LA VIGENCIA DEL TERCER SECRETO DE FÁTIMA TRAS LA RENUNCIA DE BENEDICTO XVI

Por Javier Orrego C. / Fragmento del libro homónimo

Benedicto XVI y Francisco en el Vaticano

VATICANO, 23/12/2013.- Imagen del Osservatore Romano que muestra al Papa Francisco saludando a su predecesor, el Papa emérito Benedicto XVI en el monasterio Mater Ecclesiae en la ciudad de Vaticano, EFE/L’Osservatore Romano.

El jueves 13 de mayo del año 2010, durante su visita al santuario de Fátima con ocasión de la conmemoración de los 93 años de la primera aparición de la Virgen a los pastorcitos Lucía, Jacinta y Francisco, el Papa Benedicto XVI hizo una afirmación sorprendente: sostuvo que se equivocaban aquellos que piensan que el mensaje de la Virgen ha perdido actualidad. El Pontífice aseguró, en una masiva ceremonia ante una multitud de fieles congregados en la explanada de la Basílica de Nuestra Señora del Rosario, que el proyecto de Dios para el hombre permanece plenamente vigente.

En palabras del Santo Padre:

Se equivoca quien piensa que la misión profética de Fátima está acabada. Aquí resurge aquel plan de Dios que interpela a la humanidad desde sus inicios: “¿Dónde está Abel, tu hermano? […] La sangre de tu hermano me está gritando desde la tierra” (Gn 4,9). El hombre ha sido capaz de desencadenar una corriente de muerte y de terror que no logra interrumpir. En la Sagrada Escritura se muestra a menudo que Dios se pone a buscar a los justos para salvar la ciudad de los hombres y lo mismo hace aquí, en Fátima, cuando Nuestra Señora pregunta: “¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quiera mandaros, como acto de reparación por los pecados por los cuales Él es ofendido, y como súplica por la conversión de los pecadores?” (Memórias da Irmā Lúcia, I, 162).

Con la familia humana dispuesta a sacrificar sus lazos más sagrados en el altar de los mezquinos egoísmos de nación, raza, ideología, grupo, individuo, nuestra Madre bendita ha venido desde el Cielo ofreciendo la posibilidad de sembrar en el corazón de todos los que se acogen a ella el Amor de Dios que arde en el suyo. Al principio fueron sólo tres, pero el ejemplo de sus vidas se ha difundido y multiplicado en numerosos grupos por toda la faz de la Tierra dedicados a la causa de la solidaridad fraterna, en especial al paso de la Virgen Peregrina. Que estos siete años que nos separan del centenario de las Apariciones impulsen el anunciado triunfo del Corazón Inmaculado de María para gloria de la Santísima Trinidad.

La Iglesia, bajo el reinado de Juan Pablo II –el papa eslavo−, había revelado el contenido del así llamado tercer secreto de Fátima, y su interpretación había sido obra del entonces Cardenal Ratzinger, Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe. Corría el año 2000.

En su parte substancial, el texto original de Sor Lucía, entregado en 1960 a Juan XXIII y mantenido oculto durante treinta años en las profundas entrañas del Vaticano, decía lo siguiente, narrando en extenso la visión que le fue infundada por Nuestra Señora el día 13 de julio del año 1917:

Después de las dos partes que ya he expuesto, hemos visto al lado izquierdo de Nuestra Señora un poco más en lo alto un Ángel con una espada de fuego en la mano izquierda; centelleando emitía llamas que parecía iban a incendiar el mundo; pero se apagaban al contacto con el esplendor que Nuestra Señora irradiaba con su mano derecha dirigida hacia él; el Ángel, señalando la Tierra con su mano derecha, dijo con fuerte voz: ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia! Y vimos en una inmensa luz qué es Dios: algo semejante a como se ven las personas en un espejo cuando pasan ante él, a un Obispo vestido de Blanco; hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre. También a otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas subir una escabrosa montaña, en cuya cima había una gran Cruz de troncos toscos como si fueran de alcornoque con la corteza; el Santo Padre, antes de llegar a ella, atravesó una gran ciudad medio en ruinas y medio tembloroso con andar vacilante, apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino; llegando a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran Cruz fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros y flechas, y asimismo fueron muriendo unos tras otros los Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas y diversas personas, seglares, caballeros y señoras de varias clases y posiciones. Bajo los dos brazos de la Cruz había dos Ángeles, cada uno con una jarra de cristal en la mano, en las cuales recogían la sangre de los Mártires y regaban con ella las almas que se acercaban a Dios. (Nota: hay fundadas versiones que apuntan a que este texto no corresponde al cien por ciento del tercer secreto de Fátima. Habría una parte que aún no ha sido dada a conocer e, incluso, un segundo documento complementario que aún estaría oculto en las bóvedas del Vaticano o en la oficina del Santo Padre. Este segundo documento ha sido llamado el Cuarto Secreto de Fátima)

El comentario teológico del Cardenal Ratzinger sostiene en cierta parte que “el sentido de la visión no es el de mostrar una película sobre el futuro ya fijado de forma irremediable. Su sentido es exactamente el contrario, el de movilizar las fuerzas del cambio hacia el bien”. Luego señala que la “montaña escarpada” y la “gran ciudad medio en ruinas” simbolizan el escenario de la historia humana. En palabras de Ratzinger: “la historia como costosa subida hacia lo alto, la historia como lugar de la humana creatividad y de la convivencia, pero al mismo tiempo como lugar de las destrucciones, en las cuales el hombre destruye la obra de su propio trabajo”. En la Cruz, dice Ratzinger, “la destrucción se transforma en salvación”.

Para el entonces Cardenal Ratzinger, el propio camino de la Iglesia ha sido, verdaderamente, un vía crucis, especialmente el siglo XX, con justa razón llamado el siglo de los mártires por ser un tiempo de persecuciones, guerras mundiales, holocaustos nucleares, fanatismo religioso, terrorismo global, destrucción y muerte a escala global. El futuro Papa no trepida en hacer ver con elocuencia que la infinidad de conflictos, guerras locales y revoluciones que jalonan la historia aciaga del siglo que pasó han llevado a la humanidad a experimentar “nuevas formas de crueldad”.

En el punto central del documento, Ratzinger señala:

En el vía crucis de este siglo, la figura del Papa tiene un papel especial. En su fatigoso subir a la montaña podemos encontrar indicados con seguridad juntos a diversos Papas, que empezando por Pío X hasta el Papa actual han compartido los sufrimientos de este siglo y se han esforzado por avanzar entre ellos por el camino que lleva a la cruz. En la visión también el Papa es asesinado en el camino de los mártires. ¿No podía el Santo Padre, cuando después del atentado del 13 de mayo de 1981 se hizo llevar el texto de la tercera parte del “secreto”, reconocer en él su propio destino? Había estado muy cerca de las puertas de la muerte y él mismo explicó el haberse salvado, con las siguientes palabras: “fue una mano materna la que guió la trayectoria de la bala y el Papa agonizante se paró en el umbral de la muerte” (13 de mayo de 1994). Que una “mano materna” haya desviado la bala mortal muestra sólo una vez más que no existe un destino inmutable, que la fe y la oración son poderosas, que pueden influir en la historia y, que al final, la oración es más fuerte que las balas, la fe más potente que las divisiones.

Y luego:

Hemos llegado así a una última pregunta: ¿Qué significa en su conjunto (en sus tres partes) el “secreto” de Fátima? ¿Qué nos dice a nosotros? Ante todo, debemos afirmar con el Cardenal Sodano: “los acontecimientos a los que se refiere la tercera parte del secreto de Fátima, parecen pertenecer ya al pasado”. En la medida en que se refiere a acontecimientos concretos, ya pertenecen al pasado. Quien había esperado impresionantes revelaciones apocalípticas sobre el fin del mundo o sobre el curso futuro de la historia debe quedar desilusionado. Fátima no nos ofrece este tipo de satisfacción de nuestra curiosidad, del mismo modo que la fe cristiana por lo demás no quiere y no puede ser un mero alimento para nuestra curiosidad. Lo que queda de válido lo hemos visto de inmediato al inicio de nuestras reflexiones sobre el texto del “secreto”: la exhortación a la oración como camino para la “salvación de las almas” y, en el mismo sentido, la llamada a la penitencia y a la conversión. 

Esa era la lectura del mensaje de Fátima que hacía el Cardenal Ratzinger el año 2000. Una década después, el Papa Ratzinger declara: “Se equivoca quien piensa que la misión profética de Fátima está acabada. Aquí resurge aquel plan de Dios que interpela a la humanidad desde sus inicios: ¿Dónde está Abel, tu hermano…?”.

¿Qué cambió en el lapso de diez años? Y, al mismo tiempo, ¿qué pensar tras los últimos acontecimientos, en particular el paso al costado que ha dado el Pontífice para retirarse a una vida de oración?

El enemigo interno

Tres años después de la nueva lectura que ha hecho de la profecía de la Virgen de Fátima, el Papa bávaro ha renunciado en medio de las aguas turbulentas en que navega la Iglesia. Es cosa más que sabida que la fe y el compromiso de los católicos del mundo ha ido decayendo inexorablemente tras la escalada de acusaciones contra obispos y sacerdotes por casos de pederastia, a lo que se suman los escándalos financieros y las luchas de poder al interior de la Curia romana.

Así las cosas, nos encontramos con una dicotomía de pensamiento que no es posible dejar pasar como un hecho trivial. Los hechos son claros: en el año 2000 el Cardenal Ratzinger se mostró convencido que el mensaje de Fátima se circunscribía tan solo a los avatares de la Iglesia en el curso del siglo XX. Sin embargo, ya como Benedicto XVI, como apóstol a cargo del timón de la barca de Pedro, se dio cuenta que las palabras de la Virgen tenían absoluta vigencia y presagiaban la actual crisis de la Iglesia.

Ese año 2010, ya a bordo del avión que lo trasladó de Roma a Lisboa, el Santo Padre había dicho que en el mensaje de Fátima “además de la gran visión del sufrimiento del Papa, que en primera instancia podemos referir a Juan Pablo II, se indican realidades del futuro de la Iglesia que poco a poco se van desarrollando y mostrando”. Y argumentó: “por ello es verdad que, más allá del momento indicado en la visión, se habla, se ve la necesidad de una pasión de la Iglesia, que naturalmente se refleja en la persona del Papa y por lo tanto son sufrimientos de la Iglesia que se anuncian”.

Y más adelante: “en cuanto a las novedades que hoy podemos descubrir en este mensaje encontramos que los ataques al Papa y a la Iglesia no sólo vienen del exterior, sino que los sufrimientos de la Iglesia proceden de dentro, del pecado que existe en la Iglesia. Esto se ha sabido siempre, pero hoy lo vemos de una forma aterradora: que la persecución más grande a la Iglesia no procede de enemigos externos, sino que nace del pecado en la Iglesia”.

Estas palabras cobran nueva vigencia en el presente, dado el desarrollo de los últimos acontecimientos. Sin ir más lejos, un año antes de su renuncia el ahora Papa Emérito se enteró de un supuesto complot para asesinarlo.

En febrero de 2012 –casi exactamente a un año de su dimisión− el diario italiano Il Fatto Quotidiano dio a conocer una información en que señalaba que el Cardenal Darío Castrillón Hoyos envió al Papa Benedicto XVI una carta en la cual le informaba de la existencia de un supuesto complot para acabar con su vida. Según la información recabada por el Cardenal colombiano, el plan se concretaría en el curso de los siguientes doce meses. La fuente primaria de dicho informe había sido el Arzobispo de Palermo, Cardenal Paolo Romeo, quien hizo mención, en el curso de unas conversaciones privadas que tuvieron lugar en China durante el mes noviembre del 2011, de la posibilidad más que cierta de que se produzca el deceso de Benedicto XVI al cabo de un año a contar de esa fecha. Impresionados por la seguridad con que el prelado se había referido a dicha posibilidad, los ocasionales interlocutores de Romeo, de origen chino, difundieron en ciertos círculos muy restringidos la primicia que finalmente llegó a oídos del Cardenal Castrillón, agregando de motu propio la palabra “complot”. El Cardenal Castrillón, al enterarse, decidió escribir al Papa el 30 de diciembre del mismo año. Se sabe que Benedicto XVI recibió el mensaje algunos días después.

En la traducción del documento se lee: “Seguro de sí mismo, como si lo supiese con precisión, el Cardenal Romeo anunció que al Santo Padre le quedan sólo doce meses de vida”. Durante estas conversaciones, Romeo aseguró también que Benedicto XVI estaba preparando su sucesión, indicando que el elegido era el Cardenal Angelo Scola, Arzobispo de Milán.

Cierta o no la existencia de este pretendido complot, la sola concurrencia de sospechas en torno a la posibilidad de que un acto de tal magnitud pudiera ser efectivamente llevado a cabo da cuenta del clima enrarecido que envuelve a la Santa Sede.

Imposible no pensar aquí en las palabras de Sor Lucía relatando las visiones de los pastorcitos de Fátima: “el Santo Padre, antes de llegar a ella (la gran Cruz de troncos toscos), atravesó una gran ciudad medio en ruinas, y medio tembloroso, con andar vacilante, apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino; llegando a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran Cruz fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros y flechas…”.

De modo que la figura del Papa asesinado en el camino de los mártires podía calzar no sólo con la figura del Papa Wojtyla, que sobrevivió al atentado del 13 de mayo de 1981 en la Plaza de San Pedro −obra del turco Mehmet Ali Agca, sobre cuyos instigadores jamás se supo nada más allá de sospechas más o menos fundadas−, sino que indirectamente con la del propio Benedicto XVI, amenazado supuestamente por los mismos poderes que están detrás de las crisis de corrupción que azota a los círculos de poder dentro del Vaticano.

A esto hay que agregar el extraño caso del Papa Juan Pablo I, quien alcanzó a estar tan solo 33 días en el Trono de Pedro. No está de más recordar las más que admisibles sospechas que existen en relación a que el Papa Luciani pudo haber sido asesinado como parte de una confabulación que pretendía mantener bajo la alfombra los oscuros manejos financieros de la banca vaticana. Claramente hay un hilo conductor en toda esta historia: la corrupción, la ambición ilimitada por el poder, la vieja tentación del dinero.

En tiempos del breve pontificado de Juan Pablo I, fines de los setenta, estaba a punto de estallar el escándalo de la quiebra del Banco Ambrosiano –el segundo banco privado más grande de Italia−, uno de cuyos principales accionistas era el Instituto de Obras Religiosas (IOR), es decir, el Banco del Vaticano. Se dice que el Papa Luciani pretendía poner orden en los turbios manejos de dinero en los que estaba involucrada esta institución. Las hebras de la madeja se extendían por todas partes involucrando a la mafia, logias masónicas, gobiernos de ultraderecha de Europa y de América Latina, políticos y jueces corruptos, etc. Los todopoderosos que movían los hilos de las finanzas vaticanas tras bambalinas no podían permitir que un humilde hombre de Dios, elegido Papa en el cónclave más corto del siglo XX, desafiara su poder omnímodo… y lo borraron del mapa.

Finalmente el escándalo estalló en 1981, tres años después de la extraña muerte del Papa, cuando el Estado italiano obligó al Banco Ambrosiano a declararse en bancarrota luego que se descubriera un hoyo fiscal de alrededor de 1.400 millones de dólares. Siendo el Instituto de Obras Religiosas el principal accionista de la institución caída en desgracia, numerosos acreedores exigieron al Vaticano la devolución del dinero perdido por causa de los malos manejos de sus directores. El tema se zanjó cuando la Santa Sede acordó el pago de una “contribución voluntaria” de alrededor de un tercio de la deuda del Banco Ambrosiano, con lo que se le echó tierra al asunto. No obstante, quedó la sensación que algo muy oscuro había sucedido tras bastidores, con asesinatos incluidos de importantes testigos del caso, como el del presidente del Banco Ambrosiano, Roberto Calvi, el llamado “banquero de Dios”, ocurrido en Londres en 1982.

El humo de Satanás

Por otro lado, la renuncia del Papa Benedicto XVI tiene una curiosa semejanza con un hecho acontecido previo a la muerte de Juan Pablo I. En el caso de este último, apenas asumió sus funciones le encomendó al entonces Secretario de Estado, el Cardenal Jean-Marie Villot, investigar a fondo el tema de las finanzas vaticanas. Poco después de ser informado del asunto, se produjo su deceso. En el caso del actual Papa Emérito, recibió en diciembre de 2012 –poco más de un mes antes de su renuncia− un informe encargado a los cardenales Julián Herranz, Josef Tomko y Salvatore De Giorgi sobre el escándalo de las filtraciones de documentos secretos, caso conocido como Vatileaks. Se dice que la reacción del Papa a dicho informe fue de profunda tristeza y desazón, sentimiento que, sumado a las amenazas veladas de asesinato en su contra, lo convencieron de la necesidad de dar un paso al costado. En ambos casos el Santo Padre en ejercicio fue informado del escabroso escenario de corrupción y falta de integridad que era posible percibir a simple vista en el seno de la Curia romana. En ambos casos las pruebas eran contundentes. Ambos fueron conscientes de que la Iglesia estaba en peligro.

Habría que recordar a este respecto las palabras del propio Paulo VI en la ya célebre homilía de la Solemnidad de San Pedro y San Pablo del día 29 de junio de 1972, en ocasión del noveno aniversario de su entronización. Entre otras cosas dijo allí el Pontífice, refiriéndose a la desacralización y a las defecciones de la Iglesia y del mundo cristiano:

Luego existe otra categoría, y a ella pertenecemos un poco todos. Y diría que esta categoría caracteriza a la Iglesia de hoy. Se diría que a través de alguna grieta ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios. Hay dudas, incertidumbre, problemática, inquietud, insatisfacción, confrontación. Ya no se confía en la Iglesia, se confía más en el primer profeta profano —que nos viene a hablar desde algún periódico o desde algún movimiento social— para seguirle y preguntarle si tiene la fórmula de la verdadera vida; y, por el contrario, no nos damos cuenta de que nosotros ya somos dueños y maestros de ella.

A continuación el Papa Montini señala que la duda ha entrado en las conciencias a través de la ciencia materialista de nuestros tiempos, así como de la mano de la confusión y el relativismo que imperan en la mayoría de los campos del saber y de la vida.

Y continúa:

Se ensalza el progreso para luego poder demolerlo con las revoluciones más extrañas y radicales, para negar todo lo que se ha conquistado, para volver a ser primitivos después de haber exaltado tanto los progresos del mundo moderno.

También en nosotros, los de la Iglesia, reina este estado de incertidumbre. Se creía que después del Concilio vendría un día de sol para la historia de la Iglesia. Por el contrario, ha venido un día de nubes, de tempestad, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre y se siente fatiga en dar la alegría de la fe. Predicamos el ecumenismo y nos alejamos cada vez más de los otros. Procuramos excavar abismos en vez de colmarlos.

¿Cómo ha ocurrido todo esto? Nos, os confiaremos nuestro pensamiento: ha habido un poder, un poder adverso. Digamos su nombre: el Demonio. Este misterioso ser que está en la propia carta de San Pedro —que estamos comentando— y al que se hace alusión tantas y cuantas veces en el Evangelio —en los labios de Cristo— vuelve la mención de este enemigo del hombre. Creemos en algo preternatural venido al mundo precisamente para perturbar, para sofocar los frutos del Concilio ecuménico y para impedir que la Iglesia prorrumpiera en el himno de júbilo por tener de nuevo plena conciencia de sí misma.

No podemos dejar de pensar en este punto en las palabras del tercer secreto, transmitidas por Sor Lucía: hablamos, por supuesto, de la ciudad medio en ruinas que ella menciona, y también del Santo Padre medio tembloroso con andar vacilante, apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino. Tampoco hemos de pasar por alto que la vidente relata cómo en su visión fueron muriendo unos tras otros los Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas y diversas personas, seglares, caballeros y señoras de varias clases y posiciones, etc.

Y Benedicto pone estas palabras en su justo lugar: “Se equivoca quien piensa que la misión profética de Fátima está acabada…”. Pareciera que para Benedicto XVI, el Papa Ratzinger, estas palabras hubieran tenido un significado analizadas desde la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe y otra vistas desde el Papado mismo. La primera interpretación, la del año 2000, fue casi literal, inocente incluso, casi como apañada para suavizar la presunta verdad encerrada en ellas. Por el contrario, la interpretación desde la posición de Pedro es más profunda y descarnada: es la Iglesia la que muere en la figura del Papa, es el Vaticano la ciudad medio en ruinas, es la verdadera fe la que ha ido cediendo paso a la muerte en los corazones de los pastores y los fieles. Lo que describe la visión es la apostasía generalizada que se ha entronizado en la Iglesia y en el pueblo de Dios.

Y entonces el Papa germano decide dar un paso radical. Habrá pensado, como Pablo VI, su predecesor, que el poder del tentador, el Demonio, venido al mundo para perturbar, en tanto que poder preternatural −es decir, sobrenatural, suprasensible, espiritual−, necesita ser contrarrestado desde el mismo espíritu. No basta con emprender la reforma de la Curia, no basta con castigar a los culpables de los innumerables crímenes de pederastia y de corrupción que se han dado en el seno de la Iglesia, el tráfico de influencias, el lavado de dinero, la lucha por el poder en el marco del gobierno de la Iglesia de Roma… hay que combatir al Mal desde la raíz.

El Papa no renuncia para irse a descansar. Se retira del mundo para hacer frente, en sus propios terrenos, al Mal que se cierne sobre el mundo. Y dice, en sus últimas palabras dirigidas a los fieles: “Gracias por su amistad y por su afecto. Ustedes saben que yo ya no soy más Pontífice, soy simplemente un peregrino que inicia la última etapa de su peregrinaje en esta Tierra. Pero quisiera todavía con mi corazón trabajar por el bien común de la Iglesia y de la comunidad”. No son palabras dichas por decir. El Papa lo expresó claramente: “Siempre estaréis cerca de mí, aunque permanezca oculto al mundo”.

En la última audiencia general del 27 de febrero señaló:

En estos últimos meses, he sentido que mis fuerzas han disminuido, y he pedido a Dios con insistencia en la oración que me iluminase con su luz para que me hiciera tomar la decisión más justa, no para mi bien, sino para el bien de la Iglesia. He dado este paso con plena conciencia de su gravedad y también de su novedad, pero con una profunda serenidad de ánimo. Amar a la Iglesia significa también tener el valor de tomar decisiones difíciles, sufridas, teniendo siempre delante el bien de la Iglesia y no el de uno mismo.

Permitid que vuelva una vez más al 19 de abril de 2005. La gravedad de la decisión reside precisamente en el hecho de que a partir de aquel momento yo estaba ocupado siempre y para siempre por el Señor. Siempre quien asume el ministerio petrino ya no tiene ninguna privacidad-. Pertenece siempre y totalmente a todos, a toda la Iglesia. Su vida es, por así decirlo, totalmente carente de la dimensión privada.

Es claro entonces que no se baja de la Cruz, como se ha dicho insistentemente. Permanece en la Cruz, pero desde una dimensión espiritual, suprasensible. Su principal batalla, de ahora en adelante, ha de ser espiritual. El suyo es un sacrificio, una forma más profunda de darse a sí mismo por amor a Dios y a la humanidad.

Ante la grave situación a que se enfrenta, la Iglesia de Cristo necesita dos Papas, uno luchando en el plano físico –el gobierno de la Iglesia−, y otro en el plano espiritual, trayendo aún más Luz al mundo para disipar las tinieblas en que se ha sumergido el corazón humano.

Aquí cobran un nuevo sentido las palabras finales de Sor Lucía: “Bajo los dos brazos de la Cruz había dos Ángeles, cada uno con una jarra de cristal en la mano, en las cuales recogían la sangre de los Mártires y regaban con ella las almas que se acercaban a Dios”. Dos ángeles, dos almas, dos caminos, dos formas de lucha… dos Papas, cada uno representando los dos filos de la espada de la fe: acción y contemplación, lucha y oración, justicia y misericordia. Es decir, el Papado en el mundo, pero fuera del mundo, más allá del mundo, por el bien de toda la humanidad.

Benedicto:

He podido experimentar, y lo experimento precisamente ahora, que uno recibe la propia vida cuando la da. Dije antes que mucha gente que ama al Señor, ama también al Sucesor de San Pedro y le quiere; que el Papa tiene verdaderamente hermanos y hermanas, hijos e hijas en todo el mundo, y que él se siente seguro en el abrazo de su comunión, porque ya no se pertenece a sí mismo, pertenece a todos y todos le pertenecen.

El “siempre” es también un “para siempre”, no existe un volver al privado. Mi decisión de renunciar al ejercicio del ministerio activo no lo revoca. No regreso a la vida privada, a una vida de viajes, reuniones, recepciones, conferencias, etc. No abandono la cruz, sigo de un nuevo modo junto al Señor Crucificado. No ostento la potestad del oficio para el gobierno de la Iglesia, sino que me resto al servicio de la oración, por así decirlo, en el recinto de San Pedro. San Benito, cuyo nombre llevo como Papa, me servirá de gran ejemplo en esto. Él nos mostró el camino a una vida que, activa o pasiva, pertenece totalmente a la obra de Dios.

Y termina así:

¡Queridos amigos y amigas! Dios guía a su Iglesia, la sostiene siempre, y especialmente en tiempos difíciles. No perdamos nunca esta visión de fe, que es la única verdadera visión del camino de la Iglesia y del mundo. En nuestro corazón, en el corazón de cada uno de vosotros, haya siempre la gozosa certeza de que el Señor está a nuestro lado, no nos abandona, está cerca de nosotros y nos envuelve con su amor. ¡Gracias!

¿Puede estar más claro? El Papa Ratzinger ha dado un paso más hacia el Calvario pues entiende que la humanidad entera se haya al borde del abismo de la locura colectiva: guerras por doquier, odio, fanatismo, ceguera espiritual, materialismo, falta de sentido. Cómo no recordar sus primeras palabras tras su elección: “Después del gran Papa Juan Pablo II, los señores cardenales me han elegido a mí, un simple y humilde trabajador en la viña del Señor…”. Con su acto final queda claro que su pontificado y su obra estuvieron a la altura de la herencia de su antecesor. Los últimos dos pontífices de la Iglesia han sido verdaderos titanes del Espíritu Santo, por más que desde el mundo no se haya percibido del todo la magnitud de su misión.

En su homilía de la noche de navidad del 24 de diciembre de 2009 en la Basílica Vaticana, el Santo Padre dijo, refiriéndose a los pastores que apacentaban sus rebaños cerca de Belén la noche en que nació Jesús:

Ante todo, se dice que los pastores eran personas vigilantes, y que el mensaje les pudo llegar precisamente porque estaban velando. Nosotros hemos de despertar para que nos llegue el mensaje. Hemos de convertirnos en personas realmente vigilantes. ¿Qué significa esto? La diferencia entre uno que sueña y uno que está despierto consiste ante todo en que quien sueña está en un mundo muy particular. Con su yo está encerrado en este mundo del sueño que, obviamente, es solamente suyo y no lo relaciona con los otros. Despertarse significa salir de dicho mundo particular del yo y entrar en la realidad común, en la verdad, que es la única que nos une a todos.

Hoy él ha asumido un rol más activo en esta vigilancia. Con su acto pareciera que nos dijera, casi como susurrando en nuestros oídos: “Hemos de vigilar al poder adverso que ha venido a perturbar el corazón dormido de la humanidad”.

Javier Orrego C.

Fragmento de LA VIGENCIA DEL TERCER SECRETO DE FÁTIMA TRAS LA RENUNCIA DE BENEDICTO XVI

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