LA HISTORIA DE LA TIERRA DESDE EL PUNTO DE VISTA DE LA CIENCIA ESPIRITUAL

Por Javier Orrego C.

Cronología del Big BangSíntesis basada en las enseñanzas tradicionales de Rudolf Steiner y otros grandes pensadores y maestros espirituales, así como en los datos científicos disponibles en nuestro tiempo. Fragmento del libro El Evangelio de la Luz.

Para tener una cabal comprensión de la formación de nuestro Universo, es necesario combinar la explicación espiritual del origen del mundo con la terminología científica en uso en el campo de la cosmología moderna. Este esfuerzo ha de proporcionarnos el fundamento para construir en nuestras mentes el modelo completo de este largo y complejo proceso cosmogónico, además de demostrar que la sabiduría genuina de todos los tiempos, el conocimiento arcano de nuestro mundo, hunde sus raíces en la observación objetiva de la realidad material. Lo que los adeptos hacen es enseñar a ver esta realidad como un trasunto de algo más. Tras los acontecimientos del mundo físico hay todo un orden de realidades espirituales subyacentes. Cuando la ciencia fenoménica y el conocimiento oculto se unen, el resultado es la ciencia espiritual que hace una síntesis entre espíritu y materia proporcionándonos una imagen completa de todo cuanto nos rodea.

De acuerdo a las últimas estimaciones, el Universo tiene una edad aproximada de 13.700 millones de años[1]. Como es de común conocimiento, el evento que se cree dio inicio a este proceso se denomina Big Bang o Gran Explosión. La teoría del Big Bang es un modelo científico que trata de explicar el origen de nuestro Universo y su desarrollo posterior a partir de una peculiar singularidad espaciotemporal, ciertamente inconcebible para una mente no entrenada en los meandros de las ciencias físicas duras. Ocurre que en el instante en que aconteció la gran explosión toda la materia y la energía del Universo conocido se encontraba concentrada en un punto de densidad infinita, aún más pequeño que el núcleo de un átomo. Después de este evento original ─que perfectamente puede ser llamado “momento de la Creación”─, el Universo comenzó a expandirse hasta llegar a su condición actual. En el presente, esta expansión continúa acelerándose más y más.

Pierre Teilhard de Chardin S.J. (1881-1955).
Pierre Teilhard de Chardin S.J. (1881-1955).

Según los científicos que estudian este proceso, si nos atenemos a las actuales capacidades cognitivas de la mente humana, la situación del Universo antes del Big Bang es incomprensible y absolutamente inasequible para el hombre. Misterio puro. Ni siguiera es posible imaginarse cómo comenzó todo. Las mentes materialistas, atrincheradas en la “ciencia” como defensa ante cualquier asomo de espiritualidad, suelen ignorar que incluso los científicos más brillantes de nuestro tiempo callan y se asombran al pensar en el “momento original”. Este sentimiento es expresado por el sacerdote jesuita, paleontólogo y filósofo francés Pierre Teilhard de Chardin:

Por ser esencialmente analítico, el estudio científico del Mundo nos hace marchar en principio en sentido inverso a las realidades divinas. Más, por otra parte, al revelarnos la estructura sintética del Mundo, esta misma penetración científica de las cosas nos hace volvernos y nos lanza, como prolongación natural, hacia el Centro único de las Cosas, que es Dios nuestro Señor. (P. Teilhard de Chardin)[2]

Igualmente es sabido que Einstein, aunque poco amigo de la religión establecida, manifestó siempre un sentimiento similar frente al fenómeno religioso en sí:

El admitir que existe “algo” en lo cual no podemos penetrar, el pensar que las razones más profundas, que la belleza más radiante que nuestra mente pueda alcanzar, son sólo sus formas más elementales de expresión; ese reconocimiento, esa emoción, constituye la actitud verdaderamente religiosa. En ese sentido yo soy profundamente religioso… (Albert Einstein)[3]

En esta misma línea de pensamiento el autor de la revolucionaria teoría de la relatividad expresa su particular punto de vista respecto del sentimiento religioso:

Mi religiosidad consiste en una humilde admiración ante el espíritu infinitamente superior que se revela a sí mismo en lo poco que comprendemos acerca del mundo cognoscible. Esa profunda convicción emocional de la presencia de un poder racional superior que se manifiesta en el Universo incomprensible, constituye mi idea de Dios.[4]

La idea más clara de este “Universo incomprensible” podemos encontrarla, precisamente, cuando tratamos de aproximarnos a la noción del Big Bang. Evidentemente, hemos de echar al trasto todo nuestro conocimiento directo de la realidad para hacernos a la idea de que esta detonación primigenia ocurrió en un lapso de tiempo extremadamente corto, apenas una fracción de segundo. El hombre ha rastreado los procesos físicos que se desarrollaron después de la gran eclosión a partir de un tiempo de 10-43 segundos. Ahora se sabe que el tiempo, el espacio y la energía ─parte de la cual se consensó dando origen a la materia─ se originaron en el momento mismo en que se produjo el estallido silencioso en el vacío. Antes de eso la densidad de la materia era infinita. Una fracción de segundo después, era finita. Fue el inicio de todo. Algo muy similar ocurrió con la temperatura. Luego, la materia se fue acumulando gradualmente en las regiones de mayor temperatura lo cual dio origen a las galaxias y posteriormente a las estrellas.

Nebulosa PrimitivaDatos recientes aportan evidencias de que las primeras galaxias y proto-galaxias se formaron en un período de tiempo relativamente corto que va entre los 400 y los 1.000 millones de años siguientes al Big Bang, la Vía Láctea entre ellas. Posteriormente, hace unos 4.600 a 6.000 millones de años, comenzó el proceso de formación de nuestro Sistema Solar en un brazo de esta última. En el principio fue una nube de gas y polvo estelar que en lenguaje oculto recibe el nombre de Antiguo Saturno o Primer Saturno pues el radio de esta enorme masa de materia y energía primitiva alcanzaba la órbita actual de este planeta. A partir de esta nebulosa primigenia se formó la estrella central de nuestro sistema. El Saturno actual, según el modelo cosmogónico que traza la ciencia oculta, se formó a partir de los deshechos de esa nebulosa primitiva.

CronosEl hecho que los griegos hayan identificado a Saturno con Chronos, el guardián del tiempo, tiene relación con este hecho fundamental: el primer germen de lo que más tarde sería la Tierra se sembró en esas remotas edades cósmicas. Por eso se lo llamó Padre Tiempo, pues el tiempo ─desde el punto de vista terrestre─ comenzó en ese astro antiguo. El alma plástica de los griegos representó así a Saturno-Chronos como un anciano de barba larga y blanca. Posteriormente los hombres del Medioevo y el Renacimiento usaron este registro para plasmar en el arte la imagen sublime de la Deidad Suprema. Esta asociación de Saturno con el tiempo absoluto explica algunas características de la personalidad de este dios. El tiempo es, en propiedad, la primera limitación y nos presenta la imagen de la naturaleza como llama que consume el combustible de la vida. En este sentido negativo, Saturno representa el aspecto terrible de la naturaleza, el hambre devorador de la vida, la indiferencia ante el dolor humano, la muerte, el marchitarse de los seres y las cosas. Las obras clásicas de Rubens y Goya que representan a Saturno devorando a sus hijos guardan relación con esta concepción del misterio del tiempo. Pero al ser simultáneamente la matriz de la misma vida que devora ─imposible no pensar aquí en la Trimurti del hinduismo, la Trinidad creadora, preservadora y destructora de la vida─ representa también los cambios, la renovación perpetua, la dimensión en la que todo ocurre, la vida física, la evolución, la conciencia, la eternidad. A esta asociación con la eternidad se debe su relación con la ancianidad, la sabiduría, el entendimiento.

Edoaurd Schuré describe el desarrollo del Antiguo Saturno de la siguiente manera:

La nebulosa saturniana, primera forma de nuestro sistema planetario, consistía en una masa de calor sin luz. El calor es la primera forma del fuego; es por ello que Heráclito decía que el mundo nació del fuego. Tenía la forma de una esfera cuyo radio medía la distancia del Sol al Saturno actual. En sus profundidades no lucía astro alguno ni tampoco desprendía ninguna luminosidad. Sin embargo, y debido al trabajo de las potencias que se agitaban en su seno, en el interior de la nebulosa circulaban efluvios de calor y ondas heladas. A veces, bajo la atracción de los Elohim que bajaban a ella desde el espacio inconmensurable, se elevaban en su superficie trombas de calor de formas ovoides.

El Génesis describe esta primera fase planetaria en su segundo versículo: Y la Tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.[5]

Pero en este mundo primitivo, que perduró unos cuantos millones de años, faltaba la luz física, el agente creador. Fue entonces que las entidades superiores comprometidas en la evolución del Sistema Solar pusieron fin a la fría noche saturnal.

El proceso ocurrió de la siguiente manera: decíamos que el Sistema Solar comenzó siendo una difusa nube de gases y polvo en movimiento que lentamente se fue concentrando como consecuencia de las fuerzas gravitacionales recién despertadas. El calor producido en este proceso generó un pequeño astro central que comenzó a producir más y más calor. Pero la nebulosa proto-solar era inconmensurablemente grande. Su masa era tan colosal que la fuerza gravitatoria inherente a ella alcanzó proporciones gigantescas. Entonces, el incremento de la presión en el interior del sombrío astro primigenio hizo que los átomos de hidrógeno presentes en el núcleo comenzaran a fusionarse de manera similar a como acontece con una bomba de Hidrógeno. Fue esta reacción lo que provocó la ignición del Sol (Entonces Dios dijo: “Hágase la luz”. Y la luz se hizo…; Génesis 1:3). Para la ciencia oculta este momento señala el fin del estado saturnal de nuestro globo y el inicio del siguiente estado planetario o avatar de la Tierra conocido como Antiguo Sol. Este Sol primitivo corresponde a una contracción de la nebulosa original y alcanzó una distancia más o menos coincidente con la actual órbita de Júpiter.

Pero este fenómeno de combustión se mantuvo constreñido al núcleo durante siglos, aunque la reacción en cadena fue extendiéndose lentamente por el interior del astro, incendiándolo todo a su paso. Desde entonces se hicieron presentes las dos fuerzas que hacen posible la vida de las estrellas: la presión gravitatoria procedente desde fuera y la presión explosiva proveniente desde el interior del astro. En esta batalla titánica la segunda fue lentamente ganándole terreno a la primera; y el proceso se fue acelerando conforme la reacción se acercaba a la superficie debido la disminución continua de la presión sobre el núcleo. Un hipotético observador situado en algún punto del espacio frente al astro naciente habría continuado percibiendo una masa oscura por siglos antes que la llama encendida en el núcleo alcanzara la superficie. Le hubiera resultado imposible percibir los gérmenes de los cuerpos planetarios y de los planetesimales que ya palpitaban en su interior. No había rastros de luz. Pero la luz ya había sido “creada”. Cuando finalmente la reacción atómica comenzó a llegar a la superficie, la luz solar centelleó por primera vez en el firmamento.

Sin embargo, al principio la apariencia de este sistema era la de una nube blanquecina extendida irregularmente sobre el espacio, una nebulosa de polvo y gases cósmicos iluminados desde dentro por una llama mortecina. Cuando la fuerza explosiva hizo irrupción en medio de la bruma cósmica expulsó enormes cantidades de partículas hacia el espacio. Esas partículas arrojadas desde el Sol fueron el origen del fenómeno astronómico llamado viento solar. Esta fuerza formidable “barrió” literalmente el sistema, empujando las partículas livianas que encontraba en su camino. También se desprendió de la masa central un disco plano de materia estelar constituido por gases, polvo y objetos rocosos y de hielo, el cual comenzó a girar a su alrededor. A partir de este disco circumestelar se fue produciendo una creciente aglomeración de partículas cada vez más grandes hasta llegar a formar cuerpos planetesimales, luego protoplanetas y, finalmente, los actuales planetas. Con el paso del tiempo las partículas ligeras que no fueron capturadas por la atracción gravitatoria de los planetas fueron arrojadas al espacio y pasaron a formar parte del Cinturón de Kuipier, el Disco Difuso y la Nube de Oort, verdaderos enjambres de materia estelar conformados por miles de millones de cuerpos celestes de diferentes tamaños, entre ellos cometas y asteroides que orbitan en torno al Sol en la región transneptuniana. Mientras tanto, la masa del astro central se fue comprimiendo paulatinamente hasta alcanzar un radio semejante al actual.

E. Schuré describe este período de la siguiente manera:

La esfera del primer Sol llegaba hasta el Júpiter actual. Este Sol era más vivo que cualquiera de los planetas que habrían de salir de su seno. Estaba formado por un tenebroso núcleo de humo y por una inmensa fotósfera, no de metales en fusión, como la del Sol actual, sino de una materia más sutil, de un fuego etéreo, límpido y transparente. Un espectador que hubiese observado el Sol desde Sirio habría visto que periódicamente brillaba y se empalidecía, se volvía a encender y se apagaba de nuevo. Nuestros astrónomos han observado estrellas similares en el firmamento. El Sol primitivo tenía su aspiración y expiración regulares. Su aspiración, que parecía hacer entrar en él toda su vida, le volvía tenebroso y casi tan oscuro como Saturno. Pero su expiración era un maravilloso fulgor que proyectaba al infinito su rueda de luz.

Ahora bien: estas tinieblas y esta luz procedían de la vida de los Dioses, de los Elohim, que reinaban sobre el astro…[6]

Tendremos oportunidad de referirnos más adelante a este actuar de los dioses sobre la materia prima planetaria y solar.

El escenario estaba siendo preparado para la vida. Los planetas y planetesimales hicieron su aparición en el torbellino del anillo solar. Mientras esto sucedía, el Sol se contrajo aún más y comenzó a elevar su temperatura progresivamente. En esta nube de mundos en ebullición constantemente se producían choques entre astros lo que fue configurando paulatinamente el sistema planetario tal como lo conocemos en la actualidad. Cerca del Sol se dieron cita los elementos más pesados formando los planetas interiores, los más ligeros se concentraron más afuera, dando origen a los planetas exteriores. Este proceso se prolongó por espacio de unos 100 millones de años y en su transcurso se formó la Tierra primitiva, la cual albergaba aún en su seno el material que más tarde le daría forma a su satélite.

Esta etapa, correspondiente a la siguiente fase evolutiva de nuestro hogar cósmico, recibe el nombre de Antigua Luna o Luna Primitiva ─también ha sido llamada Tierra-Luna, Segunda Tierra o Tierra Oscura─. Una vez asentada la estructura básica del sistema, cada cuerpo continuó su propia evolución. La Antigua Luna vendría a ser entonces la Tierra de aquellos remotos tiempos en que el viento solar, por espacio de miles de millones de años, barrió el Sistema Solar de las partículas que frenaban las órbitas de los planetas, empujándolos hacia el Sol central. Gracias a ello las órbitas se fueron extendiendo y afianzando lentamente hasta alcanzar el estado actual.

Origen de la LunaEntonces, en algún momento, hace unos 4.500 millones de años, la Tierra-Luna fue impactada por un gran cuerpo celeste que compartía su misma órbita lo que desprendió parte de su masa. Una porción de esta masa desgajada de la Tierra primitiva proporcionó la materia prima para la formación de su satélite natural: la Luna actual. Este fue el origen del estado “Tierra” propiamente tal de nuestro planeta. El astro agresor, de masa similar a Marte, fue bautizado como Theia, lo cual es una notable confirmación de hasta qué punto la ciencia y la tradición se dan la mano cuando de remontarse al pasado se trata ya que Theia o Tea es una diosa griega considerada la madre de Helios (Sol), Selene (Luna) y Eos (la Aurora).

Ya puede ir quedando claro que los antiguos adeptos, que inspiraron los relatos cosmogónicos de los pueblos de la antigüedad, no andaban tan perdidos. Los profundos misterios del Universo les fueron revelados a estos sabios por medio de su visión espiritual o clarividencia. No necesitaron de instrumentos ni de intrincados medios técnicos para describir los complejos procesos que dieron forma al escenario cósmico conocido e hicieron posible la aparición de la vida. Los hombres de ciencia de hoy poseen la clave para mostrarnos el otro aspecto del mundo. El paso que hemos de dar ahora, de la mano de las enseñanzas de unos y otros ─los sabios de hoy y del pasado─ es hacer la síntesis que nos proporcione una imagen completa de los grandes misterios del Universo del que formamos parte.

Entre estos misterios, tal vez el más grande es el de la existencia de la materia y la energía oscuras. Hay que tener presente que sólo entre un 4 y un 6% del Universo se compone de material conocido por la ciencia. Un gran porcentaje del elusivo e inquietante saldo corresponde a lo que se denomina “materia oscura”. Este término hace alusión a cierta clase de substancia cuya existencia no puede ser detectada por medio de ninguna clase de procesos asociados a la luz. Es decir, se trata de materia que no emite ni absorbe radiaciones electromagnéticas ni lumínicas. Su existencia sólo ha llegado a conocerse de forma indirecta a través de los efectos gravitacionales que genera en su entorno ya que es la fuente principal de las fuerzas gravitacionales que interactúan en el escenario cósmico siendo así, al menos parcialmente, responsable de la formación de todas las estructuras existentes en el Cosmos. De este modo, conocer la cantidad de materia oscura esparcida por el espacio resulta indispensable para determinar el futuro de nuestro Universo. La masa total de éste se representa con la letra griega Omega. Si no hay suficiente materia oscura como para ligar gravitacionalmente al Universo, éste podría continuar expandiéndose infinitamente. Este sería el caso si el valor de Omega fuera igual o menor que 1. En cambio, si existiera la suficiente masa ─es decir, si el valor de Omega fuera mayor que 1─ el Universo podría finalmente frenar su expansión, detenerse y comenzar a contraerse, para eventualmente colapsar sobre sí mismo. Es lo que los hombres de ciencia han bautizado como Gran Implosión o Big Crunch. La presencia de la materia oscura fue descubierta inicialmente en 1932 por el astrónomo holandés Jan Oort.

El descubrimiento de la energía oscura es aún más reciente. Data de 1988 cuando, tratando de calcular la cantidad total la masa del Universo ─por medio del cálculo del nivel de desaceleración de la expansión─, los científicos se encontraron con una sorpresa mayúscula: ésta en vez de desacelerarse ─como era de esperarse dado el freno gravitacional de la masa acumulada de las galaxias─, se aceleraba. Este nivel de aceleración de la expansión mostró que la fuerza gravitatoria resultaba insignificante si se la comparaba con una fuerza nueva, completamente desconocida, que obliga a las galaxias a separarse. A este novum, del que los científicos no sabían absolutamente nada, se le asignó el nombre de “energía oscura”.

De este modo se llegó a calcular la distribución de la masa total del Universo de acuerdo a la siguiente proporción:

  • Materia normal (llamada bariónica): 4 a 6%
  • Materia oscura: 25 a 30%
  • Energía oscura: 65 a 70%

Hay quienes se han referido poéticamente a la energía y la materia oscuras como “el rostro oculto de Dios”.

Otro misterio planteado por la ciencia contemporánea surgió de la noción de que el Universo conocido corresponde sólo a una fracción de la realidad física. Se acuñó entonces el término “Multiverso” para designar los múltiples Universos posibles, comprendiendo la totalidad del espacio y del tiempo, así como todas las formas de materia y energía descubiertas y por descubrir. De este modo los hombres de ciencia se han abierto a la existencia de universos paralelos o múltiples planos de existencia, también llamados universos alternativos, universos cuánticos, mundos paralelos, etc. Es imposible no pensar aquí en el concepto de “Cielos” propio de las religiones de todo el globo; es decir, mundos que se compenetran con el “mundo humano”, los que pudieran estar habitados por otra clase de seres, otra clase de vida, partiendo por las distintas jerarquías divinas (ángeles, arcángeles, serafines, etc.), hasta otras versiones de nosotros mismos.

Por Javier Orrego C.

Fragmento de El Evangelio de la Luz, Cap. Un esbozo cosmogónico


[1] La cifra exacta es 13,73 ± 0,12 mil millones de años. Esta cifra en particular ha sido arrojada por los Proyectos WMAP (Wilkinson Microwave Anisotropy Probe) de la NASA y CBI (Cosmic Background Imager o Generador de Imágenes de Fondo del Universo) emplazado en el Observatorio de Chajnantor en San Pedro de Atacama, Chile. WMAP-NASA es una sonda espacial lanzada en 2001 cuya misión es el estudio del firmamento y la medición de las diferencias de temperatura que se observan en la radiación de fondo de microondas del Universo, un remanente del Big Bang. El CBI es un radiotelescopio especialmente diseñado para estudiar el mismo fenómeno.

[2] Citado por A. Aldunate Phillips en su obra Luz, Sombra de Dios, pág. 17.

[3] Id.

[4] Walter Isaacson, Einstein, his Life and Universe.

[5] E. Schuré. La Evolución Planetaria y el Origen del Hombre, Muñoz Moya y Montraveta Editores, Barcelona, 1984; páginas 40 -41. Cita de la Biblia es de Génesis 1:2.

[6] E. Schuré, op. Cit., pág. 45-46.

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