EL HOMBRE NO DESCIENDE DEL MONO

Por Javier Orrego C.

Evolución humanaLas enormes coincidencias existentes entre todas las grandes tradiciones del mundo antiguo demuestran que todas ellas tienen un origen común: los magnos Misterios de la Atlántida, herederos a su vez de lo que se sembró en el alma humana en tiempos de la antigua Lemuria. El hombre no comenzó su caminar en la Tierra con el Australopithecus hace tres o cuatro millones de años atrás, tal como quiere hacernos creer la paleontología oficial, impregnada de las ideas de la ciencia materialista. En realidad el hombre no desciende del mono. Los primates no son los antecesores del hombre, sino los descendientes degenerados de la orgía planetaria producida luego de la separación de los sexos en la Edad Lemur.

Hemos de recordar aquí lo expuesto anteriormente en relación a las tentaciones “demoníacas” de nuestro tiempo, especialmente una cita de Prokofieff que hace alusión al doble ataque de Ahriman y Asur sobre la envoltura etérea y las fuerzas supra-sensoriales del cuerpo humano. Esta última intervención de las fuerzas retrógradas, vale la pena recordarlo a estas alturas, tiene por objeto impedir al hombre la contemplación de la realidad espiritual que hay tras los fenómenos materiales, imposible de percibir con los ojos físicos.

Dice Prokofieff a propósito de este descarrío de la percepción humana:

En consecuencia, el hombre no solamente está convencido de que proviene del animal, como sucedía bajo la influencia de los espíritus ahrimánicos, los inspiradores del materialismo “científico” del siglo XIX, sino que bajo el efecto de Asur, “tomará en serio esta concepción y vivirá según ella”. En otras palabras, “los hombres que tengan esta cosmovisión vivirán también como animales, (…) descenderán hasta los impulsos y pasiones puramente animales…”, etc.[1]

baggy pantsBasta echar un vistazo a los sucesos mundiales, mirar las noticias por televisión, leer los diarios o darse una vuelta por las calles de casi cualquier ciudad del planeta para darse cuenta hasta qué punto estas palabras describen el acontecer del mundo en que vivimos. No tenemos que ir más allá de constatar lo que ocurre con las turbas enceguecidas en los conciertos de rock, en los partidos de fútbol o como desenlace casi natural de cualquier catástrofe o tragedia que afecte a colectivos humanos, como huracanes, terremotos, apagones u otros, que devienen casi siempre en desórdenes callejeros, saqueos, pillajes, etc. O incluso, afinando la mirada, basta analizar el significado espiritual de la moda de los pantalones caídos o baggy pants, extendida entre los jóvenes de todo el globo, para confirmar la dramática universalidad de este éxodo hacia la animalidad. Según se dice, esta moda nació en los ambientes penitenciarios de los Estados Unidos como producto de la baja de peso que experimentaban los reos durante su reclusión, lo que ocasionaba que los uniformes les quedaran anchos, cayendo naturalmente sobre las caderas. Como los reclusos se veían impedidos por las normas carcelarias de usar cinturones o cordones para atarse estas prendas, sus familiares comenzaron a adoptar la costumbre de usarlos también caídos como muestra de solidaridad. Así, la práctica se extendió primero por los barrios marginales de las ciudades estadounidenses, para luego traspasar las barreras sociales y las fronteras de los países, convirtiéndose en moda entre los jóvenes de todo el mundo. El trasfondo de esta usanza queda claro cuando visualiza uno la silueta proyectada por la imagen de un individuo cuyas piernas se acortan: es la silueta de un simio.

En su libro La Insoportable Levedad del Ser, el escritor checo Milan Kundera hace una reflexión en torno al tema del afeamiento del mundo. En la escena, los dos protagonistas cenan y comparten pareceres sobre sus gustos musicales:

Están los dos en un restaurante y mientras comen se oye por los altavoces una sonora música rítmica. Sabina dice:

Esto es un círculo vicioso. La gente se vuelve sorda porque pone la música cada vez más alto. Y como se vuelve sorda, no le queda más remedio que ponerla aún más alto.

— ¿No te gusta la música? —le pregunta Franz.

— No —dice Sabina. Luego añade—: Puede que si viviera en otra época… —y piensa en el tiempo en que vivía Johann Sebastian Bach, cuando la música era como una rosa que crecía en una enorme planicie nevada de silencio.

El ruido disfrazado de música la persigue desde su infancia. Cuando estudiaba en la academia de pintura tuvo que pasar unas vacaciones enteras en la llamada Obra de la Juventud. Vivían en unas habitaciones comunes y trabajaban en la construcción de una siderurgia. La música aullaba desde los altavoces a partir de las cinco de la mañana y hasta las nueve de la noche. Le daban ganas de llorar, pero la música era alegre y era imposible escapar de ella, ni en el retrete, ni en la cama bajo la manta, los altavoces estaban por todas partes.

La música era como una jauría de perros de presa que hubieran soltado tras ella. Entonces pensaba que esta barbarie musical sólo imperaba en el mundo comunista. En el extranjero comprobó que la transformación de la música en ruido es un proceso planetario, mediante el cual la humanidad entra en la fase histórica de la fealdad total. El carácter total de la fealdad se manifestó en primer término como omnipresente fealdad acústica: coches, motos, guitarras eléctricas, taladros, altavoces, sirenas. La omnipresencia de la fealdad visual llegará pronto…

De este modo, hemos de entender este proceso como una escalada interminable. Poco importa saber qué se presentó primero, si la fealdad acústica o la visual; si la material o la moral. Ahora ya sabemos que el mundo es el reflejo del alma humana. El caso es que el incremento de la fealdad es, indiscutiblemente, un hecho constatable a escala global. El ataque de Asur y su ejército de espectros infernales ha surtido su efecto sobre el alma adormecida de la humanidad actual. Al final del camino espera el hombre animalizado, reflejo de la monstruosidad que imperó en la última etapa de la Edad Lemur. Así, los engendros de la astralidad desbocada de aquel entonces dan su postrero estertor sobre las almas deformadas de los humanos adormecidos del presente. Los hombres de aquel entonces degeneraron en los toscos primates de los que los espíritus seducidos por el darwinismo sostienen que desciende la especie humana.

Hemos de ser claros en esto. Los restos de humanoides encontrados en todo el globo caracterizados por el aspecto embrutecido, el cerebro pequeño, la frente huidiza, cejas, boca y mandíbula prominentes, etc., corresponden no a los comienzos de la raza humana, sino a la declinación y degeneración de los lemurianos rezagados que se mezclaron con los animales de aquellos tiempos. La evolución de los primates, que comenzó hace unos 70 millones de años, fue el resultado de esa “caída” de la humanidad lemur.

En este sentido, la supuesta falta de evidencia fósil de las humanidades pretéritas tiene que ver con dos factores: el primero dice relación con el hecho de que la configuración física de los hombres de aquellos tiempos era completamente disímil de la actual, razón por la cual pueden incluso haberse hallado restos de hombres lemurianos y de atlantes de las primeras sub-razas sin haber sido reconocidos como tales; en segundo lugar, el virtual ocultamiento por parte de la comunidad académica de hallazgos que no calzan con la verdad oficial.

L'homuncule marin_François de Sarre

El homínido marino de François de Sarre.

Valga como ejemplo el caso de la “teoría de la bipedación inicial”, defendida por el zoólogo belga Bernard Heuvelmans (1916-2001) ―a quién, entre otras cosas, se le atribuye la invención del término criptozoología, rama de la zoología que se dedica al estudio de los animales desconocidos―, y su colega franco-alemán François de Sarre, especialista en el estudio de los peces y la evolución de los vertebrados y fundador del Centre d’Etudes et de Recherches sur la Bipedie Initiale. En los ochenta ambos investigadores remecieron el mundillo académico con una hipótesis muy cuestionada por sus colegas de la comunidad científica, férreamente apegados a la ortodoxia del paradigma darwinista que postula que las formas de vida superiores descienden de las inferiores. En oposición, la teoría de la bipedación inicial afirma tajantemente que el hombre no descendería del mono sino todo lo contrario.

A diferencia del enfoque dominante, basado en datos de la paleontología, esta teoría se basa principalmente en el estudio de la embriología y la anatomía comparada. Por este camino los defensores de la bipedación inicial llegaron a la conclusión que los primeros mamíferos eran originalmente bípedos. Esta característica anatómica fue mantenida en el tiempo por la especie humana, a diferencia de lo que ocurrió en la mayoría de las otras líneas evolutivas, incluyendo los primates, que desarrollaron el método de locomoción cuadrúpeda. Según Heuvelmans y de Sarre, el ancestro común, tanto de los humanos actuales como de los primates, era un bípedo vinculado a un hábitat marino. Según ellos, este proto-humano ancestral pudo haber convivido con los grandes saurios desaparecidos hace 65 millones de años, lo cual nos remonta a plena Época Lemur.

Serie filogenética del pre-homínido acuático (homonculus marino) que muestra la confección del encéfalo humano.

AB): El órgano flotante se desarrolla en la parte superior apical del cuerpo del gusano marino, al igual que una “burbuja” en la parte de arriba de una paja, o el paraguas en algunas medusas, que se llena intencionadamente de aire para facilitar la natación. C): El órgano sustento globular se vuelve funcional de la misma manera como, por ejemplo, la vejiga natatoria de un pez. D): Aquí se muestra la consolidación de las paredes de la vejiga a través de la inserción de una membrana mesodérmico entre la bolsa ectodérmica interna y la externa de la piel las células mesodérmicas; esto fue lo que dio forma a la configuración redonda del cráneo del hombre. E): El “homonculus marino” con sus cuatro extremidades y un poco de cola que funcionó como un timón. Luego comenzó a desarrollar un cerebro grande (las células neuronales se originaron de la médula espinal) y la postura erguida, evolucionando hacia el primer vertebrado en poder respirar aire y volverse terrestre.

Por descabellada que parezca, esta hipótesis no carece de evidencia fósil, como los vestigios del río Paluxi, cerca de Glen Rose, Texas (USA), descubiertos en 1908, donde se encontraron huellas petrificadas de dinosaurios en sedimentos datados hace 250 millones de años, época más o menos contemporánea a la gran extinción masiva del Pérmico-Triásico. El problema para los paleontólogos se presentó al descubrir que junto a esas mismas huellas había… huellas humanas, lo cual no tenía justificación alguna según el esquema evolutivo comúnmente aceptado.

Pero ha habido otros descubrimientos similares, como el efectuado en el conocido yacimiento paleontológico de Valdecevillo, en La Rioja (España), donde se habrían hallado dos huellas de pisadas humanas junto a un vasto muestrario de huellas de dinosaurios con una datación de 120 millones de años. De modo que incluso Heuvelmans y de Sarre se habrían quedado cortos en sus cálculos.

Yvette Deloison

Yvette Deloison.

Otro aporte al cuestionamiento de los postulados clásicos del darwinismo provino del trabajo de la antropóloga francesa Yvette Deloison, quien provocó mucho revuelo el año 1999 al publicar un artículo[2] en que anunció que, de acuerdo a las leyes de la anatomía, el origen de la especie humana debía buscarse en un vertebrado muy antiguo que no se parecía ni al hombre ni al mono, pero que presentaba características comunes con todos los primates. Este antepasado del hombre, bautizado como Protohominoides bipes, fue descrito como un bípedo vertical provisto de una cabeza más o menos esférica y una anatomía general muy parecida a la de los humanos. Los datos genéticos recabados, según Deloison, permiten suponer que este ancestro común de los grandes simios y del hombre moderno vivió hace unos 15 a 25 millones de años. De ser así, sería el eslabón perdido entre el ancestro del hombre y el Australopithecus, el cual, al igual que los grandes simios, se separó de esta rama de la evolución hace unos siete u ocho millones de años.

Podríamos mencionar muchos otros casos de anomalías científicas citadas por diversas fuentes ―unas más confiables que otras― que minan la versión oficial de la historia humana sostenida por la ortodoxia académica, pero no es ese el objeto de este trabajo. La idea central aquí es demostrar que el paso del hombre por el escenario terrestre es mucho más complejo que lo que se enseña en los libros de escuela y los manuales universitarios.

En verdad, si dijéramos todo lo que es posible decir sobre la historia del hombre nos encontraríamos un poco en la misma posición que hace ver Juan hacia el final de su Evangelio respecto de su Maestro, el Gran Iniciado Yeshua ben Yosef: “Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús. Si se escribieran una por una pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribieran…”. Ocurre exactamente igual con la historia humana, la cual ha sido conducida desde tiempos inmemoriales por las Grandes Inteligencias Cósmicas encargadas de velar por la evolución de los mundos.

Por Javier Orrego C.

Fragmento de El Evangelio de la Luz

[1] Sergei O. Prokofieff, El encuentro con el Mal y su superación en la Ciencia Espiritual, página 50.

[2] Yvette Deloison, L’homme ne descend pas d’un primate arboricole! Une évidence méconnue. Revue Biometrie Humaine et Anthropologie, 1999; 17: 147-150.

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