Reflexiones al pasar: El cobre, Venus y la estrella de ocho puntas

metro

Por Javier Orrego C.

Escondidos como una bendición en las profundidades de sus altas montañas están los riquísimos yacimientos cupríferos de Chile. Chile es el principal productor y exportador de cobre del mundo, además de poseer las mayores reservas.

En alquimia el cobre ―el “metal rojo”― posee una íntima correspondencia con el planeta Venus, cuya naturaleza es entendida en lenguaje simbólico como femenina, receptiva, pasiva. Por otra parte, según afirma el famoso psiquiatra suizo Carl G. Jung, los metales, debido a su carácter subterráneo, representan la energía sexual y su sublimación.

El planeta Venus está íntimamente unido a la psiquis colectiva nacional. Es que la estrella de la bandera, nuestra Estrella Solitaria ―la estrella de Arauco, según O’Higgins―, representa también a ese planeta. Esta estrella es, por lo demás, la más brillante y bella de las luminarias del firmamento, y fue llamada alternativamente por los sabios de otros tiempos Hesperos o Phosphorus, según su identificación con el lucero de la tarde o el astro matutino.

En paralelo, por tradición oral la estrella de Chile ha sido asociada desde antiguo a la constelación de Virgo, la Virgen celestial, especialmente bajo la advocación de la Virgen del Carmen, Reina de Chile y Patrona de sus Fuerzas Armadas. También la Virgen, en tanto que madre o puerta terrenal para la encarnación del Verbo o Logos, es frecuentemente considerada como Stella Matutina o Estrella de la Mañana (Phosphorus), predecesora, precisamente, del Sol (el Verbo). Por otra parte, el nacimiento de Chile como nación independiente, que se conmemora el 18 de septiembre de cada año, ha quedado inscrito para siempre bajo el signo astrológico de Virgo. De modo que existe una íntima correspondencia simbólica entre el cobre ―el “sueldo de Chile”―, la estrella de nuestro emblema patrio y la Virgen.

¿A qué viene todo esto? A que el destino de Chile se juega, a mi juicio, entre los dos aspectos de Venus, ya sea como Hesperos (el astro que anuncia la noche) o como Phosphorus (el que señala el advenimiento de la aurora, de la mañana, de la Luz).

Me explico. Buena parte de los recursos de este país tienen que ver con el cobre. A lo largo del tiempo, en esta bicentenaria historia de Chile, ha ocurrido siempre como si la tierra abierta, fecunda, generosa, se donara a sus hijos en la forma de este elemento rojizo y dúctil, conductor del calor y la electricidad. Un metal rojo, rojo como el fuego, como la sangre, como el vino. El rojo, que forma parte también del tricolor de la bandera, es símbolo de vida, de fecundidad, de pasión y de entrega. Pero es también un color ambivalente, ambiguo, impreciso, pues es al mismo tiempo el color de la sangre que se derrama, del fuego destructor y de la pasión desbordada.

Aquí cabe preguntarse: ¿con cuál de estas características se identifica Chile?

Por lo general la extracción de los metales desde la matriz de la tierra se asemejaba en la antigüedad a los procesos de purificación y sublimación espiritual que se producen al interior del alma humana. Así, los países metalíferos ―Chile en particular―, están llamados a realizar esta catarsis de los elementos impuros de su naturaleza en función de objetivos más elevados que obviamente se armonizan con lo propio de Virgo, de la Virgen; esto es, con lo femenino en sí, es decir, con lo pasivo, oscuro, móvil y dúctil de su naturaleza (todo en la metalurgia tiene que ver con la impronta de la Madre Tierra que se dona a sí misma en la forma de un metal determinado).

Eso sí, el peligro evidente de lo móvil y de lo oscuro, así como con la perpetua receptividad de lo femenino ―el elemento líquido del alma―, está en la inestabilidad, en la oscilación, en la inseguridad perpetua, en la fluctuación agotadora (piénsese en el caprichoso mar que tranquilo nos baña); por supuesto, también en lo hosco, en lo lóbrego y tenebroso de la naturaleza humana.

¿Qué no tiene esto nada que ver con el alma de Chile? El autor de esta nota piensa que sí.

Chile está lleno de gente que se identifica con los dos aspectos de Venus, el lucero del alba y del crepúsculo, del ocaso. El alma en penumbras de la mayoría de los chilenos ―permítaseme asociar la ignorancia a las penumbras del alma―, se encuentra en perpetua oscilación entre la decadencia, el declive, la vocación por lo bajo, por la ruindad y la sordidez; y lo luminoso, la superación de sí, la elevación.

¿Qué no ocurre lo mismo en todas partes? Por cierto, pero vislumbro que en Chile en particular esta oposición se da en mayor grado que en otros derroteros. Y es que este país podría, si quisiera, abrir puertas que otros no pueden. Sin embargo, tozudamente no se decide a hacerlo. La riqueza del cobre permitiría proyectar el futuro de otra manera, podríamos ser visionarios, levantarnos de la postración espiritual y cultural en que hemos caído y convertirnos en un país distinto. Esas cosas han ocurrido en el pasado. Piénsese en lo que llegaron a ser los Estados Unidos, Europa y los grandes del Asia Pacífico apenas unos pocos años después de la Primera y la Segunda Guerras. Véase el ejemplo de alemanes, franceses, ingleses, estadounidenses, japoneses, etc. En pocos años todo lo que fue destruido en la debacle de las guerras mundiales fué levantado igual o mejor que antes. ¡Y todo en pocos, poquísimos años!

¿Por qué Chile no podría seguir ese ejemplo? Ese sería el Chile a tono con la estrella matutina, el “lucero del alba”, el que anuncia la Luz.

En cambio, tenemos que conformarnos con el Chile que se remite a constatar el ocaso, el declive permanente de su alma, el crepúsculo de los valores de su antigua civilidad, la propagación sin control de la ignorancia, que va de la mano con la negligencia culpable de sus élites, con la condescendencia colectiva y el despilfarro de la herencia de los mejores entre los que nos precedieron en el tiempo. Véase a nuestras autoridades plantadas en el ombligo de su propia vacuidad, la carencia de visión, la dilapidación de los sueños y del talento, la omnipresencia de la mediocridad, la violencia, el sin sentido, la destrucción del paisaje.

En cualquier área del ámbito público y privado de este país, el típico representante de nuestra clase dirigente es, lo sostengo con firmeza, como el cóndor de nuestro escudo patrio que planea majestuosamente en las alturas de nuestras montañas nevadas sin apenas asomarse en la llanura, como no sea para aprovechar cualquier oportunidad que se le presente únicamente para bajar a alimentarse. El cóndor, que dicho sea de paso es un ave magnífica, no deja de ser un animal carroñero.

Pero ¿y los demás, el pueblo, los “ciudadanos”, la “gente”? ¿Qué no está claro? El resto de los chilenos son como los huemules, ciervos tímidos, dóciles, desarmados, inofensivos. Sí, esta es la polaridad en la que nos movemos los chilenos: somos cóndores o huemules, aves carroñeras o ciervos tímidos, valientes o cobardes según convenga (no nos cuesta nada ser valientes y hasta prepotentes con los bolivianos, pero con los argentinos… ya sabemos lo que nos ha pasado siempre con los argentinos), pero en todo caso, casi siempre indiferentes, pasivos, neutrales. Ser “neutral” es lo propio de la gran mayoría de los chilenos. Muy pocos escapan a la media.

¿Y los estudiantes descontentos? ¿Esos “revolucionarios” que se toman la calle a cada rato al son de los eslóganes que vomitan al efecto esos mamarrachos que pasan, en la actualidad, por cabecillas populares? Esos son los peores, las ratas del barco o, mejor, los perros o hienas que atacan en manadas porque uno a uno, en su abismal insipidez, no son nada.

Bueno, yo estaba hablando del cobre. Ocurre que parte de los atributos de Venus tienen que ver con lo caliente, con lo húmedo… pero yo aquí me detengo. Basta. Otras muchas reflexiones se pueden hacer a partir de las características de esa parte venusina de los chilenos: la tibieza, la inclinación al ocio, la vocación irreductible por el hedonismo degradado y degradante de los feligreses del consumo.

Pero basta.

Recuerdo cierta ocasión en que, subiendo a un vagón del metro de Santiago, me encontré de frente con una pobre señora que, bajándose del carro, increpaba a unos escolares gritándoles: “¡Calientes, hijos de puta! ¡Maricones!”. Todos los pasajeros se largaron a reír.

En fin, que la fuerza esté con ustedes…

Anuncios