EL SUEÑO DEL INFIERNO EN LA TIERRA

Por Javier Orrego C.

transhumanismoCuando falleció el General Manuel Contreras Sepúlveda, antiguo jefe de la DINA, organismo encargado de la represión política durante los primeros años del régimen de Pinochet, acumulaba condenas por 275 años de cárcel. En el momento de su muerte, en agosto de 2015, Contreras tenía ochenta y seis años de edad. De seguro algunas de sus víctimas, así como muchos de sus acérrimos enemigos, habrán sentido algo de desilusión con la noticia. Después de todo, ¡el tipo sólo había pasado 22 años privado de libertad! Es decir ―habrán pensado algunos― quedó debiendo más de 250 años de cárcel. La muerte, a fin de cuentas, lo había salvado.

De todos modos, lo de Contreras es una bagatela si consideramos otras condenas aún mayores, como los 845 años de prisión del estafador Sholam Weiss, o los 957 años del asesino en serie Jeffrey Dahmer, ambos en USA, o los 1.035 años del autor de la masacre de Port Arthur en Australia, Martin Bryant, sólo por poner algunos ejemplos (VER).

La cuestión es, ¿qué objeto tiene castigar a un ser humano a cumplir sanciones que, por limitaciones biológicas, nunca va a poder consumar? El tema ha apasionado a muchos científicos e intelectuales en los últimos tiempos.

Tecnología al rescate

En la Universidad de Oxford, un equipo de investigadores dirigidos por la filósofa Rebecca Roache ha comenzado a pensar en el modo en que las tecnologías del futuro podrían transformar el tema de la administración de castigos en el derecho procesal penal. Uno de los métodos considerados por este equipo es el desarrollo de la tecnología de extensión de vida que apunta a la mejoría de la raza humana por medios artificiales, permitiendo, mediante técnicas de perfeccionamiento biológico, prolongar las vidas de los súpercriminales hasta el punto en que las sentencias sean completamente ejecutoriadas.

Paralelamente, hay empresas de biotecnología que trabajan en métodos químicos para engañar al cerebro alterando, por ejemplo, la percepción del paso del tiempo. Es decir, si se consigue lentificar el cronómetro biológico de un individuo se le puede hacer creer que han transcurrido años en tan sólo minutos de aflicción. Por supuesto, al manejo de la virtualidad del tiempo se han sumado drogas psicoactivas capaces de estimular los centros del dolor del cerebro a objeto de hacer padecer horribles torturas físicas a seres humanos que sólo están recostados en una camilla. Basta sumar ambas tecnologías para hacerse una idea aproximada del infierno.

La ética del castigo y la Ley del Talión

Naturalmente, habrá gente que hubiese querido aplicar estos métodos a Contreras. Les habría parecido justo, tal vez, hacer experimentar a su cerebro una sesión de tortura interminable por todo el saldo de su condena, a objeto de hacerlo pagar por los crímenes de lesa humanidad que se le atribuyen. A muchos les habría gustado ver también a Hitler, Stalin, Mao Tse Tung y otros personajes por el estilo pagando sus culpas en semejantes infiernos artificiales.

Entre los teóricos de la ética del castigo se ha planteado igualmente la posibilidad de llevar el problema al terreno emocional, incrementando la empatía de los criminales a fin de acrecentar en ellos el remordimiento asociado a la identificación con el dolor provocado a sus víctimas. Por supuesto, estos súpercriminales emocionalmente mejorados se encontrarían más propensos a una verdadera rehabilitación, lo que complica un poco a los partidarios del principio de justicia retributiva, cuyo antecedente más conocido es la Ley del Talión del Código de Hammurabi, el célebre “ojo por ojo”.

En el siguiente enlace se puede acceder al sitio Practical Ethics, donde hay un artículo (en inglés) de la doctora Roache llamado Castigo mejorado: ¿puede la tecnología prolongar en el tiempo las cadenas perpetuas?

En el fondo se trata de hacer cumplir en la Tierra la promesa del infierno a seres humanos que, por las razones que sean, se volvieron en algún momento de sus vidas enemigos de la sociedad.

Sin entrar por ahora a juzgar el fondo del asunto ―que parece traslucir más amor por la venganza que apego por la justicia―, el problema se suscita al preguntarse: ¿y quién se arrogará en el futuro el derecho de administrar las llaves de tal infierno? Porque la historia del mundo está plagada de ejemplos de oscuros personajes que, creyéndose infalibles, pretendieron establecer a su arbitrio los criterios de lo bueno y lo malo según los cuales debía regirse la sociedad que regentaban. Sobra recordar el funesto ejemplo de los totalitarismos de distinto cuño que tanto dolor provocaron en el curso del siglo XX. Ni qué decir si tales tecnologías caen en manos de fundamentalistas y fanáticos de lado y lado.

El transhumanismo

Este tema abre un interesante flanco en el pensamiento transhumanista. Como se sabe, prolongar la vida humana ad infinitum es un viejo sueño de los transhumanistas, que pretenden, entre otras cosas, descubrir la forma de alcanzar la inmortalidad por medios artificiales. Aunque no es este su único sueño. También buscan derribar la mayor cantidad posible de límites naturales, mejorar el rendimiento intelectual, emocional y físico del ser humano, incrementar la capacidad cerebral, etc.

Pero ese será tema de otro post.

Javier Orrego C.

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