EL PADRE SIMEÓN Y LA MIEL DEL CONOCIMIENTO

Por Javier Orrego C. (Fragmento de El puente sobre el caos)

GurdjieffComenzado el otoño, Marlene, la prostituta sagrada, me invitó a asistir a una reunión en que se tratarían ciertos aspectos específicos de las enseñanzas de Gurdjieff relacionados con la sexualidad humana. Pero era sólo una excusa. Lo más importante era aprovechar la ocasión para presentarme allí a cierto ex discípulo de Krysztof K. que estaba muy interesado en conocerme. Mi sibila me advirtió que el hombre que me iba a presentar le había perdido la pista a su maestro por un buen tiempo hasta que lo encontró en Fátima pocos meses antes de su muerte. Supe que me aproximaba a la hermandad.

Sirvió de sede para este encuentro un hermoso departamento ubicado frente al Parque Forestal, cerca del Palacio de Bellas Artes, cuya dueña era una mujer con aires de viuda rica aficionada a las ciencias ocultas. El resto de los asistentes no despertó mayor interés en mí. Me llamó la atención, eso sí, la presencia de un orador vestido de gris que comenzó a hablar apenas unos minutos después de nuestra llegada. El hombre era delgado, macilento, de ojos saltones, y había comenzado por enunciar, con una voz monótona y sin inflexiones, la importancia del rol de la sexualidad en el mantenimiento de la mecanicidad de la existencia humana. Luego vino una retahíla de obviedades basadas, supuestamente, en las palabras del maestro armenio. Y al cabo de un rato, concluyó que todo lo que hace la gente se encuentra directamente relacionado con la sexualidad, la actividad política, la religión, el arte, la gastronomía, en fin…

La voz monocorde del curioso personaje resonaba entre las paredes cubiertas de pinturas de cierto valor. Pude distinguir algunas firmas importantes entre esos cuadros: Pedro Luna, Juan Francisco González, Camilo Mori, Somerscales, Antonio Smith, entre otros. Hasta un Matta colgaba de esos muros pintados de blanco.

Entonces, en algún momento, llamó mi atención, cerca de la mesa en cuya cabecera estaba sentado el extraño orador, una desconcertante escultura de hierro fundido que parecía ser una representación de una especie de demonio. ¿Dónde había visto antes esa imagen? Pude percibir desde la distancia en que me encontraba una pequeña inscripción hecha sobre una placa de bronce fijada al pedestal. Sin embargo, no me fue posible distinguir en ella más que la letra inicial –una B mayúscula–. La figura estaba de pie junto a una masa que parecía un toro y sujetaba algo así como unos rayos con ambas manos. Su rostro parecía levemente deforme, la frente huidiza, el mentón aguzado, las orejas puntiagudas como las de un duende, los ojos rasgados dirigidos hacia atrás. En efecto, era la imagen de un demonio.

Inquieto sin razón aparente, intenté infructuosamente volver a concentrarme en la conferencia. De reojo observé el contorno de la pantorrilla de Marlene. Su postura al sentarse dejaba expuesto ese segmento de su pierna. La piel tersa y lozana invitaba a ser tocada. En los meses pasados yo había hurgado en los íntimos recovecos de esa piel sonrosada y sedosa que soliviantaba mis hormonas. Sentí el ardor de un instinto que hacía erupción en mi interior. ¡Era viernes después de todo! De pronto Marlene tomó mi mano entre las suyas por un instante. Me ruboricé al ser descubierto con la mente volando en torno a su sexo. Intenté entonces reconcentrarme en el hombre que desde la cabecera de la mesa procuraba instruir en las enseñanzas del inquietante señor Gurdjieff a la veintena de personas que se apretujaban en la sala. Sin embargo, pese a los esfuerzos, sólo capté retazos de lo que decía.

—… la principal fuente de energía de la mecanicidad. El hombre mecánico no ama, no puede hacerlo, y cuando dice “yo amo” en realidad no involucra a su Yo, sino al ego rebajado por sus carencias y apetitos.

Y luego:

—Pues ese algo no es otra cosa que una sombra de sí mismo, algo así como una entidad crepuscular parasitaria de su individualidad. Un ser humano sólo es capaz de amar de verdad una vez que ha despertado a la vida consciente.

Pensé en pintar la imagen de ese demonio tentando a Jesús en el desierto. El tiempo transcurrió lento, muy lento, mientras yo trazaba mentalmente los primeros bocetos de mi cuadro. De todos modos la charla no fue demasiado larga y creo que hasta la misma Marlene se sintió algo defraudada. Hubo, eso sí, un par de cosas que el hombre dijo que llamaron mi atención. Fue casi al final, cuando señaló:

—¡Cuánto mejor sería, para aquellos que no han realizado un trabajo de individuación consciente, conseguir que el sexo exista por sí sólo, independientemente de esa clase de apego que los hombres comunes llaman “amor”! Ese gran logro sería ya de por sí un primer peldaño camino a la sinceridad. Ya para más adelante, el trabajo de la conciencia derivará en otras cosas, incluso hasta llegar a la necesidad de la abstinencia sexual, necesaria de todos modos en determinados niveles de desarrollo. Mas de todo esto no saben nada los hombres comunes, ni qué decir de tantos y tantos sacerdotes y monjas consagrados a la vida religiosa que renuncian a las gratificaciones carnales sólo para obtener otra clase de recompensas más sutiles. Ya tienen claro ustedes que la religiosidad también puede ser experimentada como una especie de apego, pero esa es otra historia.

Después de la conferencia Marlene fue a saludar a unos conocidos, mientras yo me las arreglé para aproximarme a la escultura que había llamado mi atención. El nombre del demonio era Ba’al-Zebub. Me quedé mirándolo absorto. Creí reconocer vagamente la imagen que tenía frente a mí. De pronto un chispazo me hizo recordar la ilustración de la portada de un libro que vi en el velador de Krysztof K. el día de su entierro. El rostro de este demonio estaba en ese libro, ¡un tratado de demonología! La llegada de la hermana Elena me había interrumpido en el momento justo en que me disponía a hojear sus páginas. Pensando en eso estaba cuando Marlene se acercó a mí para presentarme al ex discípulo del filósofo de Fátima. Era un enigmático sacerdote de origen griego, el Padre Simeón. Al presentármelo, me dijo:

—Frente tuyo tienes a un hombre que está en el camino

Supuse entonces que Marlene se refería, simplemente, al camino de la búsqueda espiritual en sentido genérico, pero era algo más que eso, tal como pude descubrir posteriormente. Pues “el camino” significaba, más en profundidad, el camino de la espada, la militancia secreta, el combate contra las fuerzas de las Tinieblas.

El P. Simeón era un personaje alto y delgado, de finas facciones, que parecía cura desde lejos, aunque nada en su indumentaria lo delatara como tal, excepto por una especie de pequeño crucifijo que llevaba engarzado sobre el pecho de su casaca. El hombre, que aparentaba tener sesenta o setenta años de edad, me impresionó vivamente desde el primer momento en que lo vi. Había algo en sus ojos oscuros, en sus rasgos adustos y graves, en su voz profunda y su acento extranjero, que me recordaba a los monjes del Medioevo.

—Es Belcebú –me dijo.

—¿Qué cosa? –pregunté sorprendido.

—La escultura que tienes detrás de ti es Belcebú, el príncipe de los demonios. Observé que te acercabas con interés a esta imagen. Algunos lo han confundido con Satanás, pero ese es un error. En realidad Belcebú es una especie de lugarteniente de Satanás.

—Ah, sí. Me llamó la atención porque vi una vez una imagen muy similar en la portada de un libro sobre demonología.

—Este es un demonio muy peculiar.

Yo guardé silencio sin saber qué responder. Casi inconscientemente giré para seguir examinando la escultura. El P. Simeón se sintió motivado entonces para continuar su explicación:

—Belcebú o Baal Zebub, es una derivación del vocablo Baal, que significa, literalmente, el Señor.

—¿El Señor?

—Así es, Baal es el Señor de muchas ciudades cananeas y la deidad del Sol de muchos pueblos semitas. Bel o Baal, en la concepción religiosa de estos pueblos, era un ser divino que ejercía su dominio sobre el mundo terrestre, mientras otros dioses gobernaban sobre el reino celestial sin ocuparse siquiera de lo que ocurría en la Tierra con los hombres. Baal era el encargado de dispensar los bienes y los males a los hombres y de designar a sus soberanos. El relato del Génesis recuerda antiguas cosmogonías, como la babilónica, la ugarítica y la cananea en que dioses creadores como El, Marduk, Baal o Yahvé tienen que luchar primero con el agua, personificada por los profetas en la figura de horrorosos monstruos marinos como Leviatán, Rahab o el Gran Dragón. De hecho, en la mitología ugarítica Baal es el dios encargado de fijar el lecho del mar como morada definitiva de las aguas vencidas…

El extraño sacerdote me hablaba de un dios antiguo como si estuviésemos hablando del clima o de un jugador de fútbol.

—¿Y cómo llegó Baal a convertirse en Belcebú? –pregunté. Es que los antiguos israelitas adoraron también a Baal, en tiempos en que aún no se había asentado bien el culto a su dios tutelar, Yahvé o Jehová. Es en recuerdo de esta lucha que las escrituras lo conceptuarían luego como enemigo del Dios verdadero y, por tanto, como un demonio o principio del Mal. Así llegó Baal, en su acepción de Baal Zebub, que significa literalmente el Señor de las Moscas, a ser conocido como Belcebú.

—¿El Señor de las Moscas?

—La imagen de la mosca ha estado desde antiguo asociada a las nociones de la enfermedad y de la muerte. Consecuentemente, se ha relacionado a este insecto con ciertos principios destructivos presentes en la naturaleza y, por extensión, a los demonios, a las potencias adversarias del hombre. En la mitología persa el principio del Mal, personificado por Ahriman, se introducía en el mundo disfrazado de mosca. Lo curioso de esta escultura es que es una especie de yuxtaposición entre la forma en que tradicionalmente fue representado Baal y cierta moderna representación de Ahriman hecha por Rudolf Steiner, un muy connotado iniciado de nuestros tiempos. La analogía de esta imagen es curiosa, por decirlo de alguna manera, ya que Ahriman puede –a diferencia de Baal Zebub– ser asociado sin problemas a Satanás –el Adversario–, pues éste, al igual que Ahriman, está también relacionado con cierto principio del Mal presente en la mitología de todos los pueblos antiguos.

En ese momento se acercó a saludar al P. Simeón un hombre al cual Marlene no conocía. El sacerdote nos lo presentó como un amigo aficionado al conocimiento arcano. Fue casi divertida la forma como el anciano subrayó con su voz la palabra “aficionado”. No obstante el recién llegado, sin sentirse aludido, se sumó a la conversación que sosteníamos en torno a la escultura de Belcebú. En algún momento yo dije algo respecto de la mentalidad corriente de la gente que no le asigna a estos asuntos demasiada importancia por considerarlos meros frutos de la superchería primitiva de los antiguos, a lo que él respondió:

—Es que el verdadero conocimiento no es democrático en modo alguno. De hecho, Gurdjieff plantea que en este mundo material en que vivimos, el conocimiento también es finito, que tiene límites –aun cuando esos límites sean, para nosotros, inconmensurables–, lo mismo que el agua del mar, la arena del desierto o las estrellas del firmamento.

—¿Quiere usted decir que el conocimiento sería una especie de sustancia material? –le pregunté asombrado.

—Así es. El conocimiento es como una sustancia material que puede ser recogida y guardada como la miel.

—Me cuesta concebir algo así –respondí casi automáticamente. Y agregué–: El conocimiento de las cosas espirituales no está constreñido a otra cosa que no sea el esfuerzo del hombre por obtenerlo. En el mundo espiritual no rigen las leyes del tiempo y del espacio.

—Esa es una bella manera de plantear el tema del conocimiento y de la sabiduría inmortal –intervino el P. Simeón.

—En efecto, es interesante… –respondió el hombre, luego de lo cual se excusó para ir saludar a otra gente.

El P. Simeón paseó entonces sus ojos oscuros por la habitación, y con una sonrisa ladina me dijo:

—Tal parece que la clase de conocimiento a la que alude nuestro amigo es el conocimiento materialista. Hay muchos adictos al “conocimiento” –tal como ellos llaman a la mera acumulación de datos más o menos coherentes– que no están al tanto de que el cerebro humano, que es el receptáculo que almacena esa información que ellos veneran, no es más que un órgano destinado a ser alimento de gusanos, lo mismo que los riñones o los intestinos.

Me causó mucha gracia este comentario. Ciertamente, el original sacerdote era, además de erudito, un hombre sabio. En ese momento me propuse frecuentarlo, pensando que probablemente me sería posible recoger una parte de esa miel inextinguible que él, indudablemente, debía tener guardada en sus propias colmenas.

Luego agregó:

—Es curioso, pero quienes piensan que el conocimiento pudiera ser alguna variedad de sustancia material han caído, justamente, en las redes del pensamiento ahrimánico pues, entre otras cosas, Ahriman es definido como el espíritu de la petrificación, es decir, representa cierta clase de apego radical al mundo terrenal…

—Vivimos rodeados de almas petrificadas, padre –dijo en ese momento Marlene que había permanecido silenciosa todo ese tiempo.

—Es que esta es la era de Ahriman, hija. El Mal está en eterna acechanza, vinculado a cada paso que damos en la vida.

Marlene tomó mi mano entonces, y cambiando drásticamente de tema me dijo:

—Cuéntale al P. Simeón sobre el viejo filósofo muerto en Fátima…

Abrí los ojos algo desconcertado. Por alguna razón yo era el nexo entre ambos hombres. Me pregunté la razón que pudo haber tenido K. para abandonarlo todo, su vida, su casa, incluso eventuales discípulos. Me parecía que el extraño sacerdote que tenía frente a mí era también un hombre sabio. Sentí su mirada fija, la tensión de sus nervios. Aún me encontraba sumergido en la sombría atmósfera suscitada por las últimas palabras de mi interlocutor en torno al enigma de la acechanza del Mal. Me había quedado más que claro que, al igual que su maestro, él también tenía cosas que comunicarle al mundo. Marlene, la sibila, había sido el vínculo entre las viejas revelaciones y las nuevas que se abrían paso en mi vida.

Entonces, sin pensarlo mucho, puse al corriente al ex discípulo de lo poco que sabía de su maestro. El hombre se quedó mudo. En un momento me pareció que ataba cabos sueltos en su mente. Miré a Marlene que había permanecido de pie junto a mí, aferrada a mi mano como una niña temerosa que espera la reacción de su padre frente a algo que lo disgusta. Pude sentir su ansiedad a través de su piel, de su mirada fogosa. Algo en ella bullía como la lava.

El P. Simeón permaneció absorto frente a nosotros por unos minutos que se nos antojaron interminables. Mientras tanto, los asistentes a la conferencia comenzaron a retirarse despidiéndose ceremoniosamente de la dueña de casa. De pronto, no recuerdo bien cómo ni cuándo, el sacerdote era uno más entre los que se iban. Nosotros, en cambio, permanecimos estáticos en medio de la sala, cerca de la escultura de Ba’al-Zebub, hasta que ya no quedó nadie más.

Poco después nos retiramos también y dimos un extenso paseo tomados del brazo por el Parque Forestal. Estuvimos en silencio largo rato, embargados por una lúgubre melancolía, una especie de sopor o de cansancio vago, solapado. En realidad, nos parecía que el mundo estaba falto de luz y entristecido, tal como decía el fragmento del Canto de la Sibila. Recordando ahora nuestro paseo de esa noche, me parece que ese canto sobrio y triste, que se supone recoge la visión de la sibila de Cumas –más tarde llegaría a nuestras manos una versión de ese canto–, ya resonaba desde adentro de nosotros, de todos nosotros, como una especie de himno que resume el estado de ánimo de las almas despiertas que saben –o intuyen– lo que en verdad está ocurriendo con el alma humana en los sutiles escenarios que envuelven la Tierra. Nuestra propia pesadumbre era un claustro. Estábamos tan apartados de todo, tan lejos de la gente, de los autos, del mundo que nos rodeaba, como una romería de una comparsa de carnaval. A partir de entonces, esa sería para mí una experiencia cada vez más frecuente.

Pero toda esa sensación de estar como en la otra orilla de la vida duró sólo hasta el momento en que mi bella sibila se plantó frente a mí y me besó suavemente, como deslizándose a hurtadillas hacia mi conciencia amadora. Entonces, como un relámpago que nos despertó incitándonos a rebelarnos contra la densa oscuridad que nos aprisionaba, caímos en cuenta de que, pesa a todo, era noche de viernes; y así, sin más, y luego de espantar las sombras a nuestro alrededor, decidimos ir a mi departamento y cumplir de todos modos nuestro rito semanal. A fin de cuentas, todo, absolutamente todo en la vida estaba relacionado con la sexualidad.

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