Un hombre llamado Jesús

Por Javier Orrego C. (Fragmento de El Evangelio de la Luz)

1304254729_50-rrsryirrs-rrrsrryesrsrs-xiv-130s90-rrerrrCiencia espiritual versus ciencia profana

No es necesario ser cristiano para saber que a partir de los acontecimientos de Palestina la figura de Cristo Jesús articula, de un modo u otro, toda la historia de la humanidad. La religión cristiana es, sin lugar a dudas, un hecho fundamental de la evolución espiritual de la especie humana. Hay quién ha dicho incluso –en contra de la opinión generalizada de la modernidad–, que el cristianismo no pertenece al pasado tanto como al futuro del hombre. Veremos la forma de justificar esta apreciación que lleva a concebir el impulso crístico como un salto evolutivo en dirección hacia nuevas dimensiones de lo que es propiamente humano. Pero para que este salto no sea  una simple pirueta ciega del espíritu resulta indispensable que el hombre se plantee de un modo totalmente nuevo en relación a los antiguos enunciados de la sabiduría perenne.

Todos los Misterios de la antigüedad, todo el conocimiento oculto enseñado hasta el momento de la encarnación del Verbo en el ámbito de la Tierra, se encuentran resumidos en el Misterio cristiano. Jung describe a Cristo como el self del hombre occidental, e incluso como su arquetipo celeste. De este modo, el cristianismo sería la Luz que ilumina, que enciende desde las profundidades del alma humana, la conciencia del hombre futuro (y ciertamente no sólo del hombre occidental).    

En las palabras del gran maestro rosacruz Max Heindel, Cristo es “el heredero del Cosmos de la Sabiduría” y el “constructor del Cosmos del Amor”. Esto ha sido enseñado desde antiguo en las escuelas del conocimiento arcano. Pero para llegar a comprender algo así el hombre debe ser capaz de remontar con su mente eones de tiempo cósmico hasta períodos que están más allá de la restringida concepción del mundo que ofrece la ciencia materialista.

En efecto, la ciencia que permite comprender el hecho del Cristo es muy distinta a esa ciencia racionalista que fragmenta la realidad y que niega o ignora todo conocimiento que no hunda su raíz únicamente en la materia física. La ciencia espiritual, más antigua, más profunda, que concibe el mundo como un todo en el cual los hechos físicos no son otra cosa que una manifestación prodigiosa de hechos espirituales, vio nacer a la ciencia moderna y será testigo también de su declinación.

Cuando un hombre sabio oye hablar de los misterios del universo a un científico que se declara a sí mismo ateo –que alardea, por tanto, de darle la espalda al mundo espiritual–, sólo sonríe con benevolencia como ante los esfuerzos de un niño que recita con dificultad una poesía aprendida de memoria. El sabio no ignora que el fruto del trabajo del científico racionalista lo traerá un día de regreso al solar de la ciencia espiritual. No obstante, lo deja embeberse de las leyes y principios de la materia ―permitiéndole urdir lenta y pacientemente, hasta llegar al paroxismo, la compleja trama de su armazón intelectual―, hasta el instante en que descubra por sí mismo que siempre hubo algo observándolo tras la compleja estructura de los átomos y los planetas, algo que es más que simple materia y que, sin embargo, comprende todo lo material, lo compenetra, lo agita, pues la materia no es otra cosa que un vehículo del espíritu, su instrumento, una sombra, la herramienta a través de la cual éste se expresa.

El sabio sabe que el niño que recita poemas llegará un día a ser un poeta. Y lo deja librado entonces a su propia inspiración, destinado a crecer y ascender, paso a paso, las gradas que conducen al elevado santuario de la ciencia genuina, la ciencia del espíritu, que revela la verdadera naturaleza del universo en que vivimos.

De este modo, en algún momento el simple amor –o apego– por la materia se transformará, en el alma del científico, en auténtico amor por la sabiduría, por el conocimiento, por la ciencia suprema, por la gnosis. En ese momento éste, dotado de la portentosa fuerza mental que habrá desarrollado por medio de sus esfuerzos, se convertirá también en un sabio, en un filósofo, en un “iniciado” en la alta enseñanza de los misterios trascendentales del cosmos.

¡Y es que tantos descubrimientos de la ciencia moderna han formado parte desde antiguo de las enseñanzas de los iniciados! Ese es un misterio que deben resolver hoy los verdaderos hombres de ciencia. Y no se trata aquí de renegar de los principios de las ciencias naturales. Es sabido que la religión del futuro nacerá del sustrato de las ideas científicas del presente. La ciencia, el pensamiento científico, ha venido al mundo para quedarse. Es sólo que tendrá que llegar el día, como ha llegado ya para muchos, en que los científicos comprendan que no se debe confundir la realidad con la mera sustancia material del mundo, que la naturaleza, el universo entero, es sólo una fracción de esa realidad, algo así como un apéndice, una añadidura, pues tal como el cuerpo físico humano es sólo el vehículo inferior del hombre, el universo entero es el vehículo inferior de esa Suprema Realidad que los hombres azorados, temblando de piedad y devoción, emborrachados por el misterio, han llamado desde antiguo, Dios.

Hay que ser capaces de reconocer en el temblor interior del hombre primitivo frente al fuego, frente al poder del rayo, del viento, del huracán, de la tormenta despiadada, el mismo temblor, el mismo asombro, la misma fascinación del científico moderno frente a la elusiva naturaleza de la luz o frente a los colosales abismos que conforman el escenario fastuoso de la danza estelar. Es preciso comprender que el mismo impulso produjo el fuego, el calor, la luz, la inteligencia, el amor. Y es a ese impulso, a ese movimiento del Espíritu que se agitaba en el origen de todo, al que los sabios han llamado, extáticos, embelesados, asomándose tímidamente al infinito, Verbo, Logos, Palabra Creadora. Esto lo expresa maravillosamente San Juan en su Evangelio: “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios…”.

Los hombres, dioses mortales

Pues bien, la historia de nuestro universo es la historia del descenso del Verbo hasta la realidad material. He ahí el primer misterio de todos: ¿Por qué razón el Verbo mismo ha debido descender hasta los abismos de la materia? Es que algo le ocurrió en el camino al espíritu humano que lo alejó del “plan de los dioses”.

Ocurre que la misma historia del cosmos produjo rezagos que como piedra en el zapato han afectado la evolución humana entera. Porque así como hay una evolución hay también una in-volución. El Mal es, propiamente, lo que no evoluciona, lo que atrasa la evolución del universo. Y el “pecado original” tiene que ver con que en un remoto pasado a la evolución normal del hombre sobre la Tierra se le unieron ciertas entidades rezagadas de una evolución anterior. Eso explica el descenso del Verbo, del Logos, de la Inteligencia creadora. La naturaleza caída del hombre tenía que ser “redimida” por el mismo Verbo que le dio la vida. Desde que el mundo es mundo Cristo ha estado descendiendo hasta el hombre para devolverlo a las alturas de lo divino-espiritual. De eso se trata la historia del hombre en el universo. De eso hablamos en definitiva cuando hablamos de fuego, de calor, de luz, de inteligencia, de amor. Es la historia cósmica del hombre, que tropezó en el camino con un elemento extraño, alienígena. Los sabios han discutido siempre intentando dilucidar si el Mal formaba o no parte de ese plan divino…

Juan Bautista Leonardo Da Vinci

San Juan Bautista, Leonardo Da Vinci.

El desarrollo y perfeccionamiento del espíritu humano, digamos, su purificación, su ascenso, conduce ineludiblemente a Cristo –es decir, al Verbo, al Logos Solar–. Y es que este ascenso, esta elevación del espíritu, le abre al hombre las puertas de una trasformación total en virtud de la cual a él mismo le es dado convertirse, al cabo de sus esfuerzos, en un Cristo, esto es, en un Ungido (la iniciación es, a fin de cuentas, sinónimo de vida superior). El hombre ungido, el que ha desarrollado lo que los auténticos teósofos han denominado el Yo Espiritual, se convierte de este modo en un pontífice –es decir, en un hacedor de puentes entre el reino divino y el humano–, paso previo para llegar a comprender el verdadero sentido de la Creación.

Desde esa perspectiva la fórmula socrática conócete a ti mismo vendría a señalar el camino de la verdadera encarnación de Cristo en la Tierra. El Cristo sería, pues, en el fondo, el Espíritu sublime que yace dormido en lo profundo del alma de esta humanidad somnolienta, aletargada, entumecida, que se ha olvidado, sumergiéndose en los abismos de la materialidad, de su origen divino. De este modo el cristianismo, el verdadero cristianismo, más que una simple doctrina, fruto de una compleja elaboración intelectual procesada en el seno de aquella organización religiosa que se arrogó las credenciales de ser la única representante del impulso crístico en la Tierra, es un umbral de iniciación, o dicho de otro modo, un camino del despertar, una ruta efectiva y segura hacia el mundo divino, una senda de retorno.

Obviamente dicha concepción del impulso cristiano arroja nuevas luces sobre toda la historia religiosa del hombre. Adquieren así nuevos significados las enseñanzas de todos los grandes civilizadores y fundadores religiosos de la humanidad. Nos referimos, por supuesto, a Rama, a Krishna, a Hermes, a Moisés, a Orfeo, a Zoroastro y a Buda, entre otros, e incluso a Mahoma. La doctrina del Amor cristiana vendría de este modo a resumir la herencia de todos las grandes tradiciones espirituales de la humanidad (desarrollar al máximo la fuerza del Amor sería la misión fundamental de la humanidad en el presente ciclo evolutivo terrestre). La historia de la civilización podría ser concebida de un modo muy distinto a como es comprendida habitualmente si se prestara suficiente atención a la forma cómo los distintos pueblos de la Tierra, desde los abismos de sus almas colectivas, fueron dando forma a las nociones primordiales del Fuego Sagrado, del Verbo divino, de la Virgen-Madre, del Hombre-Dios, de la Trinidad, de la irradiación del Verbo Solar, del Verbo-Luz, de la fuerza del Amor y del Sacrificio.

Edouard Schuré, el autor de esa notable obra de sabiduría del s. XIX llamada Los Grandes Iniciados, hace decir a un sacerdote egipcio, en el capítulo referido a Hermes, las siguientes palabras (el hierofante le habla así a un discípulo):

Recuerda que hay dos claves principales en la ciencia. He aquí la primera: “Lo externo es como lo interno de las cosas, lo pequeño es como lo grande; sólo hay una Ley y el que trabaja es Uno. Nada hay pequeño ni grande en la economía divina”. He aquí la segunda: Los hombres son dioses mortales y los dioses, hombres inmortales…”.

Es imposible leer este pequeño pasaje sin percibir una íntima relación entre los principios herméticos y el trasfondo de toda la enseñanza cristiana. Jesús dijo, en efecto: “Sed perfectos como vuestro Padre que está en los cielos”. Esta es una invitación a poner en el centro de la actividad humana aquellas cosas capaces de ayudar al alma individual a superar la prueba suprema de la muerte. Pues si el hombre tiene la intención de ascender hacia estados superiores del ser, ha de experimentar la muerte como una iniciación, como una prueba destinada a calibrar sus propias fuerzas con miras al asenso sucesivo hasta el mundo divino. Una regla del espíritu estipula que nadie conquista más de lo que se merece. Y resulta que, tal como acontece en el mundo físico con las cimas del planeta, únicamente llegarán a las altas cumbres los más fuertes, los más nobles, los más virtuosos. Obviamente, en la vida post mortem ya no cuentan el músculo, ni la capacidad aeróbica, ni el brío corporal, sino las virtudes del alma, las cualidades específicas del espíritu que se eleva, su bondad, su capacidad de amar, de servir al prójimo, de situarse a si mismo en distintas perspectivas. Pues bien, para eso venimos a la Tierra, para adquirir en el mundo material las virtudes y cualidades que necesitaremos luego en el asenso hacia el mundo divino.

Hermes Trimegisto

Hermes Trimegisto, nombre de un personaje mítico del antiguo Egipto. Algunos sabios medievales le atribuyen, entre otras cosas, el haber anunciado el advenimiento de Cristo a la Tierra.

Estas cosas se enseñaban en los santuarios egipcios dos o tres mil años antes de Jesús. Los iniciados egipcios sabían que existen dos clases de desarrollos, dos posibilidades de evolución para el alma humana: la evolución consciente y la inconsciente. Esta última entraña siempre una involución y en ella opera la fuerza ciega del Destino. La evolución consciente, en cambio, que sigue un camino ascendente, es la evolución espiritual que bajo el manto protector de la Providencia señala la ruta a través de la cual los hombres, a lo largo de sucesivos ciclos cósmicos, devendrán en transformarse a sí mismos en súper-hombres, luego en semidioses y, finalmente, en Hombres-Dioses o Cristos ungidos por el Espíritu Divino. Por eso podían decir los hierofantes que los hombres son dioses mortales. Y el llegar a saberlo presuponía la aspiración capital de alcanzar la inmortalidad. A fin de cuentas, ¿qué otra cosa es el universo, sino el campo de batalla donde se despliega la conciencia humana?

La perfección es el reflejo maravilloso de todo lo Bueno, Bello y Verdadero que hay en el mundo. Y nada hay de grande en el universo que no tenga su reflejo en lo pequeño. Por eso el Cristo Revelador, ese Espíritu cósmico, arquetipo del espíritu que mora en la interioridad del hombre, ha dicho de sí mismo, por boca de Jesús de Nazareth: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Es decir, el Camino de la perfección, que es el camino del Amor y del Sacrificio, que conduce a constatar interiormente la grandiosa Verdad que da cuenta de la íntima unidad e interdependencia que existe entre todas las cosas y todos los seres y todas las causas. Esta hermosa Verdad, por su parte, conduce a vivir la Vida verdadera, es decir, la vida espiritual que no está sometida ya al imperio de la muerte.

El acertijo de la vida humana sólo se resuelve en la Eternidad. Por eso el cristianismo más que al pasado pertenece al futuro del hombre. Porque basta dirigir la mirada hacia los escenarios en que hoy en día se desenvuelve la vida humana para darse cuenta que a la humanidad le queda aún un largo trecho por recorrer en esa “senda del despertar” que habrá de conducirla a los umbrales de una nueva conciencia.

La ofrenda de la propia vida

Estas son palabras de Jesús: “Los últimos serán los primeros…”. Y además: “Yo no he venido a ser servido, sino a servir…”. En verdad no hay nada pequeño en la economía divina. Eso lo supieron siempre los iniciados de todos los tiempos. Esa sentencia constituye el fondo de la experiencia cristiana, pero también de toda experiencia humana genuina. En verdad el mundo es hermoso para quienes saben convertir su vida misma en ofrenda.

Pese a ello, una mirada al mundo nos convence de que indudablemente la inmensa mayoría de los cristianos no conoce a Cristo. Por cierto, ocurre lo mismo con los musulmanes y Mahoma, o con los judíos y Moisés, y los budistas y el Buda, etc.

El hombre se olvida con demasiada frecuencia de las cosas esenciales de la vida. Esa es la principal causa del sufrimiento humano. Vivimos, sobre todo hoy en este occidente secularizado y materialista, obsesionados por el ánimo de poseer, de atesorar, de acumular cosas, cargos y poderes y –cómo no– de ostentar lo que se tiene, dejando de lado lo que somos en el fondo: criaturas mortales, efímeras, almas peregrinas, en suma, de paso por la Tierra. Con demasiada frecuencia olvidamos que en el fondo coleccionamos cosas para deshacernos de ellas. Sólo nos llevamos a la tumba –ese umbral oscuro, misterioso, amenazador– los haberes o los débitos del alma, sólo eso. Todo lo demás es vanidad, sólo vanidad.

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Cristo Salvador, Rublev.

En efecto, pensamos que tanto hoy como en el pasado, todos los caminos conducen a Cristo, pero no al Cristo del que los “cristianos” se han apropiado, sino al Cristo universal, al Logos, al Espíritu del Sol, al Hijo del Hombre que vino después de Adán (Adán es un símbolo del hombre descendido a la Tierra, constreñido a las leyes materiales de la vida en este planeta misterioso; podríamos decir “el hombre encerrado en su yoidad”). La Tierra es, propiamente, un reino de oscuridad, un abismo sometido a la regencia de una entidad tenebrosa que en las Escrituras ha sido llamada Príncipe de este mundo, que responde al principio de la astralidad inferior.  Es decir, así como el Cristo debe ser concebido como el arquetipo del Yo Superior, el regente de este mundo sería el modelo astral del yo inferior o ego humano, siendo el principio portador de las llaves del sufrimiento, de la enfermedad y de la muerte.

Cristo, en cambio, es el Espíritu que ha descendido al mundo precisamente para enseñarle al hombre el modo de romper las cadenas de la materialidad, a vencer a las fuerzas de las tinieblas ―es decir, de la ignorancia―, a disipar la ilusión de la enfermedad y el espejismo de la muerte, porque hay que entender que la muerte es sólo algo que le ocurre al cuerpo. En cambio, los que viven como si no supieran que el hombre es más, mucho más que un simple organismo biológico, hacen que el manto de la muerte se extienda también al alma y luego al espíritu. Por eso el Logos planetario ha descendido a la Tierra a “servir” a los caídos, a redimirlos, a descerrajar las cadenas de la yoidad egótica para liberar las fuerzas que el alma humana posee en potencia.

El universo necesita al hombre para completar los coros celestiales que “cantan” a la suprema perfección del Ser que ha derramado su substancia en los espacios infinitos. Ese es el misterio profundo que encierra la venida del Verbo. Y los que sienten vértigo contemplando los espacios estelares saben que una parte de ellos mora entre las constelaciones y los planetas. Una parte que canta en dirección a la Tierra...

Jesús, el recipiente, y el camino del hombre

El Verbo ha descendido al mundo para mostrarle al hombre el “camino”. Este es un gran misterio que no comprenden cabalmente todos los cristianos. No es fácil comprender el modo cómo la esencia divina ha llegado a hacerse hombre. Ante todo es necesario entender lo siguiente: Cristo –el Verbo– no es Jesús; Cristo entró en la Tierra a través de Jesús. Cuando hablamos de Jesucristo nos referimos, pues, a dos principios que actúan juntos, dos fuerzas, dos umbrales, dos individualidades. Hay una doble naturaleza en Cristo Jesús, la naturaleza humana y la divina, que se manifiesta en lo humano.

Esto que decimos no es nuevo. Ya lo predicaba en el siglo V Nestorio, obispo de Constantinopla, que pagó su osadía siendo desterrado por la Iglesia a los desiertos de Egipto. Es curioso cómo los que se arrogaban el título de herederos de aquel que vino a pregonar en la Tierra la doctrina del perdón, de la piedad y del amor terminaron por arrastrar al cadalso a todos aquellos cuyos puntos de vista diferían de la verdad oficial. Así fué como el dogma, el credo, la fuerza de lo mineral, se impuso a la misericordia, al amor, la fuerza del alma. Y la fe, más que la excelsa capacidad de acoger al Cristo en sí mismo, llegó a ser una simple creencia lejana y superficial de que un día un ser divino caminó por los caminos polvorientos del mundo. Y es que desde el punto de vista del cristianismo genuino no basta con creer en el amor, sino que hay que derramarlo por el mundo, hay que brindarse a sí mismo por amor al mundo, al prójimo, a Dios, a la Verdad.

De esos se trata y no de simplemente profesar una fe que no llega a ser nunca un elemento vitalizador de la vida en común. Porque eso es la Iglesia a fin de cuentas, la Iglesia genuina, la comunidad de los creyentes, la de los practicantes de esa fe cuya esencia es el acto mediante el cual el hombre acoge a Cristo, al Verbo, en sí mismo. Y esto porque Jesús, el maestro de maestros, ha sido el primer recipiente, el primer cáliz, el primer ser humano en abrir la interioridad del hombre a ese principio que se había ya derramado por el cosmos. Dicho claramente una vez más: Cristo entró en la Tierra a través de Jesús.

Pero Jesús no era simplemente un hombre más. Este cuerpo, este envase, había sido preparado a lo largo de las edades para incorporar a la evolución terrenal el impulso definitivo en aras a la espiritualización de la Tierra. Para que el hombre pueda en el futuro retornar a las alturas desde donde provino debía primero acoger en sí mismo el principio activo de la divinidad. El hombre tenía que ser germinado por lo divino, cuya semilla pertenece al Espíritu que impregna la vida cósmica. Y por medio de ese sacrificio este Espíritu debía llegar a ser también el Espíritu de la Tierra. Y después de este acontecimiento grandioso le correspondía a este principio, a esta semilla, germinar en todas las almas o, en todo caso, en un número suficiente de almas como para que todo ese derramarse, ese verterse de Dios en lo ínfimo, valiera la pena.

Por eso Cristo Jesús es “el Camino, la Verdad y la Vida”, porque la vida asentada en la verdad ha de ser el camino del hombre, su derrotero en el universo visible e invisible que lo rodea, universo cuyo hermoso reflejo cabe entero en su interioridad. Entonces, entendido así, ya es posible comprender el hecho de que Cristo sea, como dijimos al comienzo, el heredero del Cosmos de la Sabiduría y el constructor del Cosmos del Amor. Porque tal como nuestro universo refleja hoy por doquier la Sabiduría de que está impregnado ―razón por la cual el hombre se maravilla de la perfección de todo lo que existe, de la belleza inconmensurable de la Creación―, en un futuro lejano, en el curso de una evolución aún por venir, también el Amor habrá de impregnarlo todo, como una herencia del cosmos que habremos construido todos los seres que formamos parte de la oleada de vida de la Tierra…

Javier Orrego C. (El Evangelio de la Luz)

 

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