LOS REYES MAGOS

Por Javier Orrego C. (Continuación de EL PRESTE JUAN Y LA CONEXIÓN AFGANA DEL MISTERIO CRISTIANO)

Leonardo_da_Vinci_Adoration_of_the_MagiLa existencia de un singular vínculo entre arraigadas tradiciones esotéricas cristianas y orientales tiene en la extraña historia de los Reyes Magos una muy importante confirmación. Es curioso, a este respecto, que de los cuatro evangelios canónicos sólo el de Mateo se refiera a esta sorprendente visita de adoradores no judíos del niño Jesús. Así y todo, la adoración de los Magos, tal como él la denomina (Mt, 2: 1-12)[1], es mencionada sólo al pasar, casi como para dejar intercalada en su evangelio una pista de misterios que en ese entonces no estaba permitido revelar. Tal vez estas cosas formaran parte de las “enseñanzas hierofánticas” de su Maestro.

La tradición cuenta que estos “Magos” que en tiempos del rey Herodes llegaron a Belén guiados por una misteriosa estrella para adorar al recién nacido “rey de los judíos”, pertenecían a una hermandad secreta oculta en algún lugar del Asia Central ─probablemente Afganistán─ que desde tiempos inmemoriales esperaba el nacimiento de un Salvador o Redentor del género humano. No carecen de argumentos quienes sostienes esta hipótesis en razón de que los sacerdotes de la religión de Zoroastro recibían comúnmente el nombre de “magos”, y que éste pasó gran parte de su vida en Balkh. Se supone, además, que estos magos eran versados en astrología y tenían conocimientos ocultos a los que el común de los mortales no tenía acceso.

Pues bien, ¿qué sentido tenía ese viaje? ¿Era este Salvador la misma figura que los zoroastrianos esperaban con el nombre de Sôshyans? De ser así, hay cierto episodio de la vida legendaria de Zoroastro que tal vez debiéramos considerar aquí. La tradición señala que el gran precursor religioso de los persas pasó siete años de su vida en silencio y meditación en una caverna de cierta misteriosa montaña adornada con la imagen del Mundo. Más tarde recibió de cada uno de los arcángeles revelaciones en torno a los misterios de la existencia. Entre estas entidades había una conocida como Vohu Mano o “espíritu de la sabiduría” quien le confirió el éxtasis en presencia de Ahura Mazda a orillas del río Daiti (Azherbaiyán). Fue después de esta iniciación que Zoroastro se lanzó a predicar su enseñanza. ¿Qué no nos lleva todo esto a pensar en un centro de iniciación subterráneo o tal vez etérico que pudiera corresponder a la imagen que tenemos de Agartha o Shambhala? ¿No es lícito pensar en la Gran Logia Madre? ¿Y en el Manú Vivasvat cuando se nos dice que el nombre del iniciador de Zoroastro es Vohu Mano?

Y además, ¿por qué nunca más ninguna fuente evangélica se refiere a estos extraños adoradores del Mesías? ¿Es que acaso ellos se conformarían con ver al niño y entregarle sus ofrendas, para luego volverse a sus tierras, así, sin más? ¿No es lógico suponer que este contacto se mantuvo con los años? ¿Qué clase de información recibieron de estos personajes los padres del niño y, más tarde, el mismo Jesús conforme fue creciendo y enterándose de que tenía una misión por cumplir en el curso de su vida terrenal?

Es curioso que Mateo, siendo judío practicante ─o basándose en fuentes netamente judías─, señalara a unos “magos” extranjeros como adoradores del Mesías de Israel. Y más aún, que afirmara que ellos habían sido guiados por una estrella desde Oriente para estar presentes en el gran acontecimiento de su llegada. En verdad es extraño que fueran precisamente unos “magos” de Oriente los elegidos por la Providencia para estos efectos. Seguramente Mateo conocía el versículo 10 del capítulo 18 del Deuteronomio:

No ha de haber en ti nadie que haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, que practique adivinación, astrología, hechicería o magia

Este capítulo del Deuteronomio ─que es el quinto libro de Moisés o su “Segunda Ley”[2]─ está dedicado específicamente al sacerdocio levítico, lo cual hace suponer que hay otra clase de sacerdocio. En Números 18 está escrito:

Entonces Yahvé dijo a Aarón: “Tú, tus hijos y la casa de tu padre contigo, cargaréis con las faltas cometidas contra el santuario. Tú y tus hijos cargaréis con las faltas de vuestro sacerdocio. Haz que se acerquen también contigo tus hermanos de la rama de Leví, de la tribu de tu padre. Que sean tus ayudantes y te sirvan a ti y a tus hijos delante de la Tienda del Testimonio. Atenderán a tu ministerio y al de toda la Tienda. Pero que no se acerquen ni a los objetos sagrados ni al altar, para que no muráis ni ellos ni vosotros. Serán tus ayudantes, desempeñarán el ministerio en la Tienda del Encuentro, todos los servicios de la Tienda, y ningún laico se acercará a vosotros. Vosotros desempeñaréis el ministerio en el santuario y en el altar, y así no vendrá de nuevo la Cólera sobre los israelitas. Yo he elegido a vuestros hermanos, los levitas, de entre los demás israelitas. Son un don que os hago; son ‘donados’ a Yahvé para prestar servicio en la Tienda del Encuentro. Pero tú y tus hijos os ocuparéis de vuestro sacerdocio en todo lo referente al altar y a todo lo de detrás del velo y prestaréis vuestro servicio. Como un servicio gratuito os doy vuestro sacerdocio. El laico que se acerque morirá”. (Núm. 18: 1-7)

Aquí queda claro que hay dos clases de “sacerdocio”: el de Aarón y sus hijos, y el los levitas, que son los descendientes de la tribu de Leví. Se dice que a estos últimos les está prohibido acercarse a los “objetos sagrados” y al altar, atribución que recae exclusivamente en Aarón y sus descendientes. A ellos sí les está permitido ejercer su ministerio “en todo lo referente al altar” y en “lo de detrás del velo”. Esto es muy sugerente.

En otra parte el mismo episodio es narrado como sigue (nuevamente es Yahvé quien se dirige a Moisés):

Manda que se acerque la tribu de Leví y ponlos delante del sacerdote Aarón, que estén a su servicio (…). “Donarás los levitas a Aarón y a sus hijos en concepto de donados. Le serán donados de parte de los israelitas. A Aarón y sus hijos los alistarás para que se encarguen de sus funciones sacerdotales. El laico que se acerque, será muerto”. (Núm., 3: 6-10)

Los levitas están, pues, un escalón bajo el sacerdocio de Aarón. Pero en la Biblia es mencionado también otra clase de ministerio además del de Aarón y el sacerdocio levítico. Es el sacerdocio de Melquisedec, el sacerdocio inmutable del Cristo, al cual nos hemos referido con anterioridad. De modo que se deja estipulado desde un principio la existencia de cierta jerarquía en la transmisión de las enseñanzas divinas al hombre.

Desde luego, en el primer nivel está el mismo Cristo, del cual se nos dice que ha sido hecho a semejanza de Melquisedec, Sumo Sacerdote para siembre (Hb, 6:20), ministerio o servicio de alcances cósmicos que tiene que ver con la dimensión redentora del Logos. Todo el Cosmos, excepto el corazón humano y lo que se encuentra subyugado al hombre, está preñado de Amor divino. El hombre, por estar dotado de libre albedrío, tiene que escoger el Amor por propia voluntad, no le puede ser impuesto. La misión del Cristo es sentarse en el trono del santuario supremo del mundo ─el corazón del hombre─ para que éste descubra por sí mismo la Verdad que mora en su interior. Así, el sacerdocio de Cristo-Melquisedec trae al mundo el principio de la individualidad libre y consciente (el “Yo Soy”) para que el hombre recorra por sí mismo la senda de retorno al Padre y fecunde el mundo, su mundo, de Amor divino. El mundo es la matriz que el hombre ha de fecundar con el Amor divino del Logos que mora en el sancta sanctorum de su corazón.

Luego tenemos el sacerdocio de Aarón, el cual se ejerce en el servicio del altar ─el corazón humano─ y en lo que permanece “detrás del velo”, lo que equivale a decir: lo que pertenece a la sabiduría primordial, común a todos los hombres pero ignorada por la mayoría. Se nos dice aquí que la llegada de Cristo-Melquisedec al corazón humano ha de ser preparada por el conocimiento de las verdades supremas, por la gnosis. La transmisión de esa gnosis es la misión del sacerdocio de Aarón.

Y está también el sacerdocio o “servicio” de los levitas, que se encargan de la asistencia externa de la liturgia propia del judaísmo, es decir, de la enseñanza exotérica o el contacto de lo sagrado con el mundo exterior. Desde este punto de vista, todas las iglesias ─incluida la romana─ pertenecen a esta clase de “sacerdocio levítico”.

Mateo no podía ignorar estas cosas, de modo que cuando intercala el episodio de los Magos no le habla al vulgo, sino a los que conocen los misterios de detrás del velo o dicho explícitamente, a los que les está permitido conocer el secreto.

¿Pero cuál era ese secreto? Desde luego uno que no está de acuerdo con la ortodoxia del judaísmo. ¿Es que podría ser bien interpretado en el seno de la comunidad judía ─y aún entre los primeros gentiles conversos a la nueva fe─ el anuncio de la venida a la Tierra de un Ser cuya misión era interpelar a todo corazón humano ─y no sólo al de un pueblo o raza en particular─ aboliendo (o enriqueciendo) el pasado religioso de todos los pueblos de la Tierra? ¿Un Ser encargado de fecundar el alma humana misma con el Amor divino que se derrama por el Cosmos? ¿Podía ser bien comprendido un secreto así?

De hecho, ¿es comprendido hoy por cristianos, judíos, musulmanes, budistas, hinduistas, etc., que el fondo y sostén de todas sus enseñanzas, de sus preceptos, de sus dogmas, de sus modelos del Universo, de sus proyectos de hombre, es uno solo para todos los seres humanos en cualquier lugar de la Tierra? ¿Estarían dispuestos, por ejemplo, los cristianos de hoy a creer que da lo mismo adorar a Dios en una iglesia que en una sinagoga o una mezquita o, incluso, en cualquier lugar del mundo y bajo cualquier circunstancia; por ejemplo en un bosque apartado, en una plaza concurrida alimentando a las palomas o conduciendo el auto en una carretera? ¿Ocurre lo mismo con los judíos ortodoxos tan empeñados en su secreta tarea de “levantar el Tercer Templo” o con los musulmanes persuadidos de que “no hay más Dios que Alá”?

Pero es posible llegar incluso más lejos a partir de este episodio de los Magos citado por Mateo. Cuando nos referimos a la identidad común de Cristo y Melquisedec, hablamos también de una especie de cadena iniciática que incluye a Sem, el primogénito de Noé, al Manú Vivasvat y al gran iniciado del Oráculo del Sol de la Atlántida. Y se puede ir más allá aún. Y es que es posible ─e incluso absolutamente necesario─ llegar hasta el “primer hombre”, Adán, para comprender el círculo que se cierra en el Cristo encarnado, que es al mismo tiempo el “hijo de Dios” y el “hijo del Hombre”, lo cual equivale a decir que el Cristo Jesús es el “segundo hombre” o “segundo Adán”. Y es que hubo una enseñanza y una misión que fluyó desde Adán a Seth, y de Seth en adelante hasta llegar al séptimo Manú y luego del Manú a Noé, a Sem, a Zoroastro, etc. Es así como los Magos adoradores de este segundo Adán se inscriben dentro de esta grandiosa cadena de iniciados ─y de entidades situadas más allá del tiempo terrestre─, encargados de ayudar al hombre a romper las cadenas de la realidad material disolviendo la rigidez de la materia con el bálsamo universal del Amor cósmico.

Aquí no vamos a entrar a dogmatizar, desde luego. En la mitología babilónica el primer hombre era llamado Adapa, para los pueblos siberianos era Erlik, para los persas Kayomorts o Gayomard (de cuyo cadáver, se dice, brotaron Meschia y Meschiana, la pareja primordial), etc. Lo importante es tener en cuenta que, sin importar el nombre con que cada pueblo haya bautizado a los dioses, héroes semidivinos y grandes fundadores, la idea es que existe una tradición primordial que da cuenta del origen del género humano y de la naturaleza de la misión del hombre en la Tierra. Y también que esa tradición ha sido transmitida hasta el presente, de generación en generación, por los iniciados en los grandes misterios de la historia cósmica y humana en todo tiempo y lugar. Y cada pueblo, nación o raza es poseedora, según su nivel de desarrollo, de una versión propia de esta historia común, unas más infantiles o rudimentarias, otras más complejas, más sofisticadas o perfeccionadas, pero todas preñadas de un rasgo de verdad, de vitalidad y de autenticidad incuestionable, pues se trata, básicamente, siempre de la misma historia.

Sirva lo anterior como preludio para plantear, una vez más, la idea central de este libro, a saber: que la idea del Logos ─o el Cristo─ aparece persistentemente, aun cuando bajo distintas denominaciones y con pequeñas variaciones, en prácticamente todas las tradiciones del mundo antiguo. Es una y otra vez la misma noción o idea arquetípica de que la redención del hombre está asociada a cierta entidad cósmica que ha estado ligada a la Tierra desde su origen y lo estará hasta “el final de los tiempos”.

Dicho de otro modo: Cristo está en el hombre, pues es el “hijo del Hombre cósmico” o Purusha. Es decir, es el arquetipo del hombre en el Cielo, principio que ha debido encarnar en el corazón humano para transmutar o “redimir” la materia, el mundo humano, dotando al hombre de un Yo propio (eso es el “Yo Soy”). Pues a partir de ese acontecimiento, el corazón del hombre ─primordialmente, el corazón de todo hombre despierto─ es el centro de la Tierra, el Axis Mundi, el Sancta Sanctorum en que Dios se manifiesta en la Tierra.

Desde entonces, la importancia de los templos exteriores ya no es la misma que en tiempos pasados. Y es que el Cristo es el “Yo Soy” (Ego Sum) de los hombres libres, y la patria de los hombres libres es el Espíritu, el cual no puede ser encerrado desde ese momento en ninguna iglesia, sinagoga, mezquita, ni templo alguno sobre la superficie de la Tierra.

En relación a esta transformación o transmutación alquímica del corazón del hombre en un santuario, es interesante citar aquí una vieja narración tibetana que narra el investigador E. Bernbaum en su libro El Camino a Shambhala. Dice así:

Un joven empeñado en llegar a Shambhala, cruzó por muchas montañas y desiertos. Al fin llegó a la caverna donde vivía alejado del mundo un anciano ermitaño. Este le interrogó acerca del destino de su viaje. “Voy en la búsqueda de Shambhala”, respondió el joven. “Ah, no deberás viajar muy lejos ─replicó el anciano─, pues Shambhala se halla en tu propio corazón”.[3]

Por Javier Orrego C.

Fragmento de El Evangelio de la Luz

[1] La concepción de que estos personajes eran aparte de magos, “reyes”, que eran tres, e incluso los nombres con que se los recuerda, pertenece a los apócrifos (véase, por ejemplo, el Evangelio Armenio de la Infancia, el Protoevangelio de Santiago y el Evangelio Árabe de la Infancia).

[2] La Ley propiamente tal es entregada en el Levítico, que es el tercer libro del Pentateuco, el cual interrumpe la narración de los sucesos relativos a la salida de Egipto para abordar el tema de la entrega por parte de Yahvé al pueblo hebreo de las leyes sobre los sacrificios, el sacerdocio, las fiestas, etc.

[3] Edwin Bernbaum, The Way to Shamballah, 1980.

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