LA MISIÓN DEL PUEBLO RUSO, por KRYSTOF K.

Por Javier Orrego C.  (Fragmento del “Testamento” de Krystof K., segmento no incluido en versión final de El puente sobre el caos)

Nésterov, El alma del pueblo.

Rus: El Alma del Pueblo de Mijaíl Nésterov, representación simbólica de la búsqueda espiritual histórica de Rusia.

El nacimiento de Rusia como nación estuvo marcado por el surgimiento de un eje político comercial establecido, desde fines del siglo IX, entre los príncipes varegos de origen normando y el Imperio Bizantino. En esa época surgieron, como centros urbanos de cierta importancia, y bajo el dominio de estos señores, las ciudades de Novgorod y Kiev, núcleos en torno a los cuales se trazarían las primeras líneas de la más que milenaria historia nacional de los pueblos eslavos del este. Pero, sin duda, el hecho fundamental acaecido en los albores de esta historia, fue la conversión al cristianismo del príncipe Vladimir, el cual se hizo bautizar, en compañía de sus hombres, a orillas del río Dnieper, en el año 988. La influencia de la cultura bizantina fue determinante en la conformación de la identidad nacional de la antigua patria rusa. De hecho, el mismo Vladimir contrajo matrimonio con una princesa bizantina, hermana del emperador de Bizancio, señalando una cierta comunidad de intereses entre la naciente nación y Constantinopla. Este Vladimir, además, fue santificado y recibió de la Iglesia el título de Igual a los Apóstoles.

Entre ese año y 1918, fecha en que murió el último zar de todas las Rusias, transcurrieron 930 años exactos. Si a esta cifra adicionamos los 70 años de imperio comunista ―también fueron setenta los años del destierro judío en Babilonia― enteramos el milenio histórico del pueblo ruso. El comunismo soviético cayó junto con la celebración del milenario ruso, poco tiempo después de que el Papa Juan Pablo II consagrara finalmente Rusia al Inmaculado Corazón de María, tal como la Virgen Blanca de Fátima, lo había pedido en 1917, en Portugal, en el otro extremo del gran continente euroasiático.

Fueron cinco los Papas que desde entonces, de un modo u otro, pasaron por alto aquel mandato. En efecto, ni Pío XI, ni Pío XII, ni Juan XXIII, ni Paulo VI, ni Juan Pablo I ―acerca del cual se dice que fue asesinado poco antes de revelar al mundo el verdadero contenido del así llamado tercer secreto de Fátima―, concretaron aquella simple petición que la Virgen les hiciera a los pastorcitos en Cova da Iría”.

Por su parte, el principal líder revolucionario ruso se llamó también Vladimir. Era Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, cuyo cuerpo momificado se conserva aún hoy en el centro de la Ortodoxia rusa en el Kremlin, desde su muerte en 1924. Lenin fue la mano que el destino utilizó para hacer padecer al pueblo ruso un sacrificio que le abriría las puertas hacia una nueva conciencia preparando el camino dorado por el que el Sagrado Corazón de aquella Dama Blanca Inmaculada debería descender a ocupar su trono en el seno del alma rusa. Intuimos aquí trazas de un plan maestro para la gran patria eslava. Plan que contempla, piensan algunos, una posterior confluencia de las raíces germanas, eslavas y latinas, en el crisol alquímico de una cultura planetaria renovada, surgida del encuentro de las raíces paganas y cristianas de Europa, con la fe de los hijos de Mahoma y del Oriente místico, un encuentro cuyo ardiente epicentro se haya en el Cáucaso, región hoy  tan convulsionada. Esta mancomunidad de pueblos habrá de emerger del cruce de aquellas influencias venidas tanto de Oriente como de Occidente, tanto del Norte como del Sur, pues es de este centro del tablero de la geopolítica mundial, de esa matriz de cultura y de fe, de donde provendrán en el futuro los gérmenes de una renovación espiritual que alcanzará los cuatro extremos de la Tierra.

Por ello la Virgen transmitió a los tres niños pastores portugueses en Cova da Iría su deseo de que la lejana tierra rusa fuera consagrada a su Corazón Inmaculado por parte del Pontífice romano, para impedir una segunda gran guerra que se veía venir en el horizonte de un mundo desacralizado, atenazado entre las garras del materialismo de Occidente y del ateísmo y el fanatismo venidos del Este. La Dama Blanca quería impedir una nueva conflagración fratricida entre pueblos herederos de la gran sabiduría primordial hiperbórea y atlante, pueblos cuyas fronteras y esferas de influencia rozaban las tierras míticas del mundo perdido de Agartha, más allá de la luz visible de las estepas y las montañas sagradas que enmarcan la tierra legendaria del antiguo Rey del Mundo.[1]

Una unión tal, amalgama de pueblos antiguos, guerreros y sabios, no sería posible de no ser reflejo de acontecimientos celestes, de arquetipos que se imbrican en un nuevo maridaje de símbolos y significaciones cósmicas, bajo el manto luminoso de la Gran Madre de Dios y de su gloriosa embajadora, la Divina Doncella de Cristo –el Ánima Mundi–, portadora del mensaje del Verbo Divino a los pueblos de la Tierra, sometidos bajo la potestad del Príncipe de este Mundo.

Puntualicemos, para profundizar este punto, que los santos Cirilo y Metodio, que fueron quienes llevaron a cabo la conversión al cristianismo de los pueblos eslavos del sur a fines del siglo IX, nacieron en Salónica, en el norte de Grecia, se educaron en Constantinopla, se hicieron monjes en Asia Menor y, ya maduros, realizaron un viaje a Bagdad, donde sostuvieron con los sufíes ciertos coloquios en relación al misterio de la Trinidad. Queremos expresar con esto que, según parece, desde muy antiguo los verdaderos iniciados en los misterios de las grandes religiones de la Tierra, han sabido que todos ellos son herederos de una sola y gran tradición revelada a los hombres parcialmente, en todas partes, en la más remota antigüedad.

Digamos también al pasar que Salónica es la antigua Tesalónica de los helenos, comunidad a la cual San Pablo dirigió su célebre epístola en que advierte, en los siguientes términos, respecto de la aparición futura del Anticristo: “Primero tiene que venir la apostasía y manifestarse el Hombre Impío, el Hijo de la Perdición, el Adversario que se eleva sobre todo lo que lleva el nombre de Dios o es objeto de culto, hasta el extremo de sentarse él mismo en el Santuario de Dios y proclamar que él mismo es Dios…”.

En efecto, la misión de Cirilo y Metodio ―la conversión de los eslavos― tenía, pues, hondas implicancias en lo que concierne al futuro de la humanidad.

Pero sigamos adelante. Esta consagración de Rusia al Inmaculado Corazón de María la concretaría, finalmente, un Papa eslavo ―no podía ser de otro modo―, un 25 de marzo del año 1984. Un año después vio la luz en suelo ruso la Perestroika.

Y no podemos dejar de llamar la atención sobre el hecho de que Juan Pablo II, el sexto Papa desde las apariciones de Portugal, estuvo a punto de ser asesinado frente a la Plaza de San Pedro en Roma por la acción de un sicario turco bajo las órdenes de conspiradores cuyos nombres jamás fueron revelados. Esto ocurrió un 13 de mayo de 1981, a las 17:19 horas de la tarde, fecha  exacta en que se cumplían 64 años desde la primera aparición de la Virgen de Fátima. La última aparición de la Virgen había sido en octubre de 1917, el mismo mes en que estalló la Revolución. ¿Casualidades? ¿Se trataba de impedir que el Papa venido del Este llevara a cabo su misión?

¿Lograrán impedir ahora el regreso del Zar al trono ruso? Está claro que setenta años de ateísmo no lograron apagar la devoción de su pueblo. Ahora el último zar es llamado por el pueblo devoto “San Nicolás”, pues fue beatificado por la Iglesia Ortodoxa después de la caída del régimen soviético.

La familia imperial

Familia Romanov.Ahora analicemos la tragedia de la familia imperial. Voces proféticas anunciaron la “gran cruz de Ekaterinburg”. El mismo Rasputín le había dicho al zar Nicolás las siguientes palabras: “Amigo querido, vuelvo a repetírtelo una vez más: una nube amenazadora se cierne sobre Rusia… Todo es oscuro, sin el menor atisbo de luz. Un mar de lágrimas; mar sin límites… Sangre, horror indescriptible…”.

Otro testimonio de primera mano es un pequeño y hermoso poema atribuido a la Gran Duquesa Olga, la hija mayor del zar, hermana de la princesa Anastasia:

“Reina del Cielo y de la Tierra, / Consoladora de los afligidos, / escucha la oración de los pecadores: / La Santa Rusia –Tu morada luminosa- / está en vísperas de perecer. / Te invocamos, Protectora nuestra. / No conocemos ninguna otra. / Oh, no abandones a Tus hijos. / Concede la esperanza a los que sufren. / Pon tu mirada / en nuestras lágrimas y nuestro martirio (…) / Danos la fuerza, oh Dios de la Verdad, / de perdonar el crimen de nuestro prójimo / y de aceptar con dulzura / nuestra pesada cruz ensangrentada (…) / Al borde de la tumba, / infunde a los labios de Tus siervos / la fuerza sobrehumana / de rezar humildemente por nuestros enemigos.”

Sin duda, la dulce Virgen habrá escuchado este conmovedor mensaje de amor universal que provenía de las heladas estepas siberianas.

Además, en la misma fecha en que el zar abdicaba en Pskov, el día 15 de marzo de 1917, aparecía misteriosamente en una pequeña aldea cercana a Moscú llamada Kolómenskoe, un icono de la Virgen Soberana ―que más tarde se haría célebre― en que ésta aparece vestida con el manto rojo de la dinastía varega del primer zar ruso, el vikingo San Vladimir, sentada en el trono de su realeza con el cetro de los monarcas en su mano derecha y el orbe en su mano izquierda. ¿Era esta una señal que advertía que desde aquel momento, mientras el mundo se quedaba a la espera del retorno de las tradiciones sagradas ―como un símbolo, digamos, del retorno del eje del mundo a su Centro Inmutable que apunta en dirección a  la Estrella Polar―, dicho trono sería ocupado por la Reina del Universo, fuente de toda soberanía legítima, a objeto de preservar la herencia sagrada de los Zares?

 

El futuro de la humanidad pasa, en verdad, por manos rusas. Ya Solzhenitsyn había dicho que Rusia, que le había abierto las puertas del infierno al mundo, era la única capaz de cerrarlas.

Pero en rigor, es menester preguntarse ahora: ¿cuánto tiempo antes habían sido abiertas estas “puertas del infierno”? Sin duda alguna, desde que la humanidad, cada vez más seducida por las ilusiones del mundo material, le fué dando gradualmente la espalda a las tradiciones sagradas. Siglos han pasado desde entonces. Cerrar las puertas del Abismo es, pues, una tarea que no puede ser medida a escala de vidas meramente humanas. El devenir se teje en husos etéreos, celestiales, que urden, siglo tras siglo, la obra de los ángeles tutelares de los pueblos. Al hombre sólo le cabe plegarse ante estos designios supremos, colaborar, avivar el fuego, o rebelarse… ¿Qué es la libertad, a fin de cuentas, sino la capacidad de captar el sentido del mundo y no oponerle resistencia?

¿Acaso piensan nuestros ciegos gobernantes, que aquellas fuerzas que propiciaron el triunfo del ateísmo y el terror en Rusia, y en gran parte del mundo, han dejado de existir? ¿Acaso han creído que con el fin de la Guerra Fría quedaba todo resuelto? El World Trade Center, símbolo por excelencia de nuestra época, ha caído como consecuencia de esa ceguera.

¿Es que no se han dado cuenta que el comunismo –tanto como el capitalismo– ha sido tan sólo una estrategia circunstancial? Oh, ciegos –que si no ciegos, cómplices–, que no han sabido prever el rumbo siniestro del camino que siguen los instigadores del Mal en la Tierra. No era el comunismo el verdadero enemigo, ni ha sido el capitalismo, ni la masonería, ni el judaísmo, ni el islamismo, ni el nazismo, ni ninguna otra doctrina o ideología, por perversa que le haya parecido o le parezca a sus circunstanciales detractores. Pues el Enemigo se ha refugiado en el corazón del hombre; y es la intolerancia, el egoísmo, el orgullo, la vanidad, la apostasía, el ateísmo desolador, el fanatismo. Es en el alma humana donde es posible descubrir sus huellas.

Todo verdadero combate es, antes que exterior, interior, y antes de desplegarse sobre el mundo, se desenvuelve en el alma humana, que es el escenario natural de la confrontación entre el Bien y el Mal.

Sí, y tal vez –recalcamos esto, sólo tal vez– Solzhenitzin haya tenido razón, pero de un modo como no ha sido captado hasta hoy, pues Rusia, y los pueblos eslavos en su conjunto, son aún vitales en el objetivo de cerrar estas puertas del infierno. Hay un eje de suma importancia entre Moscú, Roma y Jerusalén, en torno al cual se perfilará el destino del mundo entero. Un triángulo abierto en dirección al Asia Central, un triangulo en cuyas fauces se hayan ya los Balcanes, el Cáucaso y el Asia Menor.

Recordemos la importancia del Cáucaso en la mitología de tantos pueblos. Fue en una montaña de esa misteriosa región del mundo donde fue encadenado el titán Prometeo luego de haber robado el fuego de los dioses. Se dice también que esa tierra misteriosa recibió algunas importantes corrientes migratorias atlantes, poco antes del gran Diluvio que sumergió al gran continente desaparecido bajo las aguas. Entre estos inmigrantes, hubo algunos que estaban destinados a servir de Instructores de la humanidad futura. No debe echarse al olvido la capital importancia que el destino del Cáucaso, la antigua prisión de Prometeo –que durante toda la edad moderna ha estado bajo la esfera de influencia rusa–, así como del resto del Asia Central, entraña para el destino no sólo de los pueblos eslavos, sino para el mundo entero…

Krystof K.


[1] Personaje legendario, cabeza del Reino oculto de Agartha ―presunto centro espiritual de la Tierra―, conocido también como el Brahmâtmâ, e identificado, de acuerdo con la descripción que hace de él René Guénon, con el principio de un Legislador primordial y universal ―o Manu―, cuya existencia es posible rastrear en los antiguos mitos y tradiciones de los más diversos pueblos. El principio reflejado por este personaje es el de la Inteligencia Cósmica encargada de proyectar en el escenario humano la Luz Espiritual, formulándola en el marco de una Ley apropiada para las condiciones presentes en cada momento de la evolución planetaria terrestre.

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