RELIGIÓN EXTERIOR, RELIGIÓN INTERIOR

Por Javier Orrego C. (de La Vigencia del Tercer Secreto de Fátima tras la renuncia de Benedicto XVI)

Resurrección¿Qué se juega el Demonio en la encrucijada, qué se juega el hombre? Estos son temas oscuros. Unos cuantos hombres de Dios lo saben. Pero la mayoría de los seres humanos, incluso la mayoría de los sacerdotes y hombres de fe de todo el mundo, sin importar la religión que profesen, lo ignoran por completo.

La religión exterior, la de los templos de piedra y de los dogmas, la de la letra muerta de Escrituras que nunca llegan a ser comprendidas por los fieles y sus sacerdotes porque carecen de las claves para interpretarlas correctamente; esa fe, esa religión popular, exterior, superficial, es como la fe de los niños, simple y sencilla, fácil de entender y practicar, pero insubstancial y desprovista de verdadero poder en el más allá de lo que permanece oculto a la conciencia dormida de la humanidad. Las Escrituras llegan a ser así como cuentos de hadas que se cuentan unos a otros los creyentes para arrullarse en su sueño colectivo.

¿Lo sabe el Papa Ratzinger? Claro que sí. Deben haberlo sabido muchos Papas… pero no necesariamente los cardenales que fueron elegidos Papas. ¿Se entiende? Algo cambia en el hombre que se crucifica voluntariamente y comprende el misterio del sacerdocio eterno.

Por eso todos los últimos Papas −en especial Wojtyla y Ratzinger− han insistido en la importancia del misterio de los novísimos. Los novísimos son el nombre que se les da a las realidades últimas de la vida humana: el pecado, el juicio, la muerte y los estados post-mortem por los que pasa el espíritu, llamados purgatorio, infierno y cielo o Paraíso. Igualmente pertenece a esta rama de la teología, también llamada escatología, el misterio de la Segunda Venida.

Juan Pablo II decía que “el hombre de la civilización actual se ha hecho poco sensible a las cosas últimas (…). La escatología se ha convertido, en cierto modo, en algo extraño al hombre contemporáneo”.

El entonces Cardenal Ratzinger, siendo  Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, dio una entrevista al conocido periodista italiano Vittorio Messori, donde declaró: “Digan lo que digan algunos teólogos superficiales, el Diablo es, para la fe cristiana, una presencia misteriosa, pero real, no meramente simbólica, sino personal. Y es una realidad poderosa…”. Y luego menciona como prueba palpable de dicha presencia el “abismo de atrocidades continuamente renovadas y que no pueden explicarse meramente con el comportamiento humano”.

Extraemos el siguiente diálogo del libro Luz del mundo, el Papa, la Iglesia y los Signos de los Tiempos, fruto de una conversación de Benedicto XVI con el periodista y escritor alemán Peter Sewald en la residencia de Castengandolfo en el año 2010:

―En su discurso de Lisboa declaró usted que una tarea primordial de la Iglesia consiste actualmente en hacer a los hombres capaces de “mirar más allá de las cosas penúltimas y ponerse a la búsqueda de las últimas”. La doctrina de las “cosas últimas”, de los “novísimos”, es un contenido central de la fe. Ella trata temas como el infierno, el purgatorio, el anticristo, la persecución de la Iglesia en el tiempo final, la segunda venida de Cristo y el juicio final. ¿Por qué reina en el anuncio un silencio tan llamativo sobre los temas escatológicos, que, a diferencia de ciertos tópicos internos constantes de la Iglesia, son realmente de índole existencial e incumben a todo el mundo?

―Ésa es una cuestión muy seria. Nuestra predicación, nuestro anuncio está orientado realmente de forma unilateral hacia la plasmación de un mundo mejor, mientras que el mundo realmente mejor casi no se menciona ya. Aquí tenemos que hacer un examen de conciencia. Por supuesto, se intenta salir al encuentro de los oyentes, decirles aquello que se halla dentro de su horizonte. Pero nuestra tarea es al mismo tiempo abrir ese horizonte, ampliarlo y mirar hacia lo último.

Estas cosas son arduas para los hombres de hoy. Les parecen irreales. En lugar de ellas quisieran respuestas concretas para el ahora, para las vicisitudes de la vida cotidiana. Pero tales respuestas siguen siendo incompletas si no permiten sentir y reconocer también por dentro que yo voy más allá de esta vida material, que existe el juicio, que existen la gracia y la eternidad. En ese sentido debemos encontrar también palabras y modalidades nuevas para hacer posible al hombre romper la “barrera del sonido” de la finitud.

―Todas las profecías de Jesús se han hecho verdad. Sólo una está pendiente: la de su segunda venida. Sólo su cumplimiento hace plenamente verdadera la Palabra de la “salvación”. Usted acuñó el concepto de “realismo escatológico”. ¿Qué significa eso, exactamente?

―Significa que esas cosas no son espejismos y utopías inventadas de alguna manera, sino que aciertan exactamente en la realidad. Realmente es preciso tener siempre presente que Él nos dice, con la mayor certidumbre: Yo vengo de nuevo. Esta palabra está por encima de todo. Por eso la misa se celebraba originariamente en dirección hacia Oriente, hacia el Señor que viene de nuevo, simbolizado en el sol. Por eso, cada misa es el caminar al encuentro de Aquel que viene. Así se anticipa de alguna manera esa venida; vamos hacia Él, y ya ahora, en anticipación, Él viene. Suelo comparar esto con la historia de las bodas de Caná. Allí, el Señor dice primeramente a María: “Todavía no ha llegado mi hora”. No obstante, después concede el vino nuevo y, por así decirlo, anticipa su hora, que todavía vendrá. En la eucaristía se hace presente este realismo escatológico: vamos al encuentro de Él ―como de Aquel que viene―, y, ya ahora, Él viene y anticipa esa hora que, un día, tendrá su carácter definitivo. Deberíamos comprenderlo de tal modo que vayamos al encuentro del Señor que ya viene siempre, que nos introduzcamos en su venida, y que, de ese modo, nos dejemos insertar en la realidad mayor, precisamente más allá de la cotidianidad.

Más allá de la cotidianidad… No podemos dejar pasar esas palabras del Papa. Significa que la Segunda Venida es algo siempre actual y contingente. No se deben interpretar los mensajes proféticos en forma cronológica. El tiempo en que transcurren los fenómenos espirituales no es coincidente con el tiempo humano. En realidad, lo que nos dice el Papa ―transmitiendo en el fondo la misma enseñanza que han venido entregando a la humanidad los grandes iniciados en los misterios cristianos desde los tiempos de Pentecostés― es que la Segunda Venida se está produciendo en estos mismos momentos, siempre y en todo lugar, sólo que transcurre en un plano espiritual.

Los que no la perciban se parecerán a aquellos que, viviendo en Palestina hace dos mil años, dejaron pasar al Señor ―el Maestro de Maestros― frente a sus casas sin prestarle atención. El mensaje pareciera ser: “No teman a las tribulaciones y pruebas que el mundo nos pone, incluida la corrupción de la Iglesia. El verdadero cristiano no teme enfrentarse al mundo. La tumba de Cristo es el corazón humano. Sólo los que verdaderamente viven la fe son invitados a vivir la Resurrección”.

Es de la máxima importancia aclarar aquí que la “fe” no es simplemente sinónimo de “creer”, sino del esfuerzo por traer a Dios al mundo, de preñar la materia densa que nos rodea del espíritu que la sustenta. Sólo así, el espíritu de cada uno se vuelve Santo.

En verdad, Benedicto XVI ha sembrado una hermosa flor en el jardín de Getsemaní de cada uno de nosotros. Somos dioses dormidos, y hemos de acercarnos al mundo con sigilo para despertarlo de su propio sueño. Nadie se hace cristiano si no despierta primero al amor, a la conciencia, a la vida del espíritu.

Rudolf Steiner enseñaba ya hace casi un siglo que Dios, el Dios de todos los hombres y mujeres de la Tierra, yace dormido en la materia, que se haya hechizado en el mundo… y que nuestro deber es despertarlo.

Ese es también el secreto del rey Arturo. En el mito de la espada en la piedra, la piedra no es más que una representación alegórica del corazón humano petrificado por el materialismo, mientras que la espada es un símbolo de la voluntad humana, preñada de espíritu, que penetra la materia para despertar al Dios encantado. Eso es resucitar

Por eso el Papa renuncia al mundo. Pero no renuncia a la Cruz, no renuncia a construir puentes. De hecho, de eso se trata precisamente la oración, de construir puentes entre la dimensión espiritual (divina) de la existencia humana y la dimensión material, terrena, mundana.

Y ese es el trasfondo espiritual del secreto de Fátima, el verdadero, genuino, auténtico significado del secreto de Fátima, que anuncia, poco más o menos, lo siguiente: “Se ha abierto un abismo a los pies de la humanidad dormida. Buena parte de la humanidad ha sido seducida ya por el poder del Adversario del hombre. Y este poder también ha echado raíces en la Iglesia de Cristo”. Es la apostasía generalizada anunciada por el propio Jesús en su tiempo, si hemos de creer en lo que narran los evangelios sinópticos.

En efecto, los evangelistas describen cierto episodio en que Jesús y sus discípulos se encontraban sentados sobre el monte de los Olivos tomándose un descanso y disfrutando de la hermosa vista sobre el valle del Cedrón. Al fondo se delineaba la imagen deslumbrante del magnífico Templo de Herodes, el Segundo Templo de Jerusalén. El extraordinario edificio permanecía aún sin terminar luego de más de cincuenta años de construcción. Se dice que tras unos momentos de embelesamiento los discípulos estallaron en alabanzas ante el espectáculo. “¡Mira qué piedras, y qué edificios!”, exclamaron extasiados. Pero para su asombro, Jesús respondió: “¿Veis todo esto? Yo os aseguro que no quedará aquí piedra sobre piedra que no sea derruida”.

Hemos de imaginarnos el efecto que esas palabras produjeron sobre las almas de esos hombres. ¿El Templo de Dios destruido? Y preguntaron: “¿Cuándo sucederá eso y cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo?”.

Entonces Jesús respondió:

Mirad que no os engañe nadie. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: “Yo soy el Cristo”, y engañarán a muchos. Oiréis también hablar de guerras y rumores de guerras. ¡Cuidado, no os alarméis! Porque eso es necesario que suceda, pero no es todavía el fin. Pues se levantará nación contra nación y reino contra reino, y habrá en diversos lugares hambre y terremotos. Todo esto será el comienzo de los dolores de alumbramiento. Entonces os entregarán a la tortura y os matarán, y seréis odiados de todas las naciones por causa de mi nombre. Muchos se escandalizarán entonces y se traicionarán y odiarán mutuamente. Surgirán muchos falsos profetas, que engañarán a muchos. Y al crecer cada vez más la iniquidad, la caridad de la mayoría se enfriará. Pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará. Se proclamará esta Buena Nueva del Reino en el mundo entero, para dar testimonio a todas las naciones. Y entonces vendrá el fin.

Cuando veáis, pues, la abominación de la desolación, anunciada por el profeta Daniel, erigida en el Lugar Santo (el que lea, que entienda), entonces, los que estén en Judea, huyan a los  montes; el que esté en el terrado, no baje a recoger las cosas de su casa; y el que esté en el campo, no regrese en busca de su manto. ¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días! Orad para que vuestra huida no suceda en invierno ni en día de sábado. Porque habrá entonces una gran tribulación, cual no la hubo desde el principio del mundo hasta el presente ni volverá a haberla. Y si aquellos días no se abreviasen, no se salvaría nadie; pero en atención a los elegidos se abreviarán aquellos días.

Entonces, si alguno os dice: “Mirad, el Cristo está aquí o allí”, no lo creáis. Porque surgirán falsos cristos y falsos profetas, que harán grandes señales y prodigios, capaces de engañar, si fuera posible, a los mismos elegidos. ¡Mirad que os lo he predicho! Así que si os dicen: “Está en el desierto”, no salgáis; “Está en los aposentos”, no lo creáis. Porque como el relámpago sale por oriente y brilla hasta occidente, así será la venida del Hijo del hombre.

Donde esté el cadáver, allí se juntarán los buitres. Inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, y las fuerzas de los cielos serán sacudidas. Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre; y entonces se golpearán el pecho todas las razas de la tierra y verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria. Él enviará a sus ángeles con sonora trompeta, y reunirán de los cuatro vientos a sus elegidos, desde un extremo de los cielos hasta el otro.

De la higuera aprended esta parábola: cuando ya sus ramas están tiernas y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca. Así también vosotros, cuando veáis todo esto, sabed que Él está cerca, a las puertas. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles de los cielos, ni el Hijo, sino sólo el Padre.

Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre. Porque como en los días que precedieron al diluvio, comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca, y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos, así será también la venida del Hijo del hombre. Entonces, estarán dos en el campo: uno es tomado, el otro dejado; dos mujeres moliendo en el molino: una es tomada, la otra dejada. Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.

Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no permitiría que le horadasen su casa. Por eso, también vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre. ¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, a quien el señor puso al frente de su servidumbre para darles la comida a su tiempo? Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así. Yo os aseguro que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si el mal siervo aquel se dice en su corazón: “Mi señor tarda”, y se pone a golpear a sus compañeros y come y bebe con los borrachos, vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el momento que no sabe, le separará y le señalará su suerte entre los hipócritas; allí será el llanto y el rechinar de dientes.

Este discurso de Jesús es conocido con el nombre de pequeño apocalipsis. Hemos de entender que lo que narra el Maestro de Palestina en este episodio no se refiere a hechos físicos. Jesús no estaba hablando del templo de piedra, sino del templo del espíritu. El Lugar Santo sobre el que se ha de erigir la abominación de la desolación es el corazón humano. Jesús anuncia aquí la profanación del corazón humano por la fría daga del materialismo ―padre de todos los pecados del hombre contra el hombre―, y por la negación del carácter sagrado de la vida y de la naturaleza humana.

Benedicto, el bendito, sabe que tiene que permanecer en vela. Él, iniciado en los misterios del evangelio, sabe que tiene que predicar con el ejemplo. La actividad del Adversario ―el Anticristo― está siempre vigente; hoy, en pleno siglo XXI, tanto como  en tiempos de Jesús y en tiempos de Noé. Siempre es lo mismo. El principio del Mal se presenta en cualquier momento, pues se trata de algo individual. En cada hombre y mujer que viene a esta Tierra se presenta nuevamente todo el misterio de la encarnación del Verbo, así como su sacrificio y resurrección. Nadie puede eludir la Cruz, pues es el espíritu humano el que se ha crucificado en la materia para cumplir con su misión trascendente: espiritualizar la materia misma.

El Cristo es el principio individual supremo del Cosmos, reflejo del Logos, que se encuentra dormido, como hechizado, en el corazón del hombre. Siendo la palabra, toda palabra, la expresión exterior de la interioridad de un ser, el Logos, el Verbo, la Palabra Creadora, es la expresión exterior de la interioridad del Ser Supremo. Y siendo el hombre una creatura hecha a imagen y semejanza de su Creador ―el Logos Supremo―, está llamado a transformarse, en uso pleno de su libre albedrío, en inteligencia creadora.

Desde la venida de Jesús y la realización del misterio del Gólgota en la Palestina romana, ese principio ha comenzado a despertar. Pero es cada uno, individualmente, quien tiene que recorrer el camino señalado. La tumba de Cristo es ese Lugar Santo, el corazón del hombre, que viene siendo profanado desde el principio de los tiempos por los poderes de este mundo, que pretenden encadenar a la entidad humana sobre el escenario terrestre, haciendo fracasar a la humanidad en su misión ultraterrena: co-crear, junto a las jerarquías, el Cosmos futuro.

Todos somos Lázaro, y frente a nuestras  conciencias dormidas es el guía supremo del hombre, hecho a imagen y semejanza del Verbo, quién nos dice: Levántate y anda.

De esta forma cobran siempre plena vigencia todas las profecías genuinas ―como la de Fátima―, porque no predicen hechos futuros, sino eternamente presentes. Es por eso que Benedicto, el bendito, ha decidido retirarse del mundo para velar y mantenerse al frente de la hacienda del Señor.

Así, de este modo misterioso, el Papa Ratzinger, nuestro Benedicto, bendecido por el llamado supremo de su Guía Interior ―el Cristo, el Yo individual y único, ungido por el Espíritu Santo―, ha de haber sentido el llamado ―levántate y anda― y se puso en marcha, como todo peregrino, camino a la conquista de sí mismo por el bien de toda la humanidad.

 

Javier Orrego C.

(Extraído de La Vigencia del Tercer Secreto de Fátima tras la renuncia de Benedicto XVI)

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