EL SER HUMANO: EL YO, EL EGO Y EL INSTINTO

Por Javier Orrego C.

ego(Este artículo se inspira en las enseñanzas de la terapeuta boliviana Hellen Conley)

¿Qué es la condición humana? Un buen punto de partida para esbozar una respuesta a esta interrogante sería la afirmación de que lo humano propiamente tal es la capacidad del hombre de adquirir conciencia de sí. Esto significa que es posible sostener que los seres humanos hemos alcanzado la condición humana en el momento mismo en que hemos sido capaces que descubrir que somos un Yo –es decir, una individualidad única e irrepetible–, viviendo en un mundo en que nos encontramos con otros Yoes.

Esta definición básica da con la esencia de aquello que nos diferencia de los animales.  Un animal puede tener un esbozo de personalidad en el sentido de tener ciertas características específicas que lo hacen distinto de otros de su especie, pero no llega jamás a pensar en sí mismo como un Yo. Esto es, por ejemplo, lo que hace a los perros tan buenas mascotas. No existe un Yo distinto del perro con su amo. Antes bien, el perro asume el Yo del amo como parte de su propia esencia. La otra parte del Yo del perro es aquella que comparte con todos los demás perros del mundo. Por eso el comportamiento de los perros es casi igual en todas las latitudes.

Los instintos

Pero hay algo que compartimos hombres y animales: la constitución física. El hombre, al igual que los animales, tiene un cuerpo físico que sirve de vehículo para su alma. Por medio del cuerpo físico el hombre ―al igual que los animales puede insertarse en el mundo, interactuar con otros, desplazarse en el espacio, etc. Con la conservación de este cuerpo físico en el escenario terrestre están relacionados los instintos, que son pautas de comportamiento complejas que les permiten a humanos y animales adaptarse a las condiciones de vida en que se desenvuelve su existencia en la Tierra. Según psicólogos y antropólogos, los instintos están directamente relacionados, por un lado con la autoconservación y, por otro, con la preservación de la especie por medio de la sexualidad. De las teorías freudianas se deriva la concepción de que lo “instintivo” en la naturaleza humana tendría también relación con la búsqueda del placer y el rechazo del dolor.

En este punto, cabría decir, seguimos emparentados con los animales. Los animales también necesitan para sobrevivir en el mundo de estas dos clases de instintos básicos, autoconservación y preservación de la especie, además de rechazo del dolor y búsqueda de placer. Lo que nos hace humanos es, por tanto, la capacidad de tomar conciencia de lo que somos y de nuestro lugar en el concierto de la vida. Sólo al asumir que somos un “Yo”, nos volvemos humanos.

El ego

Pero en relación a esta conciencia de sí surge un inconveniente. Hay también gradación en esta toma de conciencia. La individualidad no es algo tan fácil de discernir como se cree. Antes de revelarse al ser humano su verdadero Yo ―al que vamos a llamar Yo Superior, que resume la esencia de lo que el hombre es, poniéndolo en relación con el Ser Universal―, se le revela su ego o “falso yo”. Es decir, entre la mera animalidad y el ser humano que ha tomado conciencia de que su cuerpo y su alma no son más que un vehículo o herramienta de su Yo Superior hay un paso intermedio: el hombre ordinario, presa de la ilusión de que su individualidad es su ego o “pequeño yo” posesivo, limitado, egoísta, efímero, voluble, caprichoso, astuto, portador de falsedad. Esto es así porque mientras el Yo viene de lo alto, el ego surge de las mil máscaras con que nuestra naturaleza inferior, ligada a nuestra naturaleza instintiva de índole animal, disfraza el Yo Superior. Es que el ego, el gran timador, es la suma  de todo aquello que desde los instintos inferiores y del subconsciente toma el timón de nuestra naturaleza y nos hace vivir la vida desde el punto de vista erróneo de la confrontación, la separatividad, la ausencia de amor, la fatalidad y el egoísmo.

Ahora bien, las dos fuentes que llenan el pozo del ego son: por una parte, las experiencias de nuestros padres y antepasados ―que quedan grabadas en nuestro subconsciente― y, por otra, nuestras propias experiencias traumáticas presentes desde la vida intrauterina. A partir de esas dos hebras el ego teje la red con que nos envuelve y atrapa.

Como dice Hellen Conley:

Si uno no trabaja el ego, si no opta por la sanidad para aprender a manejar la propia vida, éste tomará el control y nos pasaremos la vida entera repitiendo el informe grabado en el subconsciente. En otras palabras, permaneceremos atrapados. Desde allí el miedo, la culpa, el dolor y la soberbia estarán permanentemente atacándonos, controlándonos, y obligándonos a vivir perpetuamente con miedo y sedientos de amor. Y nos pasaremos la vida huyendo de la soledad y del sin sentido y persiguiendo el amor sin encontrarlo.

Hay que tener muy claro que el ego es la enredadera más invasiva que existe. Se mete en los más recónditos recovecos de nuestras almas encontrando siempre las maneras más ingeniosas de mimetizarse, esconderse o disfrazarse y hacernos creer que la realidad limitada que nos empuja a vivir es “la” realidad, el único contexto posible en que ha de desenvolverse nuestra existencia. Y de las maneras más convincentes nos persuade de que las mil y una limitaciones de esa “realidad” ilusoria pertenecen a lo real en sí. Quedamos así persuadidos de que somos pequeños, insignificantes, y de que no podemos hacer nada por ser distintos de lo que “somos”. Nos convence, por ejemplo, de que no nos es posible adelgazar o de que no podemos dejar de fumar, ni de beber alcohol, ni de consumir drogas o de enfermarnos de esto o de esto otro, o de ser tímidos o feos o esclavos del sexo o narcisistas o lo que sea. Un ego poderoso puede hacernos vivir la vida entera totalmente convencidos de que somos “asmáticos”, o de que somos “pobres”, o “diabéticos”, o “poco inteligentes”, etc.

¿Pero cómo reconocer cuándo estamos frente al ego y cuándo frente a nuestro verdadero Yo?

La respuesta es muy sencilla, mucho más de lo que pareciera a simple vista: estamos frente al ego cada vez que generemos separación, ausencia de amor, infelicidad, sufrimiento. Siempre que suframos o hagamos sufrir a otros es evidente su presencia. En cambio el Yo une, armoniza, se conecta al amor.

El Yo Superior humano

Pero la Tierra es una escuela. Hemos nacido aquí porque tenemos algo que aprender. De este modo podemos decir que el ego es la infancia del Yo. Si somos humanos, hay un Yo Superior que se nos anuncia. Si la huella ineluctable del ego es el sufrimiento, el dolor, es porque así ha sido dispuesto por la sabiduría cósmica para que por medio de ese dolor nos sea posible aprender las lecciones que harán surgir desde el fondo de nosotros mismos nuestra esencia verdadera.

Entonces los instintos, que manejados por el ego nos revelan nuestra terrible animalidad ―el reino de los apetitos, la sed de poder, el hambre de riquezas, la crueldad, la insensibilidad respecto al dolor y el sufrimiento ajenos, etc.―, subordinados al Yo Superior, al Ser que duerme en el fondo de nuestros corazones azorados, se transmutan en virtudes.

Así, los instintos de supervivencia y de conservación se tornan en impulsos de salvación y de resurrección. El egoísmo, entonces, se convierte en altruismo, el odio en amor, la crueldad en ternura, la tristeza en alegría, la enfermedad en salud, el miedo en fe, la astucia en inteligencia, la ceguera en luz, el caos en armonía.

De esta manera, esa clase de instintos renovados se convertirán en la voz del Ser Universal hablando por lo que Somos. Así se abre la puerta de la Sabiduría. Viviendo así aprenderemos a conectarnos con la dimensión espiritual de la Naturaleza. Algo más grande que nosotros nos habla a través de los instintos liberados del ego. Seguir esta voz interna siempre nos llevará a buen puerto haciendo contacto con la sabiduría que subyace en todo lo que nos rodea.

Debemos escuchar nuestro cuerpo y mirar la naturaleza siendo capaces de conectarnos con los árboles, las montañas, los ríos, las plantas, los animales y el resto de los hombres y mujeres con que compartimos esta Tierra. No solo mirarlos, sino contemplarlos y conectarnos con esa Esencia que está en todas partes, partiendo por nuestros corazones humanos. Un instinto no oído, no sanado, nos llevará a la autodestrucción, a un terremoto físico. Esto es, por ejemplo, el cáncer.

Esto porque los instintos no sólo son una manifestación de la naturaleza inferior del hombre, son también, desde cierto punto de vista, una conexión con aquella parte de nuestra naturaleza que se conecta con el Todo, con el universo, con los demás seres, con la vida.

De este modo, por ásperos, salvajes o destemplados que seamos, siempre hay “algo” que nos susurra al oído si una cosa es “buena” o “mala”, perjudicial o favorable para el cuerpo, el alma o el espíritu. Ese “algo” interior, esa “voz de la conciencia”, es también un instinto, pero no uno que nos hace depredadores, egoístas, nocivos para los otros o para nosotros mismos, sino todo lo contrario. Porque siempre frente a una mala acción hay una voz que nos empuja a seguir adelante y otra que intenta persuadirnos de lo contrario. Es así como lo bueno del mundo ―la compasión, la misericordia, la sabiduría, el amor―, esparcen luz incluso en las zonas más tenebrosas del alma humana.

De allí la importancia de emprender un trabajo de alquimia interior: arrebatarle el timón de nuestras vidas al ego para sentar en el trono al Yo Superior, nuestra esencia sagrada y eterna. Si hacemos este trabajo a conciencia el resto vendrá por añadidura: salud, abundancia, alegría de vivir, fraternidad humana, amor.

Javier Orrego C.

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One comment

  1. morir es nacer, o tambien cuando muere un yo nace una virtud , nuestro cuerpo es nuestro vehiculo del alma para trascender en esta existencia conocida o llamada vida, el conocimento no lo encontramos en la ciencia experimental de otros seres anacoretas, o señores ilustrados, si no mas bien en nosotros mismos, en la mirada atenta y constante a nuestro interior el aqui y ahora, de instante en instante, esta en nuestro sentir ,pensar, actuar,la mente nuestra esta limitada a un 3 % libre pero dormida a los placeres de la globalizaciòn,

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