MISTERIOS ANTIGUOS Y MODERNOS

Por Javier Orrego C.

Grabado de FlammarionUna grieta en el suelo de la ciencia: el resquebrajamiento de los paradigmas

Para comprender cabalmente la misión del Cristo es necesario remontarse al origen de nuestro mundo, ya no sólo de la Tierra tal como la conocemos, sino de las encarnaciones anteriores de la Tierra. Esto que aparentemente sonará a los espíritus materialistas como un disparate no lo es tanto si se concibe que nuestro planeta, al igual que el hombre, ha debido pasar también por una evolución anterior. Es infantil creer que las cosas hayan llegado a ser como son producto del mero devenir mecánico de los acontecimientos cósmicos.

La diferencia fundamental entre la ciencia materialista moderna y la ciencia espiritual estriba en el reconocimiento o la negación de la presencia de un propósito superior detrás de los fenómenos naturales. La pregunta es: ¿es el Universo que conocemos resultado de una creación propiamente tal ─es decir, fruto de un acto volitivo de un ser superior─ o, lisa y llanamente, producto del desenvolvimiento mecánico de relaciones de causa y efecto entre un conjunto de fuerzas preexistentes que de algún modo todavía desconocido entraron en relación en el Universo material? Dicho de otro modo, ¿es posible percibir la existencia de una Inteligencia Cósmica detrás de los fenómenos inteligibles de la naturaleza? Obviamente, el modo de responder estas interrogantes determina la forma como nos enfrentamos con el misterio de la vida.

Muchos hombres inteligentes ─brillantes incluso─ han vivido, pensado y amado el conocimiento negando, al mismo tiempo, la existencia de un propósito o designio superior. Hay un sinnúmero de explicaciones de la realidad que han dejado completamente de lado la posibilidad que tras los fenómenos del mundo material exista una realidad trascendente. Para estas mentes la persistencia de misterios en el ámbito del conocimiento tiene que ver única y exclusivamente con la incapacidad circunstancial de la mente humana para dar con la totalidad de las leyes y causas naturales que expliquen el mundo y sus contingencias. Esta forma de pensar refuta, ciertamente, la existencia de fuerzas sobrenaturales que operen sobre el plano del acontecer cósmico.

Esta clase de hombres de ciencia, dotados de una colosal capacidad intelectual ─sedientos de racionalidad, de sensatez, de lógica pura─, se pasan la vida encerrados en sus laboratorios, en sus cátedras, en sus observatorios, echando las redes de la inteligencia en los insondables dominios de lo inteligible, dedicados a armar pacientemente el inmenso rompecabezas de la realidad fragmentada en la que viven. Y como verdaderos titanes del saber, con sus heroicos esfuerzos lo único que consiguen es ensanchar ilimitadamente los horizontes de la erudición humana, buscando afanosamente las causas últimas ─y elusivas─ de los fenómenos naturales que han convertido en su objeto de estudio. Todo bien, claro está, siempre y cuando no se llegue al límite de preguntarse por la causa primera. En ese punto difieren, notoriamente, los caminos de la ciencia espiritual y de la ciencia moderna.

En el primer capítulo de su libro El pueblo del secreto, el investigador Ernest Scott hace la siguiente reflexión:

Un cometa cruza el cielo y hace estremecer la Tierra, y los hombres se encienden con la energía de su paso. Asteroides colisionan y esparcen su sustancia a través del firmamento. En la Tierra un continente se hunde, una isla emerge del océano. Un desierto se convierte en nuevo mar, tierra fértil se vuelve desierto. Naciones, razas enteras, surgen, declinan y desaparecen dejando sólo leyendas para marcar su existencia y su paso. ¿Acaso es todo accidente? ¿Acaso carece de significado alguno todo el empuje y colisión de fuerzas ciegas? ¿O quizás todo tiene un propósito intencional, con su razón y significado dentro de un momento presente inmensamente mayor de lo que podamos imaginar?

Hasta hace poco tiempo había pocas dudas en la mente de los hombres acerca de la respuesta. Las cosas ocurrían intencionalmente. La intención podía ser benigna a nivel humano, o podía ser hostil, pero a cierto nivel, en alguna escala, tenía significado. Incluso si la intención era implacable, la existencia de ésta nunca era dudada. “La Serpiente se ha tragado al Sol” y “el Señor otorga, el Señor arrebata”, son observaciones separadas por milenios, pero representan la misma aceptación incondicional de que Alguien o Algo ejercía Voluntad, y por consiguiente, Propósito, como árbitro superior y lo gobernaba todo. Así fue durante incontables generaciones de hombres.

Entonces, en el espacio de unos breves siglos, una nueva imagen nos fue impuesta, y la suposición básica que había sustentado al hombre ─consciente o inconscientemente─ durante quizás veinte mil años fue desechada. Ocurrió que la ciencia occidental había escogido investigar los fenómenos naturales desde cierto punto de vista (que ahora nos parece arbitrario), y había descubierto que era posible aislar las fuerzas que producían fenómenos. Descubrió también que era posible invocar estas fuerzas, duplicar el fenómeno y predecir el resultado. De repente no había lugar para el propósito en el Universo. Los fenómenos funcionaban perfectamente en un vacío sin propósito, y por el principio de la cuchilla de Occam ─no introducir arbitrariamente elementos innecesarios para explicar lo que tiene que ser explicado─ el bebé fue arrojado, un tanto descuidadamente, junto con el agua del baño.

Ahora parecía que el Universo era un sistema mecánico de empujes y tirones. No había libre voluntad porque todo estaba determinado de antemano. No había contingencia. Donde las leyes mecánicas eran absolutas no había lugar para el libre albedrío o la contingencia. Dadas las coordenadas de un suceso y suficiente información al respecto, todos los sucesos futuros serían predecibles. El Universo se consumiría o estallaría. Aún no teníamos suficientes datos para afirmar cuál, pero sería una de ambas alternativas. Si un número suficiente de monos danzara durante suficiente tiempo en suficientes máquinas de escribir, las obras de Shakespeare al final serían escritas. Era estadísticamente inevitable.

Todos los fenómenos observados, incluyendo la vida, eran ahora ─tenían que ser─ consecuencias accidentales de fuerzas sin propósito actuando arbitrariamente sin la intervención de nada fuera de la intrínseca mecanicidad que era el fundamento de la naturaleza. La vida tampoco presentaba problemas. Formas “superiores” evolucionarían a partir de formas “inferiores” debido a que los mecanismos inherentes en situaciones anteriores contenían la inevitabilidad de situaciones posteriores. Tanto si a nuestros supersticiosos antepasados les gustara como si no, así es como era el Universo. El intelecto había resuelto el secreto final al mostrar que de hecho no había secreto final. Evidentemente no había ningún fantasma en la máquina…[1]

Pero llegó el siglo XX, y de la mano de la física teórica los sabios se internaron en campos del saber que trajeron de improviso de vuelta al “fantasma”. Ocurre, como señala Scott, que mientras ciertos experimentos constataban que la energía era una corriente continua, otros demostraron que en realidad era discontinua. Que la luz era al mismo tiempo corpúsculo y onda. Y que un quantum de energía era más pequeño que un átomo y a la vez tan grande como para dividirse en dos al chocar con una plancha de metal. Y también que, bajo ciertas condiciones, dos más dos no sumaban cuatro.

Finalmente en 1927 Werner Heisenberg sugirió el descorazonador principio de la Incertidumbre que da cuenta de la imposibilidad humana de conocer exactamente, en el campo de la microfísica, cómo suceden los fenómenos. Y desde ese momento comenzó a venirse abajo todo el paradigma mecanicista. ¿Qué había ocurrido? Muy simple: Heisenberg había demostrado que, en el fondo, la mente humana no puede penetrar en la esfera de lo infinitamente pequeño sin alterar sustantivamente el fenómeno observado. En otras palabras, que “algo” en los elementos constitutivos de la realidad material ─en el Universo de las micropartículas─ no puede ser conocido por el intelecto humano, que hay una esfera a la que el hombre no puede asomarse sin alterar profundamente su estructura[2].

En su obra de divulgación El Universo en una cáscara de nuez, el científico Stephen Hawking cuenta que Einstein quedó profundamente turbado cuando conoció el resultado del trabajo de Heisenberg, el cual planteaba la existencia irrefutable de un elemento aleatorio e impredecible en las leyes básicas de la materia derivadas de la mecánica cuántica. Se dice que Einstein expresó entonces sus sentimientos diciendo que “Dios no juega a los dados”. Sin embargo, ahí estaba, frente a las narices de todos, el umbral desconcertante. Frente al misterio, en algún momento el mismo Einstein, en un arrebato poético, llamó a la luz “la sombra de Dios”. Este asunto no es trivial. La ciencia actual ha llegado, por ejemplo, a conocer la constante de la velocidad de la luz (300.000 kilómetros por segundo). Y tal como lo hace notar A. Aldunate Phillips:

…esta velocidad constante es además la velocidad máxima que la mecánica acepta como posible para la materia; las ecuaciones de Einstein nos dicen que la velocidad acorta la dimensión de los cuerpos en el sentido de su marcha y, al mismo tiempo, aumenta su densidad; pero… cuando esta velocidad lograra alcanzar los 300.000 kilómetros por segundo, o sea, la velocidad de la luz, el largo del cuerpo debería reducirse a cero y su densidad sería infinita; absurdo conceptual que parece demostrar que tal límite es inalcanzable y que la luz no es materia puesto que, ella sí, puede trasladarse a esa velocidad. De todo lo dicho resulta ampliamente justificada la denominación dada por Einstein a este flujo maravilloso que se nos deshace entre los dedos, pero que parece comandar gran parte de los fenómenos del Cosmos: la sombra de Dios…[3]

Más adelante esta definición poética del gran sabio alemán adquirirá para nosotros una nueva profundidad. Lo importante por el momento es comprender que por esa brecha abierta en la rígida estructura conceptual de la ciencia moderna, se cuela, tal como dice Aldunate, la sospecha de que “la cada día más innegable, unívoca e interrelacionada organización del Universo exige, requiere, de un Omnisciente Creador cuya huella ‘digital’ matemática inconfundible aparece como secreto nexo entre cada hallazgo de la ciencia[4]. Es decir, que a partir de los datos científicos, a partir de lo que se sabe en relación a los elementos constitutivos de la materia, de lo que desde el interior de la materia misma da forma a lo que se manifiesta en el macrocosmos (sol, planetas, vida, etc.), algo se mueve. Y que ese algo se comporta con Inteligencia.

Y aquí surge una vieja pregunta: ¿y cómo si no? O sea, ¿cómo podría lo inteligible en el Cosmos ─es decir, aquello que puede ser decodificado y comprendido por el hombre usando su inteligencia─ no ser producto de una especie de Inteligencia Cósmica? ¿Cómo podría un simple juego de dados de la naturaleza forjar la vida, la conciencia, la luz, el fuego, el calor? En suma, ¿cómo podría una no-inteligencia ─digamos, la mera producción aleatoria y mecánica de fenómenos naturales─ crear un Universo inteligente?

Es ese umbral descubierto por la ciencia materialista el que le abre las puertas a la ciencia espiritual. Y desde entonces cada vez más gente se ha ido dando cuenta de que muchas interrogantes que se hace hoy en día el hombre ─preguntas, por ejemplo, respecto al origen de la vida, a las edades de la Tierra, etc.─ habían sido respondidas en la antigüedad y hasta bien entrada la Edad Media. Y por ahí las nociones del “progreso” y de la “evolución continua” de la humanidad fueron perdiendo peso, por lo menos en el sentido en que fueron concebidas en Occidente hasta el primer tercio del siglo XX.

Hay mucha información circulando por ahí respecto de ejemplos muy concretos de esta capacidad de anticipación científica de hombres que vivieron en épocas pasadas o, eventualmente, de retroceso o despiste de los arrogantes científicos modernos en lo que concierne, por ejemplo, a la composición última de la materia, a la teoría de la evolución, a las capacidades escondidas de la mente humana o, incluso, a secretos aún no descubiertos en relación a la fisiología del cuerpo humano.

Pero Ernest Scott continúa su disertación mostrando por dónde se han ido abriendo las puertas de ese pasado desconocido:

De hecho en 1927, cuando Heisenberg estaba dando forma al gato que había aparecido entre las palomas, la solución al compás de espera científico en el Occidente estaba ya circulando libremente en Europa y América; un accidente aparentemente fortuito de origen oriental (…). Este material no tomó la forma de un artículo científico, y no era de textura familiar. No tuvo por lo tanto el impacto que el Occidente normalmente habría otorgado a una idea revolucionaria. Asumió la forma de una enseñanza muy antigua acerca de la naturaleza del hombre, y muy pocos pensadores en Occidente tomaron nota de ella. Aún menos vieron que detrás de su apariencia poco familiar yacía un método de reconciliar los conflictos aparentemente insolubles de la ciencia occidental. Aunque este material era probablemente de aplicación universal, era muy adecuado para el dilema de la ciencia occidental en el primer tercio del siglo XX. Implicaba que la libre voluntad y la causalidad no eran irreconciliables; ambas podían ser acomodadas dentro de un marco que poseyese diferentes cualidades de tiempo. De hecho, la causalidad podía ser el campo de operación para la voluntad a otro nivel. Occidente había actuado correctamente al detectar ambas, y bastante incorrectamente al asumir que no podían existir juntas. Curiosamente esta idea ya existía en Occidente, pero se había enraizado en ciertas suposiciones devaluadas de ocultismo y, no teniendo justificación aparente, se había ignorado. Como contraste, muchos de los corolarios de esta enseñanza habían tenido una vigencia casi instintiva entre grandes grupos de población oriental durante varios milenios. Allí toma forma de leyenda el que los asuntos de la humanidad, el flujo y reflujo de la historia, están sujetos a una dirección intencional proveniente de un nivel superior de comprensión; siendo manejado el proceso por una jerarquía de inteligencias ─el nivel más bajo de las cuales establece contacto físico con la humanidad─.

A continuación, Scott cita un artículo aparecido en el London Evening News el 10 de febrero de 1969 donde se sostiene que…

… algunos aspectos de esta leyenda llegaron a Occidente durante las Cruzadas; la idea fue renovada por el pensamiento rosacruz en 1614; fue introducida con algunas variantes en el siglo pasado por Mme. Blavatsky y el diplomático francés Jacolliot; fue sugerida de nuevo por el autor inglés Talbot Mundy, y más recientemente por el viajero mongol Ossendowski en 1918.[5] En el misterioso Shangri-lá de esta leyenda, ciertos hombres, evolucionados más allá de la situación humana ordinaria, actúan como regentes de poderes más allá del planeta. A través de las jerarquías inferiores ─que se mezclan insospechadamente en los asuntos ordinarios de la vida, tanto en Oriente como en Occidente─ actúan en momentos críticos de la historia, ingeniando los resultados necesarios para mantener la evolución entera de la Tierra en línea con los acontecimientos en el sistema solar (…). La tradición de la cual todo esto parece ser una parte ha sido relacionada con fenómenos tan diversos como la restauración de la cultura después de Gengis Khan, la poesía árabe, los trovadores, el comodín de nuestros naipes, los francmasones, los templarios, el Renacimiento, la cultura sarracena en España y la orden franciscana de la Iglesia Católica. También se ha observado que algunas de las más modernas ideas de la psicología freudiana y jungiana fueron descritas por miembros de esta misma tradición desde el siglo XI, cuando no había vocabulario occidental capaz de transmitir las ideas…[6]

Todo esto sugiere, evidentemente, una apertura de mente, una nueva libertad de conciencia o de pensamiento. Nuevas ideas debían abrirse paso en la cerrada estructura mental del hombre culto moderno. Entonces ideas y tradiciones que provenían del ámbito de lo irracional, de los abismos del inconsciente colectivo, debieron ser expuestas y analizadas con la afilada herramienta de la razón humana, que entrenada en el arduo ejercicio metodológico de la ciencia racionalista estaba mejor preparada que antes para comprender tanto la verdadera profundidad de los mitos antiguos como las nuevas revelaciones espirituales surgidas al amparo de esta flamante nueva imagen del mundo. Y entonces un nuevo Universo surgió de las sombras del viejo paradigma racionalista, hebras de la madeja de la ciencia se internaban en los oscuros derroteros de un bosque encantado. La Bella Durmiente ─el alma humana─ tenía que ser despertada por el príncipe recién llegado ─esto es, por el espíritu liberado del pesado yugo de la superstición y del dogma─ para emprender la peregrinación rumbo al castillo ubicado en la cima de una montaña encantada ─la Verdad elusiva, la Sabiduría, el Conocimiento─, regido por el Supremo Monarca del mundo ─el Yo Superior humano, el Cristo Interno, hecho a imagen y semejanza del Cristo Cósmico─.

El camino era largo y difícil ─y peligroso también─, ambos lo sabían, pero la suerte estaba echada. El hombre no puede dar un paso atrás en esta romería sin el riesgo de despeñarse por la pendiente tenebrosa del conocimiento. Jamás una imagen del mundo, una concepción del Universo, ni sabiduría alguna, ha sido conquistada sin esfuerzo, sin riesgo para el alma del buscador circunstancial. Para conquistar la Luz ha sido siempre necesario arrostrar las Tinieblas. Para encontrar a Dios hay que estar dispuesto a enfrentar al Enemigo de Dios…

Ocurre que en el interior de la mente humana hay también infinidad de mundos perdidos. El hundimiento de la Atlántida en los albores de nuestro actual ciclo histórico significó también un hundirse de algo bajo el umbral de la conciencia humana. Algo que ahora resuena desde las profundidades indicando un camino posible de retorno al mundo espiritual. La herencia de la ciencia moderna, todo ese cúmulo de conocimiento fragmentario, claramente ya no basta. La humanidad asume lo sabido, lo conquistado por la ciencia, pero exige algo más, exige sentido, organicidad, armonía. Ahí están los fragmentos ─se dice─, ahora hay que unirlos. En la mente del hombre de hoy el Universo ya no es más un mecanismo, sino un ser viviente dotado de alma y propósito. A partir de este punto ha surgido la necesidad de entender la historia del mundo a partir de una perspectiva trascendente. El Universo, la Tierra, el hombre mismo, son la plasmación de algo cuya preexistencia es la prueba visible de la presencia de un nivel superior. Ciertamente detrás del hombre está el arquetipo del hombre. Pero ¿y detrás del arquetipo qué…?

Así, la sola existencia de la conciencia humana sugiere la presencia de una conciencia superior. Todo lo que es ha llegado a ser, producto de una historia con sentido dirigida por una Inteligencia Cósmica omnipresente cuyas trazas es posible distinguir tras los fenómenos y las formas del Cosmos que habitamos. Rastros que adivinamos en la armonía de los números que subyacen por doquier ─como una huella digital, según afirma Aldunate─ en las esferas paralelas de lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño. Pero también en la luz, la vida, el amor, el fuego, el calor, la inteligencia. Todo es reflejo de algo que danza en el Cosmos, algo que teje, que urde, que fragua, bajo un millón de máscaras, la realidad profunda de los seres y las cosas.

[1] Ernest Scott, El pueblo del secreto. Editorial Sirio, 1990.

[2] El principio de Incertidumbre de Heisemberg establece que cuanto mayor es la precisión con que se intente medir la posición de una partícula, menor es la precisión con que se puede medir su velocidad y viceversa. Ambas informaciones no pueden obtenerse con exactitud. Lo curioso es que el producto de ambas “incertidumbres” en la observación de estas micropartículas resulta siempre igual a una constante universal: la constante de Planck. Éste había descubierto dos décadas antes que todos los intercambios de energía poseen estructuras discontinuas, que los átomos al radiar envían sus ondas en “grupos” o “atados de energía” que llamó quantos de acción. Este descubrimiento revolucionó completamente el campo de la física clásica por sus consecuencias desconcertantes. Hasta ese momento, los hombres de ciencia siempre pensaron que la naturaleza procedía a través de procedimientos continuos. Ahora bien, según Planck, estos pequeños “saltos” de energía tienen la característica de ser siempre iguales, aunque difieran proporcionalmente según la frecuencia de la onda que los transmite. Pues bien, esta proporcionalidad entre la frecuencia y el valor del quanto es una constante universal (la constante “h” de Planck) y se expresa en la fórmula: E = h x v (es decir, la cantidad de energía encerrada en un determinado quanto es igual a la constante h de Planck multiplicada por el largo de onda o radiación que transmite la energía considerada). El valor de h es 0, 000000000000000000000000000655 o, lo que es lo mismo, h = 6.55 x 10 -27. (Arturo Aldunate Phillips, Quinta Dimensión, Joaquín Almendros Editor, Santiago de Chile, 1972)

[3] A. Aldunate Phillips, op. cit.

[4] A. Aldunate Phillips, Universo Vivo.

[5] Ossendowski en realidad es polaco.

[6] Ernest Scott, op. cit.

Javier Orrego C.

Fragmento de EL EVANGELIO DE LA LUZ

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