LA GRAN ESTAFA DEL DINERO FICTICIO

Por Javier Orrego C.

e-money

La creación de dinero ficticio es una de las principales fuentes de riqueza de los amos del mundo.

Todos los Estados se encuentran endeudados con los dueños del dinero. Y si se suma el total de la deuda de todos los países de la Tierra nos encontramos con la sorpresa de que nunca en la historia del mundo ha habido tanta riqueza monetaria. Es decir, la humanidad –representada para estos efectos por los gobiernos nacionales– debe una cantidad de dinero que jamás ha consumido lo que, además de poner en entredicho la soberanía financiera de los Estados, hace surgir la duda respecto a las leyes que regulan la actividad económica en todos sus niveles. Nunca en la historia de la humanidad ha existido la riqueza que los habitantes del planeta le deben a los grandes acreedores de sus gobiernos. ¿Cómo se explica este sin sentido?

Es muy simple. Desde tiempos de la revolución industrial el sistema bancario funciona sabiendo que el dinero que el total de sus clientes retiran periódicamente de sus cuentas no es nunca mayor al 10% del total confiado a los bancos. De modo que siempre queda a disponibilidad de las instituciones bancarias un 90% de ese caudal para prestar. Así, estas instituciones abren créditos por cifras nueve veces más altas que las cantidades que efectivamente tienen en sus arcas. Por lo demás, dichos créditos no son nunca liquidados en cifras superiores al mismo 10% del total, de modo que el resto es siempre abonado en forma de documentos o simples cifras anotadas a favor del prestatario en sus registros contables. Este es el llamado “dinero escritural”. Estas operaciones, repetidas infinidad de veces, hacen funcionar la economía sobre la base de dinero imaginario que queda siempre acreditado como deuda a favor de los bancos. De este modo artificioso los bancos crean dinero legalmente a expensas de los fondos confiados por sus clientes en forma de ahorros o depósitos en sus distintos tipos de cuentas.

Por su parte, los solicitantes de estos créditos están convencidos de que lo que el banco les presta es dinero contante y sonante, es decir, dinero de verdad emitido por la Casa de Monedas. Y se piensa que el uso de cheques y de tarjetas de crédito o de débito, o la facilidad de las transacciones electrónicas, se originan en el afán de los mismos bancos por brindarle un mejor servicio a sus clientes evitándoles el molesto acarreo de billetes y monedas. Pero la verdad es que si los clientes se pusieran de acuerdo para retirar simultáneamente todos sus fondos, las entidades bancarias no podrían responder más allá del 10% del total de sus pasivos… y en ocasiones incluso por menos de eso.

La realidad es que en la mayoría de las economías más del 90% de las transacciones se hacen por medio de dinero escritural, es decir, prescindiendo completamente del papel y del metal. Esto quiere decir que el 90% de los que compramos y vendemos lo transamos en base a… nada. En efecto, la economía mundial se haya asentada sobre una inmensa burbuja vacía.

Piramide-capitalistaLlama poderosamente la atención a este respecto lo dicho en el estudio, anteriormente citado, del Instituto Mundial para la Investigación de Desarrollo Económico de la Universidad de las Naciones Unidas en relación al hecho de que el 10% de la población adulta del mundo acapara el 85% del total de la riqueza global. El hecho de que el monto proporcional de dicha riqueza corresponda más o menos a ese 90% de los fondos que las entidades bancarias se apropian para hacer aparecer dinero de la nada y mantener al mundo con la soga al cuello es sumamente significativo. Esta explicación sirve para entender el origen de buena parte de dichas fortunas, por más que muchas de ellas provengan del legítimo funcionamiento de empresas productivas o de la explotación de materias primas. El problema radica en que muchas veces el origen de las inversiones y capitales que han permitido la generación y financiamiento de dichos negocios suele provenir de los mismos bancos que se han apropiado –por más que sea en forma temporal– de nueve décimos de los fondos que les han sido confiados por los incautos ciudadanos del planeta.

De modo que todos los grandes negocios del mundo se hacen echando mano, de una u otra forma, a los ahorros y depósitos de las clases asalariadas que se reparten menos del 15% de la riqueza mundial. Este tipo de prácticas llega a límites casi de escándalo luego de las grandes crisis o catástrofes que de tanto en tanto afectan a los distintos países, como en el caso del terremoto que sacudió el centro sur de Chile en febrero de 2010. El movimiento sísmico echó por tierra una buena proporción de la infraestructura urbana de las ciudades damnificadas, incluyendo viviendas e infraestructura comercial. Evidentemente, mucha de la gente afectada, con sus casas y negocios en el suelo o severamente dañadas, se vio en la necesidad de vender a precio de huevo sus propiedades para rehacer sus vidas y comenzar de nuevo. A su vez, estos terrenos y propiedades fueron adquiridos por particulares que, echando mano de créditos bancarios –y no a capitales propios–, pudieron financiar proyectos inmobiliarios de todo tipo que luego pusieron en el mercado para ofrecérselos a los mismos comerciantes y vecinos afectados por el cataclismo. Asimismo, no hay que olvidar que hubo muchas entre estas víctimas del terremoto que recibieron subsidios estatales como ayuda para la reconstrucción, así como subsidios y créditos blandos para nuevos emprendimientos. De modo que finalmente fue el país entero el que, a través de los impuestos, financió el gran negocio de una minoría oportunista. A este respecto viene a cuento citar un axioma que circula mucho en la Web y que afirma que mientras los gobiernos siembran deudas –y los subsidios caen en la categoría de deuda social de los Estados–, los ciudadanos cosechan impuestos. Este tipo de prácticas se multiplica igualmente en el entorno de las guerras… todas las guerras.

Por supuesto, el beneficio de estos movimientos recae siempre en una misma clase de afortunados miembros de las elites financieras locales. Esto es algo que ocurre en todos los países del mundo, sin excepción alguna. Basta citar el caso de lo ocurrido en los Estados Unidos con ocasión de los atentados del 11-S, en que se demostró que las ganancias derivadas de las maniobras financieras registradas en forma previa a los atentados llegaron a varios centenares de millones de dólares. Quienes se beneficiaron de los ataques tuvieron acceso a información privilegiada en relación a lo que iba a ocurrir. Evidentemente, los alcances de dicho escándalo salpican bastante más allá del supuesto aprovechamiento de lo que iba pasar por parte del propio Bin Laden o sus socios terroristas.

Javier Orrego C.

Fragmento de mi libro Los dioses del dinero

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