RECUERDOS DE FÁTIMA (Invierno austral del año 2004)

Por Javier Orrego C. / Fragmento de El puente sobre el caos (capítulo 1)

Explanada de Fatima_bnEs invierno y llueve afuera mientras escribo estas palabras frente a un mar borrascoso. No puedo imaginar un escenario más acertado para emprender la tarea de poner por escrito estas cosas. Me he refugiado lo más lejos posible del mundo, de la gente, del caos urbano, para trazar esta historia que ahora narro como un antídoto contra la amargura. Una mujer triste y dulce como el agua espera tal vez por mí en su propio rincón del mundo. En parte escribo esto para ella, para que ella entienda lo que yo mismo no alcanzo a comprender aún.

Comenzaré por presentarme. Mi nombre es Diego L., alias Fehendor. Este apodo –casi una contraseña, un signo mágico– es el epígrafe con el que rubrico mis obras. Su origen es algo difuso, pues me fue soplado al oído hace muchos, muchos años, mientras soñaba con un extraño, arcaico e inaccesible mundo sumergido en la niebla. Varios años más tarde me enteré por medio de cierta lectura que comentaré más adelante que el término Fenhedor, en la terminología de los trovadores occitanos, significa “el suspirante”, es decir, “el que suspira por su Amada”. La derivación en Fehendor ha de haber sido, pues, una especie de transliteración errónea o de equívoco –que mantuve con el tiempo pese a todo– producida a lo largo de aquel misterioso intervalo que hay entre el sueño y la vigilia.

¿Qué más? Probablemente nada que valga la pena. Todo lo demás está entretejido en lo que sigue.

Debo comenzar a recoger la madeja de esta historia contando que todo comenzó hace unos diez años en el momento de mi arribo a París en un tren procedente de Lisboa. Llevaba entre mis manos un curioso documento manuscrito cuyo autor era un anciano filósofo polaco sobreviviente de la Gran Guerra. Mientras leía, luchaba por apartar de mi mente el recuerdo de su rostro enjuto, descarnado, de sus manos crispadas que se aferraban a su rosario de plata como si se tratara de una reliquia santa. Me desquiciaba la imagen de sus ojos grises que se inflamaban como antorchas cuando hablaba de las cosas que henchían su alma y que parecían extinguirse sin remedio en un nimbo oscuro y tenebroso cuando se encerraba en el mutismo. Ahora sus palabras resuenan en mi mente como el eco de un tiempo lejano.

Yo vivía en Compostela por aquellos años. Era una época mística de mi vida. Iba de santuario en santuario, de ciudad en ciudad, recogiendo los pedazos del Cristo roto de mi alma. Un tiempo antes, un día como otro cualquiera, fui a dar a la pequeña localidad de Fátima en Portugal para encontrarme de frente con el anciano filósofo después de casi veinte años. Le costó reconocerme, pero me invitó a su casa y comencé a visitarlo regularmente, aunque con menor frecuencia que la que me imponía el deber, tomando en consideración la soledad, el ostracismo en que vivía.

Entre los temas tocados en el manuscrito estaba un extraño y confuso comentario del Apocalipsis de San Juan:

…desde el mar, que representa el seno de las naciones que aún no han recibido la Palabra, surge la primera Bestia, el monstruo de siete cabezas, que se opone al Cristo, con los siete ángeles perversos, en oposición a las doce estrellas de la corona de la Virgen Celeste, asociadas a las doce puertas de la Jerusalén Celeste, los doce frutos del Árbol de la Vida, las doce tribus de Israel y los doce apóstoles. Los diez cuernos de esta Bestia, por su parte, se encuentran misteriosamente relacionados a ciertas excrecencias de humanidades pasadas que perviven aún en nuestros días y que tienen que ver con otros tantos reinos o potencias terrestres entregados a la idolatría y convertidos en instrumentos del Mal. Estos seres se encuentran preparando el advenimiento de una humanidad degenerada que se opondrá con todas sus fuerzas a la verdadera Iglesia de Cristo…

Aunque el autor de estas líneas era de origen judío, su familia era cristiana de tercera generación. El hombre se enorgullecía en decir que por sus venas corría la misma sangre de Jesús. En ese entonces yo ya sabía que la fe de este hombre obedecía a una religiosidad bastante poco ortodoxa, casi subversiva. No solté el escrito hasta que llegué a la última página. Su contenido me hizo más comprensible el impenetrable discurso apocalíptico del anciano. Un oscuro impulso me llevó a subrayar partes del texto:

Una de las cabezas del Dragón ha sido herida de muerte en su combate celestial contra Micael, el jefe de las milicias celestiales. Como correlato terrestre, una de las cabezas de la Bestia ha sido herida por Jesús el Cristo en el combate en la Tierra. Pero el Dragón, que también es poderoso, cura la herida aparentemente mortal de la Bestia. Por estos prodigios, una parte de la humanidad cae en la tentación de adorar al Dragón. Y al Dragón le es dado reinar en la Tierra por un tiempo, tiempos y medio tiempo. Y todos los que no reconocen a Cristo y a su Madre Celestial se encuentran bajo el imperio del Dragón. Por supuesto, esto no es mera intolerancia religiosa. La mayoría de los cristianos no re-conoce a Cristo. ¡Y hay tantos idólatras entre los supuestos devotos de la Virgen!

En verdad, aquellos cuyos nombres están inscritos en el Libro del Cordero, son aquellos que han abierto su corazón a Cristo, al Espíritu de la Tierra, que ha de conducir al hombre a desarrollar al máximo las potencialidades del Amor Universal. Quienes se quedan apegados a la materia, aquellos que no son capaces de proyectarse más allá del mundo material, se condenan a sí mismos a morir, pues le han dado la espalda al Espíritu.

Y luego:

Después, emerge de la tierra otra Bestia, la cual “tenía dos cuernos semejantes a los del cordero, pero hablaba como el Dragón”. Esta Bestia surge desde dentro de la Tierra que ha recibido ya la Palabra. Y se asemeja al Cordero –es decir, a Cristo–, pero en el fondo es un discípulo del Dragón, el Señor del Mal, el Demonio Solar. Es, pues, un pseudo-Cristo, que ejerce todo el poder de la primera Bestia, cuya herida mortal ha sido ya curada. Y los moradores de la Tierra, seducidos por la segunda Bestia, adoran entonces a la primera Bestia. En ese momento, las milicias de la Bestia caen sobre la verdadera Iglesia de Cristo, liderada por el Papa del secreto…

Yo no lo sabía entonces, pero por alguna razón extraña que ni yo mismo logro explicar aún, mi vida estaba inextricablemente unida a la estrella, a la herencia, a la figura de ese “Papa del secreto”. ¿De qué secreto se trataba? El deber que me impongo ahora es dilucidar la naturaleza de ese “secreto” para el mundo. Pero no debo adelantarme.

Cuando mi tren llegó a París esa fría mañana, llevaba aún impregnadas en el alma las impresiones del día anterior, jornada en que tuvo lugar el entierro del autor de este extraño texto, en la misma localidad de Fátima. El muerto, Krysztof K., un viejo profesor de filosofía, rotuló su manuscrito de un modo simple, lacónico, resumiendo su intención en una sola palabra: Testamento. El escrito era el legado del oscuro filósofo para el mundo, su advertencia final, la conclusión de su vida. Pasó sus últimos años recluido allí, convertido en una especie de monje solitario, un místico. Es que K. era un hombre taciturno, casi un iluminado o, mejor aún, un… un visionario, un profeta, un profeta moderno, sobreviviente del infierno de Auschwitz, donde fue utilizado como mano de obra hasta el fin de la guerra.

“Los prolegómenos de los últimos tiempos de que hablan los libros sagrados”, eso fue la última gran guerra para él. Las cicatrices, las huellas de ese dolor fueron para el profesor una especie de segunda piel. Es que perdió a toda su familia en ese conflicto, incluidas su mujer y una hija de pocos años de edad, que murieron en sus brazos, víctimas de una epidemia en el gueto de Varsovia, poco antes de su trasladado al campo de prisioneros. Lo que ocurrió después con su vida era un misterio para mí. En realidad no es mucho lo que se sabe de su historia personal. En algún momento de mi juventud lo oí decir que la guerra, siendo como es una manifestación brutal de la peor parte de la naturaleza humana, suele poner también al ser humano de cara con el polo opuesto de su barbarie: la piedad, la misericordia. Según él, todo lo ocurrido durante esos años terribles podía explicarse por el simple hecho de que la humanidad había decidido erróneamente pasar por huérfana en un universo que era, pese a todo, algo más que la mera sumatoria de sus partes.

Entre las páginas de su Testamento, el filósofo guardó un recorte de un diario portugués, una entrevista que le hicieran en ocasión de un aniversario del desenlace de la guerra. K. era un hombre extraño, difícil de entender. La entrevista era un largo monólogo interior en contra del odio, del rencor, del resentimiento. Sus ideas, políticamente incorrectas, le jugaron más de alguna mala pasada con sus propios paisanos. Según él, las verdaderas causas de esa conflagración tuvieron más que ver con la intolerancia y con el sectarismo en sí mismos que con la ideología que inspiró al partido nacionalsocialista. Los nazis –decía cada vez que le preguntaban acerca de las causas del conflicto– no fueron los únicos culpables del caos, sino simples catalizadores de un impulso de muerte previamente anidado en el alma de una humanidad adolescente. “Es lo mismo que ha ocurrido siempre en la historia –sostenía–. Lo mismo que lamentablemente seguirá ocurriendo una y otra vez. Es un error vivir a la defensiva, dejarse poseer por el miedo y por el odio, sin ser capaz de comprender que toda concepción del mundo y de la vida es legítima mientras no implique la supresión o la aniquilación del otro”.

En alguna parte de la entrevista, ante una pregunta respecto de sus sentimientos frente a los verdugos de su propia familia, frente a los verdugos de su pueblo, el entrevistado se convirtió en entrevistador: “Permítame responderle con otra pregunta –interpeló al periodista–: ¿cree usted que el odio que desencadenó esa tragedia fue resuelto en los juicios de Nüremberg? ¿O con las persecuciones posteriores a los criminales de guerra nazis? En verdad, yo creo que no. Por el contrario, pienso que el círculo infernal del odio sólo puede ser cerrado por el perdón”.

Y una vez más cito del recorte amarillento que hoy atesoro:

—¿Acaso el que se haya castigado a los criminales no alivia el dolor de las víctimas?

—Señor, déjeme decirle una cosa. Yo no voy a defender a los nazis –¡Dios me libre!–, pero el odio no era un sentimiento exclusivo de los nazis. Muchos entre los que liberaron Alemania estaban también poseídos por el odio y el desprecio por las vidas inocentes. ¡Ellos también tuvieron campos de prisioneros! Y, sin ir más lejos, también hubo víctimas inocentes entre los alemanes, y entre los japoneses, desde luego. El epílogo de la guerra en Hiroshima y Nagasaki es una prueba irrefutable de ello. Además, permítame formularle una pregunta: ¿qué lo lleva a usted a pensar que mi dolor podría ser aliviado por el dolor correspondiente de mis victimarios? Mi dolor no lo mitiga el sufrimiento de otro ser humano. Sólo cuando soy capaz de perdonar desde el fondo de mi corazón, siento mi espíritu aliviado. Lo demás es una vendetta amparada en la legalidad. El mundo no puede ir de vendetta en vendetta si en verdad queremos acabar, entre otras cosas, con los genocidios, con el odio racial, con la intolerancia.

—La mayoría de la gente no piensa lo mismo.

—Pues salga usted a echar un vistazo por el mundo y verá las consecuencias de pensar como piensa la mayoría de la gente.

Ese era el hombre que yacía ahora enterrado en la tierra de la Virgen. De su historia he de hablar ahora, de su historia y de lo que vino después.

Javier Orrego C.

EL PUENTE SOBRE EL CAOS

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