VIDA Y MUERTE

Por Javier Orrego C.

El Árbol de la Vida

Ignacio de Ries, “El Árbol de la Vida”, 1653 (detalle).

La vida es una borrasca, un torbellino de vacíos, oquedades, miserias materiales y morales, urgencias, incertidumbres, perplejidades. No es posible detenerse. Vivir es como tirar de un carro lleno de cosas, cosas que coleccionamos, objetos, personas, propiedades, compromisos, deberes, recuerdos. El mundo obliga, exige, constriñe. No, el hombre no puede dormirse en el fragor de la lucha cotidiana por la vida. Si nos detenemos el carro nos pasa por encima. Día tras día, las páginas de la vida van pasando, y sin darnos cuenta vamos acumulando en el calendario personal semanas, meses, años. Finalmente, el fardo pesa, nos doblegamos, nos marchitamos y nos vamos tal como vinimos, desnudos, trémulos, despojados de todo.

Viejos o enfermos, al final la imagen que tenemos de nosotros mismos difiere cada vez más de la forma en que nos ven los demás. Y dejamos de ser lo que éramos o pensábamos que éramos. Y lo que nos vemos obligados a mostrarle al mundo ya no tiene nada que ver con nosotros mismos, sino con lo que queda de nosotros, el rescoldo, las cenizas. Lo demás ha servido de combustible para nuestra propia fragua.

No, el hombre no puede dormirse. Y sin embargo, se “duerme”.  Y es que con el pasar de los años el alma se llena de cicatrices. Acumulamos dolores desde el momento en que cruzamos el umbral de la vida en la Tierra.

Sí, duele vivir. Y sin embargo, ¡qué hermosa es la vida!

Qué hermoso amar y ser amado, qué hermosa la complejidad del cuerpo humano, el laberinto de órganos, músculos, huesos, arterias, venas y nervios que permiten que un alma se incorpore a la esfera mineral de la Tierra. Qué hermosa la sucesión de noches y días, el rítmico ir y venir de las estaciones que determinan el flujo y reflujo de la vida misma, el oscilar de la conciencia. Y qué hermosas las estrellas, y las nubes con sus formas caprichosas, y las flores con su disfraz multicolor.

Entonces, ¿dónde nos perdemos? ¿En qué punto del camino dejamos de percibir la maravillosa complejidad de las cosas, la sinfonía de interrelaciones que configura nuestro mundo, la sabiduría de lo que se expresa en todo lo que se mueve bajo el Sol: planetas, formas de vida, rocas, plantas, animales, seres humanos?

Aventuro una respuesta: Nos perdemos cuando dejamos de experimentar que todo lo que fluye en el cosmos, todo lo que se mueve, lo que palpita, lo que trepida entre el ser y el no ser en este vértice maravilloso que es la vida, lo hace por amor, entendido éste como el impulso que reúne aquello que se ha separado en el origen de todo. Por amor se mueven los planetas, las estrellas, las galaxias. Y también los pájaros del cielo, las bestias, las esporas de las plantas, los peces, los insectos, los niños en las plazas, los hombres y mujeres de la Tierra.

Todo se mueve por amor.

La vida misma es amor. Por eso no es posible concebir la vida sin intercambio con el entorno. Todo lo que vive está constreñido ―¡en su libertad!― a ser permeable con lo que lo rodea. No existe, en verdad, la soledad, la soledad a secas, el aislamiento, la incomunicación absoluta. Respirar es llenarse por dentro de lo que está afuera de nosotros. Ni siquiera las piedras carecen de esa permeabilidad, de esa porosidad que es propia de la vida.

La inmovilidad en cambio, la impenetrabilidad, el retraimiento, es un síntoma de muerte.

Es la muerte lo que nos extravía. Es la muerte lo que nos impide percibir la belleza, la armonía, la perfección de todo cuanto nos rodea. Y la muerte adviene cuando cesa el intercambio. Por eso el egoísmo es también un síntoma de muerte, al igual que la indiferencia, el individualismo, la egolatría, la vanidad. El que afirma su “yo” pisoteando otros “yoes” está tan cerca de la muerte como un hombre extraviado en el desierto. Y es esa la clase de seres humanos ―esos, los extraviados―, los que están poniendo en riesgo la supervivencia de la vida humana sobre el planeta. Son ellos los que han puesto a la Tierra en peligro de muerte.

La muerte asecha, conspira contra la vida humana confabulada con esa clase de seres desalmados ―desalmados porque dejan su alma a la intemperie cuando se atrincheran en la carne, creyendo que el cuerpo y el mundo de allá afuera es lo único que tienen.

Y qué fácil sería. Qué sencillo decidirse por la vida. Qué cerca ―¡y qué lejos!― estamos de ello.

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