalida la conciencia humana y anula sus conceptos de existencia. El bien, dicen los místicos del músculo, es la Sociedad, una cosa a la que definen como un organismo que no posee forma física, un Súper-Ser no corporizado en nadie en particular y en todos en general, excepto tú. La mente del hombre, dicen los místicos del espíritu, debe estar subordinada a la voluntad de Dios. La mente del hombre, dicen los místicos del músculo, debe ser subordinada a la voluntad de la Sociedad. La medida del valor del hombre, dicen los místicos del espíritu, es la gloria de Dios, cuyos parámetros están por encima del poder de comprensión humano y deben ser aceptados por la fe. La medida del valor del hombre, dicen los místicos del músculo, es el placer de la Sociedad, cuyos parámetros están por encima del derecho de juicio humano y deben ser obedecidos como principios absolutos. El propósito de la vida del hombre, dicen ambos, es convertirse en un zombi abyecto al servicio de una intención que no conoce, por razones que no debe cuestionar. Su recompensa, dicen los místicos del espíritu, le será dada más allá de la tumba. Su recompensa, dicen los místicos del músculo, se le dará en la Tierra… a sus tataranietos.

«El egoísmo —dicen ambos— es el mal del hombre. El bien del hombre —dicen ambos— es renunciar a sus deseos personales, negarse a sí mismo, rendirse; el bien del hombre es negar la vida que vive. El sacrificio —sostienen los dos— es la esencia de la moral, la mayor virtud que el hombre puede alcanzar.

«Si eres víctima, no victimario: te estoy hablando frente al lecho de muerte de tu mente, al borde de esas tinieblas en las que te estás ahogando. Si aún queda dentro de ti el poder para intentar aferrarte a esos débiles chispazos que restan de lo que alguna vez has sido, úsalo ahora. La palabra que te ha destruido es “sacrificio”. Usa tus últimas fuerzas para comprender su significado. Aún estás vivo. Aún te queda una oportunidad.

«“Sacrificio” no significa el rechazo de lo vil, sino de lo precioso. “Sacrificio” no significa el rechazo del mal por el bien, sino el rechazo del bien por el mal. “Sacrificio” es la renuncia a lo que uno valora en favor de lo que desprecia.

«Si cambiamos un centavo por un dólar, no es un sacrificio; si cambiamos un dólar por un centavo, sí. Si aprendemos una profesión, luego de años de lucha, no es un sacrificio; si luego renunciamos a ella en favor de otra que nos resulta menos satisfactoria, sí lo es. Si poseemos una botella de leche y se la damos a nuestro hijo hambriento, no es un sacrificio; si se la damos al hijo del vecino y dejamos que el nuestro muera, sí lo es. Si damos dinero para ayudar a un amigo, no es un sacrificio; si se lo damos a un desconocido que no nos importa, sí lo es. Si le damos a un amigo una suma de dinero que podemos afrontar, no es un sacrificio; si le damos más dinero del que podemos, afectando nuestra posición, es, de acuerdo con esta especie perversa de código moral, sólo una virtud parcial; si le damos dinero causando un desastre para nosotros mismos, es la virtud del sacrificio pleno.

«Si renunciamos a todo deseo personal y dedicamos nuestras vidas a aquellos que amamos, no alcanzamos la virtud plena: aún retenemos el valor de nuestro amor. Si dedicamos nuestra vida a desconocidos al azar, ése es un acto de mayor virtud. Si dedicamos la vida a servir a personas que odiamos, ésa es la mayor de las virtudes que podamos practicar.

«Un sacrificio es la renuncia a un valor. El sacrificio total es la renuncia total a todos los valores. Si queremos alcanzar la virtud plena, no debemos esperar gratitud a cambio de nuestro sacrificio, ni elogios, ni amor, ni admiración, ni autoestima, ni siquiera el orgullo de ser virtuoso; la más mínima huella de beneficio diluye nuestra virtud. Si seguimos un curso de acción que no contamina nuestra vida con ninguna alegría, que no nos aporta ningún valor en especie, ni en espíritu, ninguna ganancia, ninguna recompensa… si alcanzamos ese estado de cero absoluto, habremos alcanzado el ideal de perfección moral según el código del sacrificio.

«Te han dicho que la perfección moral es imposible para el hombre y, según tus parámetros, así es. No se puede alcanzar mientras estés vivo, pero el valor de tu vida y tu persona se mide según cuanto logres aproximarte al cero ideal que es la muerte.

«Sin embargo, si comienzas como un vacío sin pasiones, como un vegetal que busca ser comido, sin valores que rechazar y ningún deseo al cual renunciar, no ganarás la corona del sacrificio. No es un sacrificio renunciar a lo que no se quiere. No es un sacrificio dar la vida por los demás, si la muerte es lo que se desea.

«Para alcanzar la virtud del sacrificio, debes querer vivir; debes amar la vida; debes arder con pasión por esta Tierra y por todo el esplendor que pueda darte; debes sentir el impacto de cada cuchillo que lastima tus deseos y drena el amor de tu cuerpo. El ideal que la moral del sacrificio te presenta no es la mera muerte, sino la muerte lenta por tortura.

«No me digas que todo esto se refiere únicamente a esta vida en la Tierra. No me interesa ninguna otra. Y a ti tampoco.

«Si quieres salvar lo último de tu dignidad, no llames “sacrificio” a tus mejores acciones: esa designación te convierte en un inmoral. Si una madre compra comida para su hijo hambriento antes que un sombrero para ella, eso no es un sacrificio: ella valora al hijo más que al sombrero; pero sí es un sacrificio para el tipo de madre para quien el sombrero vale tanto, que preferiría que su hijo padeciese hambre y lo alimenta sólo por sentido del deber. Si un hombre muere peleando por su propia libertad, eso no es un sacrificio: no está dispuesto a vivir como esclavo; pero sí es un sacrificio para el tipo de hombre que está dispuesto a ser esclavo. Si un hombre se niega a vender sus convicciones, eso no es un sacrificio, a menos que sea el tipo de hombre que no tiene convicciones.

«El sacrificio es apropiado para quienes no tienen nada que sacrificar, ni valores, ni reglas, ni juicios, aquéllos cuyos deseos son caprichos irracionales, ciegamente concebidos y fácilmente abandonados. Para una persona de estatura moral, cuyos deseos nacen de valores racionales, el sacrificio es la rendición de lo correcto a lo equivocado, de lo bueno a lo malo.

«El credo del sacrificio es una moral para el inmoral, una moral que declara su propia bancarrota al confesar que no puede infundir ningún interés personal al desarrollo de virtudes y valores; dado que su alma es una cloaca de depravación, debe ser entrenado para sacrificarse. Por su propia confesión, esta moral es impotente para enseñarle a ser bueno y sólo puede someterlo a un constante castigo…».

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